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AÑO
VII - NÚMERO 175 / Viernes
5 de enero de 2007
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| LA
SEDE SOCIAL Levantate y anda EDGARDO IMAS (imased@yahoo.com) FOTOS MONICA NIZZARDO / GABRIEL MONACO |
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Existen hechos que han evidenciado cómo, lenta pero inexorablemente, se va haciendo justicia en el país. No precisamente de parte de quienes deberían impartirla y administrarla, sino directamente de los propios damnificados por el vendaval que azotó el país en los últimos treinta años. Aquel que empezó con el prusiano ruido de las botas castrenses vernáculas en alianza con el establishment civil, y que cometió las más atroces violaciones a los derechos humanos desde el propio Estado para exterminar toda oposición política al régimen de facto y sus deseos de perdurar. Pero no todo fue picana y capucha. Hubo también un plan económico que destruyó fuentes de trabajo y vació fábricas, tarea que se concluyó -y se amplió con las privatizaciones- durante la década menemista, con ese toque distintivo de pizza y champaña del cual los militares carecían. Decíamos, la justicia va ganando espacio. A fuerza de, por ejemplo, recuperar los medios de producción y hasta los seres queridos perdidos. Cada nieto desaparecido descubierto y restituido significa que nos volvemos a apoderar de lo que fue nuestro; cada fábrica o empresa vaciada o cerrada que se recuperó o reabrió de la mano de cooperativas de ex trabajadores representa retomar los que nos sacaron. Y lo mismo podría decirse de los espacios urbanos. Algunos fueron salvaje y antidemocráticamente transformados o privatizados en detrimento de los ciudadanos. Por eso, ya son irrecuperables y allí triunfaron los especuladores y rentistas inmobiliarios, a quienes poco les interesa que el porteño común pueda por lo menos ver y acceder al río -contaminado, pero río al fin-. Sin embargo, de otros sitios, puede uno preguntarse quién dijo que todo está perdido. En nuestro microcosmos, en nuestro Villa Crespo, se nos fue el 2006 con la epopeya concretada de reconquistar un espacio propio y con él el derecho a una vida más digna. En el camino de Zanon, del Bauen y de otras decenas de empresas recuperadas para la producción, lo que se destruyó impunemente, lo que se nos sacó vuelve a sus dueños, es decir, a los socios y a los vecinos. Los ignominiosos años menemistas nos dejaron el descenso a los infiernos de vastos sectores de las otrora ascendentes capas medias. Y no hablemos de los que ya eran pobres. Los cambios que se dieron en el barrio, al acentuarse la distribución regresiva del ingreso, fueron evidentes, y la fisonomía se alteró. Los malevos que merodeaban las orillas del viejo Maldonado al aire libre y los moradores de conventillos babélicos habían sido sepultados hace mucho tiempo por la prosperidad de los hijos y nietos de inmigrantes, que no obstante desarrollaban sus espacios comunitarios y construcciones sociales. Pero esto se modificó, y la marginalidad, la desocupación, la falta de esperanzas y la ruptura del tejido social se hicieron palpables en cada esquina, en cada plaza, en cada escuela. Como parte de este proceso de degradación, llegó el cierre o la imposibilidad de utilización masiva de las instalaciones de los dos clubes más importantes y tradicionales del barrio: el Club Social Villa Crespo, fundado en 1900, y el Club Atlético Atlanta, instalado en Humboldt en 1922. A la reducción en la calidad de vida, a la inestabilidad laboral, al cercenamiento de derechos, se añadieron la pérdida del espacio compartido y la carencia de un lugar apropiado para practicar deportes o desarrollar actividades culturales. Así como las restituciones de nietos detenidos-desaparecidos a sus abuelas o como las fábricas reabiertas, la recuperación de la sede de Atlanta es el fruto de una lucha tenaz, no de una concesión divina, ni de un regalo de Papá Noel, como sugeriría la fecha. Tampoco de la benevolencia de los gobernantes. Y en esa pelea no sólo estuvieron los que el destino hizo que vivieran para firmar petitorios o movilizarse a la plaza de Mayo y a la Legislatura porteña. Participaron en ella nuestros abuelos y nuestros padres, aquellos que levantaron una sede social, fruto de la acumulación del trabajo y del esfuerzo de varias generaciones anteriores. Todos empujaban, reclamaban, conscientes de que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Por eso, seis años de marchas, de machacar, de exigir igualdad ante la ley, de remar contra la corriente. De impedir que, como dice el tango, al compás del almanaque se deshojara la ilusión. La escenografía fantasmal y silenciosa se transforma en bullicio y deja lugar a las risas de felicidad. La ilusión se impone al dolor. Ese que alguna vez ganaba por goleada el primer tiempo, pero que ahora sufre una remontada indetenible. La de la justicia y la recuperación de nuestra historia, de nuestros afectos, de nuestras construcciones sociales. Lo que dejó el brindis en la sede ¡Por
fin se entró! Recuerdos
por doquier Presencias
Discursos
emotivos Incipientes
debates Cánticos
para la recuperación Inscripciones
Parte
del terreno es para la Ciudad Ejercitando
la memoria >Opiná
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