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Elías Yagodnik
La
fiesta de cada domingo empezaba cuando el Flaco salía a la cancha
con su valijita, dos minutos antes que la rutinaria fila de
pechos azules y amarillos, para sacudir los tablones o el hormigón,
como un rito de emociones que se prolongó por más de medio siglo,
hasta convertir a un sencillo masajista en la marca mayor y
mejor registrada por un club al que le regaló todo, desde el
diario trajín de sus dedos tenaces hasta el reloj de su corazón
insobornable. El Flaco de la valijita llegó de Polonia a los
cuatro años, acaso seguro de que ese sería el último viaje largo
de su vida, condenada a fatigar cada centímetro de Villa Crespo
y de Atlanta, desde un orgulloso oficio de aguatero casi infantil
allá por 1935, cuando las espaldas no llevaban números y el
aceite verde era todo el arsenal del kinesiólogo, más un toque
de agua bendita y las ridículas musleras que enviaban a cualquier
lesionado a jugar como puntero izquierdo.
El
Flaco de ojos celestes, ondas rubias y pocas palabras, también
fue obrero tejedor y peronista hasta los '60, en la misma fábrica
donde conquistó a su esposa Dora durante algún descanso de máquinas
que fastidiaban las tardes de Castillo y Acevedo. El Flaco nunca
tuvo auto, ni tampoco vacaciones que no fueran las módicas pretemporadas
futbolísticas en el mar o en la sierra, ni más berretines que
el mate, y el tabaco que con el tiempo fue ensanchándole la
voz hasta sonar enorme en su cuerpo de jockey.
Atlanta
fue su casa y su cruz, su sueldo tardío y escuálido, sus amigos
Betinotti, Don León, Slipak, Chiarelli, Simoncito; su mesa de
la calle Padilla donde continuaban las atajadas de Miguel Ángel
Sánchez, los trancazos del Negro Clariá y cada fusilamiento
de Julio Nuin desde los doce pasos. El Flaco de la valijita
sólo tuvo apodos pasajeros y un apellido casi ajeno. Alcanzaba
y alcanza con decir ELÍAS.
ELÍAS
para recordar que Pichino Carone era sonámbulo y contaba las
travesuras nocturnas de sus compañeros; Elías para refrescar
la tarde que jugó en el hipódromo de Palermo a una chaquetilla
como la seda bohemia, sólo por eso, y cobró un fangote que sirvió
para pagar una cena a todo el plantel, que había sido invitado
a apostar por un caballo del presidente Chissotti, que no podía
perder, pero que finalmente llegó de noche.
Elías
al costado de Pedernera, de Feliciani o del Vasco Echegaray;
en cuclillas junto al Loco Dezorzi, pegado a Palito Candau,
en algunas postales que colorearon 52 años de claveles rojos,
de ascensos y descensos, de lágrimas y de goles; del sí a Osvaldo
Zubeldía y del no a Estudiantes de la Plata; de las puteadas
a Bilardo, el único día que lo echaron de la cancha.
Elías
se enfermó una sola vez, y se murió de pura bronca contra la
injusticia de un pobre tipo (Diman, ése) que lo arrancó de una
pasión tan grande como sus hijos Mario y Diana y sus tres nietos.
En
junio de 1987, el mismo día que Gardel (24/6), llegó al Cielo
con la valijita de madera, para ocupar su lugar en el banco
de Atlanta, al lado de Dios, pavada de entrenador.
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Yagodnik (a la derecha) junto a Pipo Rossi, festejando
uno de los tantos de la goleada ante Gimnasia de Jujuy en
1973.

Elías Yagodnik y José Leocadio. Dos personajes vinculados
con el club durante muchísimos años, cuyas trayectorias aparecen
reseñadas en un artículo de la revista "Sólo Fútbol" de mediados
de los ochenta.

Equipo del año 1956 - Parados: Victorio Spinetto (DT), Armando
Ovide, Oscar Clariá, Roberto Marini, Norberto Di Santo, Angel
Rocha y Rodolfo Bettinotti. Agachados: Elías Yagodnik (Masajista),
Alberto Dezorzi, Luis Bravo, Oscar Riccardi, Roberto Fazzolari,
Anselmo Estrella, y Lapetina (Kinesiólogo). Corresponde a
la primera fecha, en cancha de Atlanta. Fue el único partido
que jugó Di Santo.
Nota
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Enrique
Martín
El
autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio
de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela
