AÑO VII - NÚMERO 200 / Lunes 9 de julio de 2007
HOMENAJE A ENRIQUE MARÍ
El filósofo bohemio
El 3 de julio se cumplieron siete años del fallecimiento del gran pensador Enrique Eduardo Marí. Hincha de Atlanta, debido a que su familia, de origen obrero, se radicó cuando era pequeño en Villa Crespo, fue una destacada figura en el panorama de las ideas filosóficas, jurídicas y políticas argentinas. Abogado, filósofo, docente universitario, investigador del Conicet, Marí no retaceó su opinión sobre problemas nacionales desde sus artículos escritos en los diarios. También fue un activo defensor de los derechos humanos. Recordamos algunos aspectos biográficos y de su pensamiento a través de dos textos escritos in memóriam por su discípulo y amigo Claudio Martyniuk, y por el criminólogo Roberto Bergalli.
EDGARDO IMAS (imased@yahoo.com)

El texto que se reproduce a continuación está tomado de "Perseverancia, desvío, fidelidad. Un perfil de Enrique Marí", de Claudio Martyniuk, primer capítulo del libro Filosofía, derecho, política. Homenaje a Enrique Marí, de Roberto Bergalli y Claudio Martyniuk (compiladores), publicado por la editorial Prometeo Libros, en Buenos Aires, en el 2003. La obra reúne una serie de artículos de filósofos y juristas de universidades de la Argentina, Brasil, España y Francia.

Después de viajar a España, y mientras seguía dictando clases en sus cursos de grado en Sociología y de posgrado en Derecho, a fines de junio de 2001 Enrique Marí comienza a tener algunos padecimientos; se le detecta una enfermedad (mielodisplasia) y fallece el 3 de julio. Tenía 73 años. Encontró la muerte después de concluir su teoría de las ficciones. Nunca lo conformó el silencio como respuesta a la muerte: escribió acerca del silencio que rodeó el caso Althusser (en el número 2 de la revista Icaria, de 1981); no se conformó con el "Duro, muy duro" de Derrida, y analizó el sentido del silencio de los filósofos, inscripto en una gramática escéptica, y citó a Raúl González Tuñón: "...Y sólo el viento respondió/ con su eterno arrastrar de papeles inútiles/ que arrojan al alba los filósofos". Pero no confió tan sólo en el viento. Sobre la muerte escribió más adelante: "Aunque la muerte es el más poderoso agente del olvido, éste no es omnipotente, porque desde siempre contra el olvido -en nuestro caso- de los desaparecidos, de los niños robados, los hombres han levantado las murallas del recuerdo, de modo tal que las huellas que permiten seguir su memoria conforman los signos más seguros de la existencia de una cultura humana".

Las huellas que permiten que Marí siga en nuestra memoria guardan relación con sus caminos de pensamiento de tan diversos carriles, pero no sólo con ellos: también en nuestro recuerdo se halla su mirada transparente, su sonrisa comprensiva, su palabra siempre estimulante. ¿En nuestra memoria?, si por momentos está tan cerca nuestro... Y es que la memoria, como lo advirtió Mishima, es un espejo de fantasmas, muestra a veces unos objetos demasiado lejanos para ser vistos, y otras veces los hace aparecer demasiado próximos. Repasemos, entonces, algunas huellas de su origen, sus oficios, sus obras.

Sus padres, cuando superan los cuarenta años, conciben mellizos que nacen el 24 de julio de 1927, en Pigüé; uno de ellos, por supuesto, fue Enrique Eduardo Marí. Ya a sus cuatro años toda su familia se radica en la ciudad de Buenos Aires. Su padre trabaja de obrero de la construcción y, por la noche, como sereno en el Banco de Boston. La infancia de Enrique transcurrió en Villa Crespo, en Thames y Corrientes, en el barrio de Leopoldo Marechal, Celedonio Flores y Osvaldo Pugliese. Marí escribió sobre aquellos tiempos: "Cuando nos mudamos a la calle Thames, el arroyo se estaba entubando y convirtiendo en la avenida Juan B. Justo. Mi padre, quebrado en la crisis del 30, colocaba azulejos en las obras. Recibía como diarios La Obra y La Protesta. Mi madre me preparaba un enorme sándwich de tortilla en un gran pan francés. Al igual que Alcibíades y Carlos Gardel, tenía dificultades para pronunciar una letra, pero cuando los domingos nos dirigíamos con mi hermano a la canchita de la calle Humboldt, nada más tierno que su voz cuando nos preguntaba, '¿Os vais a ver a A(t)lanta?'".

