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Héctor Candau
Fue
una de las últimas alhajas surgidas en aquel tesoro de riqueza
inagotable con forma de campo auxiliar; esa caja mágica que
un trágico día dejó paso a seis canchas de tenis sin alma, ajenas
por completo a la historia y a la sangre futbolera de Atlanta.
Una joya de la casa, un junco de patas largas con poca pinta
de puntero izquierdo, que sin embargo fascinó a los habitués
de las inferiores desde sus palotes iniciales, con su indescifrable
gambeta en zigzag, su arranque y su freno demoledores, esa zurda
más fina que pincel de fileteador, su terca decisión para encarar
siempre. Desde el debut oficial junto al Tanito Onnis, con el
corazón en el cuello del Metro 71, a dos fechas del descenso,
cuando finalmente salvamos la ropa y desvestimos a Los Andes.
Ahí
comenzó el noviazgo con la tribuna, el idilio con la raya de
cal, el odio de una parva de triturados marcadores laterales
y de algún central enloquecido como el cordobés Nicolau, que
se fue a bañar sequito por aquel terrible patadón contra el
11, que inauguró una festejada victoria bohemia sobre Boca en
Villa Crespo ¿ Cómo que no sabe de quién estamos hablando? Sí,
es cierto que en su puesto tuvimos un increíble goleador como
el petiso Martino; que adoptamos de un saque a Puchero Domínguez,
y que nos enamoramos a primera vista de un Carone que pasó demasiado
rápido. Todo lo sabemos. Pero el once, para la quiniela y para
los de Atlanta, el once siempre será PALITO. Arriba, por demolición:
Héctor Rubén Candau, o CANDÓ, o mejor dicho CandAU, porque su
sangre es gallega y no francesa.
Pero
eso es lo de menos, a la hora de evocar al trío dorado que conformó
con Cano y Voglino en la impresionante campaña del Nacional
73, y a pesar de la mano negra y de los dos innombrables que
arrebataron un título máximo nunca tan merecido. Esa fue la
apoteosis de Palito, la consagración sin el premio en sus bolsillos,
el reconocimiento general para una habilidad de orfebre, una
precisión de relojero, un arte positivo desplegado en 179 partidos
de primera, con 40 goles, casi todos para el marco, aunque UNO,
sencillamente de leyenda, en el Metro 77. Ese que motivó al
titulero de Crónica para escribirle a la memoria del futuro:
"Yo ví el gol de Palito Candau", tras la genialidad del Flaco,
que sacudió la red de Racing en Avellaneda con una impecable
comba desde la línea de fondo, para clavar en el segundo ángulo,
sobre los brazos del arquero y por encima de cinco cabezas,
acaso la definición más espectacular que pueda recordar un hincha
que pasa los 50.
De
aquella inolvidable banda de Pipo Rossi, Candau fue el último
en emigrar. Aguantó hasta el final del ciclo, llegó a jugar
desgarrado y soportó millones de planchazos que nunca lo achicaron.
Porque siempre fue grande, hasta cuando su inconfundible barbita
volvió en el 80 para empujar el desconocido carro del ascenso
sin que se le cayera ningún anillo, deslumbrante, como en aquel
viejo tesoro de la cancha auxiliar.
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Héctor Candau en Villa Crespo.

De izquierda a derecha, Alberto Curini, Carlos Carrió y Héctor
Candau, tres de los que jugaron el exitoso y accidentado comienzo
de temporada de 1977. (Foto gentileza Mariano Ghezzi.)

Héctor López, Héctor Candau y Ángel Ferreyra.
Héctor
Candau por Sentimiento Bohemio
Reportaje
año 2001
Otras
entregras
Fabián Castro
Luis
Artime
Gómez
Voglino
Alfredo Torres

Enrique
Martín
El
autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio
de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela
Bohemios.
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