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Carlos Griguol
Todavía
lo vemos surgir del túnel como un faraón iniciando la fila.
Pelota en mano, paso demorado, vista al frente. El chueco de
"diez y diez", ya sin el bigote fino que trajo de Córdoba en
el 57, es caudillo hasta cuando posa en la foto mirando distraído
al Negro Clariá, quien tuvo que obedecer e irse a barrer la
cueva cuando el 5 de todos los tiempos alquiló la media cancha
para redondear nueve inolvidables temporadas en primera, incluídas
tres de las cuatro mejores campañas de Atlanta en toda su historia:
1958, con la Copa Suecia de yapa; 61 y 64.
CARLOS
TIMOTEO GRIGUOL fue el símbolo, el estandarte, la bandera y
el escudo de aquellos equipos que no bajaban del quinto puesto,
que se comían crudos a los grandes, y a los chicos, con la camiseta.
Cansino, casi al tranquito, el patrón mandaba a los propios
y asustaba a los ajenos. Era el más serio en el campo y el más
jodón en la vieja pensión de la calle Heredia y en los entrenamientos;
el que le discutía los premios a Don León, una aventura sólo
reservada para magos mayores como él.
El
que transpiró a morir la rayada oro y azul durante interminables
235 partidos, hasta que hizo las valijas en el 66, se fue a
Rosario y dejó en su lugar al aprendiz que pronto le imitaría
todo el repertorio: Perico Raimondo, otro negoción para el club,
por parte de aquellos dirigentes (Slipak, etc.) capaces de montar
una liebre al trote.
Tenía
cabello el cordobés en ese tiempo y también todas las mañas
absorbidas en los potreros de su Las Palmas natal. Era un guapo
sin gritar, un persuasivo. Sólo una vez perdió la flema y la
tonada. Fue en Villa Crespo y contra River, cuando lo embocó
al Chiche Diz con un cross de derecha de academia y se fue a
las duchas despacito, cabeza gacha y las tribunas ardiendo.
Acaso resultó la revancha de aquella fenomenal piña que se comió
su primo Mario en la Bombonera, la tarde en que el brasileño
Dino Sani le bajó media dentadura, harto del toqueteo insoportable
del cuadrazo de los claveles rojos, con la batuta de Zubeldía,
el hielo del Flaco Errea, los goles de Artime, la clase de Gonzalito
y los cojones de Griguol, todo por el mismo precio, hasta arrugarse
las manos de tanto aplaudir.
Se
extraña a los caudillos, quizás porque es la raza más rara entre
los futbolistas. Y más cuando uno sabe que Timoteo dejó el corazón
en Atlanta, y que cada tanto regresa para ver si todavía está
clavado en un ángulo del arco de Muñecas, el zapatazo de volea
que fulminó a Toledo, un arquero de Racing que miró pasar en
el aire, el mejor gol del cordobés en toda su carrera.
Una
carrera que continuó detrás de la raya, donde el fantasma del
centrojás (minga de volante central) aun sigue sumando laureles
(a nosotros ¡que paradoja! nos sopló el título del 73), sigue
coleccionando videos y también hijas mujeres; desparramando
sabiduría y evocando a los amigos que se fueron (Najnudel, Huguito
Zorzoli), en cualquier sobremesa de Gurruchaga y Loyola.
Sí.
Un día va a volver, con la gorra y el librito, para intentar
corregir lo inexplicable: el tremendo disparate de no haber
sido jamás el técnico de Atlanta.
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Carlos Timoteo Griguol, con la camiseta bohemia, en la epoca
en que fue convocado por primera vez para la Selección.

Carlos Timoteo Griguol, en la fiesta del centenario de Atlanta,
el 11 de octubre de 2004.
Griguol
por Sentimiento Bohemio
Reportaje
año 2001
Otras
entregras
Fabián Castro
Luis
Artime
Gómez
Voglino
Alfredo Torres
Héctor Candau

Enrique
Martín
El
autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio
de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela
Bohemios.
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