Abogado en 1955, pero ya desde 1951, y hasta su jubilación en 1987, va a trabajar en el Banco Central, donde alcanzaría el cargo de gerente de Asuntos Jurídicos. En mayo de 1973, en la revista Nueva Ciencia aparece uno de sus primeros trabajos: "¿Computadoras jurídicas o jibarismo social?", en el cual discutía con Roberto Vernengo, uno de sus profesores en los cursos de doctorado de la Facultad de Derecho, analizando, desde la epistemología, los límites de la formalización de las normas jurídicas. Para su presentación en aquella revista, declaró Enrique: "Como no he encontrado en el ejercicio de mi profesión razonamientos lógicos ni menos aún verificaciones empíricas del Derecho, me hallo en tren -bajo sugerencia de Hume- de arrojar sin conmiseración mi diploma a la hoguera, por no contener otra cosa que sofística e ilusión".

Licenciado en filosofía, su tesis, Neopositivismo e ideología, la publica Eudeba en 1974 ("Para Cuca, Gonzalo y Silvina. En memoria de un obrero inmigrante, mi padre"). Su formación de entonces se enriqueció de las enseñanzas de Raúl Sciarreta. Integraba la cátedra de Jorge Lucio Rébori de Filosofía del Derecho (Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, UBA). Bajo la última dictadura militar desaparece Rébori. Marí, su esposa y sus dos hijos adolescentes, apenas iniciado el año 1977, parten a Alemania gracias a una rápida y eficaz gestión de Harald Weinrich, quien lo conoció a Marí durante su viaje a la Buenos Aires de plomo del 76. Como profesor invitado, pasa todo el año en la Universidad de Bielefeld, donde comienza una vinculación intelectual y amistosa con ese filósofo alemán y con Reinhart Kosellek.
Ese mismo año asiste al Congreso "Ludwig Wittgenstein", en Austria. En 1979 volverá a Bielefeld; en 1985 pasará otro año en Europa: la Universidad de Saarbrücken será su centro de actividades, y también dictará conferencias en Bruselas y París; en 1988, nuevamente retorna a Bielefeld; y en 1991 visita a Ulises Moulines en la Universidad Libre de Berlín, y dicta conferencias en la Universidad de Kiel y en la Universidad Tecnológica de Atenas.

Profesor universitario por vocación y por convicción; profesor a pesar del amiguismo y la arbitrariedad, los salarios de miseria y el desaliento institucional. Relegado en un concurso hegemonizado por filósofos positivistas, es designado profesor asociado de Filosofía de Derecho (Facultad de Derecho, UBA), en 1986. Su participación en los seminarios de Teoría Crítica del Derecho, en 1985 y 86, junto a Ricardo Entelman, Carlos Cárcova, Alicia Ruiz, Enrique Kosicky y E. Zuleta Puceiro, su seminario de 1987 sobre Kelsen, Marx y Freud, permitieron que un grupo generacional diferente, que padeció los efectos de la pisoteada universidad de la dictadura militar, hallara en Marí a un maestro. Recién en 1992 accede a la titularidad de la cátedra, pero luego de impugnar un dictamen adverso que afirmaba que su obra no ingresaba dentro del amplio espectro de la filosofía del derecho. Años antes, al ser regularizada la cátedra de Epistemología de las Ciencias Sociales que interinamente ocupaba en Sociología (UBA) desde 1987, obtiene un dictamen apenas positivo. Profesor, entonces, aunque debió atravesar las aguas del desprecio y la marginación, aunque debió batallar. Docente y , además, investigador: en 1989 es designado por el Conicet investigador principal; la UBA también apoyará sus investigaciones. (Recordemos que, como dedicatoria de El banquete de Platón, escribió: "A la Universidad de Buenos Aires que, con su enseñanza democrática, laica y gratuita, posibilitó el ambiente académico deseable para mi actividad de docente e investigador".)

Comprometido, concibió a la filosofía como intervención teórica en la política. Desde ese lugar criticó por errado el camino que opone ciencia a cultura, ciencia a valores, ciencia a justicia, y formuló la necesidad de recuperar la noción de progreso sin caer en esencialismos, insertándola, pensaba Enrique, en la realidad social y oponiendo a esa realidad social lo único que se le puede oponer, que es la transformación de la sociedad. "La única solución es la transformación, el posterior nacimiento del discurso del progreso sobre la base de una transformación social de las formas de producción, distribución y consumo de la ciencia y de la sociedad", opinó en noviembre de 1986, en el Congreso Nacional de Filosofía y Ciencias Sociales, que se concretó en la Comuna de Puerto General San Martín.

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"Sencillez, afectos y emociones"
El siguiente texto fue extractado del artículo "Un original pensador argentino: Enrique E. Marí", de Roberto Bergalli, doctor en derecho especializado en criminología y sociología jurídico-penal, publicado el 2 de agosto de 2005 en Derecho Penal Online (revista electrónica de doctrina y jurisprudencia en línea). El texto completo puede ser leído en el sitio web http://www.derechopenalonline.com
"[…] De tal manera, conviene señalar que Marí fue hijo de un hogar de obreros inmigrantes que, padeciendo la crisis de 1930, tuvo que proletarizarse y así lo hizo su padre con enorme dignidad, adquiriendo los valores más preclaros de la clase trabajadora que determinaron a Enrique desde su juventud: la honestidad, la sinceridad, la generosidad y la humildad. Estos valores, junto a los de la II República española que también sus progenitores exaltaban, marcaron la vida y la obra de Marí, la cual fue la demostración de una contracción silenciosa al trabajo, serio y persistente, como cualquier obrero que lleva señalado en su frente el orgullo por el esfuerzo cumplido. No muchas veces Enrique hablaba de sus padres pero, cuando lo hacía, revelaba cómo él había quedado tocado por esta 'marca de fábrica'.
"De ese hogar y por su lugar de residencia, Marí había adquirido un sentido de arraigo al lugar en que había transcurrido su infancia y juventud. De entonces le quedaron muchos datos de identidad. El barrio de Villa Crespo, un lugar de gran tradición porteña que en los años jóvenes de Marí tuvo una fuerte presencia en el imaginario de Buenos Aires. El fútbol y el tango, dos instituciones culturales tan significativas para la ciudad fueron corporeizadas por Marí en el club del Barrio: Atlanta y en ilustres figuras de la poesía y la música ciudadana. Nunca dejó de recordar estos 'amores' de juventud.
"No relato estos aspectos por simple razón sentimental. También lo hago por que creo que todo este trasfondo de sencillez, afectos y emociones, imprimaron la personalidad de Enrique Marí sin que nada en su vida posterior alterara esta impronta, incluso en los momentos difíciles. Fue muy fiel a ese arraigo y aunque en su plena madurez siempre revelaba ser una persona apegada a gustos literarios o estéticos de fuertes contenidos, nunca ocultó aquellos 'amores' e incluso no perdía ocasión para hacerlos visibles. Demostraba poseer una fineza elevada cuando, en presencia o en reunión con algún mentecato o mentecata éste o ésta daba muestras de palmaria tilinguería o insubstancialidad, sacaba de su inconsciente alguna palabra o expresión del lenguaje porteño o lunfardo que era entendida por quien le seguía en su opinión, con la que calificaba al tonto o tonta de turno. Sus ocurrencias en este sentido solían ser de enorme imaginación. Con agudos u originales dichos demolía cualquier torpeza o estupidez sostenida por algún engreído interlocutor. Pero siempre procedía con gran recato, sin agraviar al envanecido y sólo para alegrar a quien escuchaba sus comentarios. Todo se basaba en un humor casi británico, caracterización que asimismo podía darse a su porte de gentleman . Otro recurso que usualmente empleaba con sus amigos para descalificar o calificar con quien discrepaba, eran las poesías de tango; siempre encontraba los versos más apropiados para describir situaciones, actitudes o personas. Eran permanentes sus invocaciones de Carlos Gardel, sobre todo cuando debía calificar algo o alguno como lo superior en su género o en relación a congéneres. De este modo, demostraba que los mitos populares también formaban parte de su propio imaginario, a la vez que de esta forma confirmaba su arraigo a Buenos Aires, la ciudad a la que amó y con la que se sentía comprometido. […]"

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