AÑO VIII - NÚMERO 231 / Lunes 3 de marzo de 2008
MI PRIMERA VEZ
Derecho a la identidad
En muchos casos se afirma que se es hincha de un equipo "desde la cuna", sin posibilidad de elección como una característica propia del ADN humano, sin embargo, son muchísimos los casos en que un puñado de minutos terminarán marcando un momento bisagra para toda la vida, como la primera vez en ver jugar al que luego será su equipo.
MARTIN STORTZ

Realmente no recuerdo ningún hito, ningún hecho en particular en mi vida al que pudiera adjudicarle la causa de mi sentimiento bohemio. Soy de Atlanta desde que yo soy yo. Siento que es parte de mí, de mi identidad. Está en mi sangre, de hecho. Es una condición de la cual nunca podría escapar, aunque tampoco quise hacerlo ni lo haré jamás.

Más allá de que siempre fui de Atlanta, no pude verlo en la cancha hasta el 22 de febrero de 1992, cuando yo tenía cuatro años de edad. El debut no era para nada alentador: derrota por 2-1 ante Deportivo Armenio en Villa Crespo. Pronto llegaron años mejores y crecí yendo a la cancha muy de vez en cuando, aunque siempre estuve atento a lo que hacían Bichi Paredes, Bonnet, Castillo, Pepe Castro y compañía. Recuerdo una goleada a Argentino de Rosario por 6-1, en una tarde tormentosa que terminó en diluvio. Después, el festejo por el título del 95, con vuelta olímpica incluída en el césped de la cancha: algo mágico para un chico de siete años de edad.

Ser de Atlanta, obviamente, era difícil para un chico en un mundo en que todos eran de Boca o de River. Tenía que mantener la calma cuando algún desprevenido (y no eran pocos) que quería parecer simpático preguntaba "¿Así que sos de Boca?" al ver mi colgante con el escudo bohemio. Sabía también responder con firmeza "De Atlanta. De Atlanta y nadie más" cuando a alguno se le ocurría la maliciosa pregunta "¿Y de Primera de quién sos?".

Paradójicamente, empecé a ir a la cancha asiduamente a partir de 1999, año en que Atlanta descendió a la Primera B Metropolitana. Ya me sentía un hincha completo, y viví de cerca uno de los peores momentos del Bohemio, tanto en lo institucional como en lo deportivo. La salvación del descenso en el 2003 quedó grabada en mí como el episodio más emocionante como hincha bohemio. Nos marcó a todos: hubo que sufrir demasiado antes y el desahogo fue conmovedor. Fue un puntapié para creer que se puede salir de las malas. Y estamos saliendo.

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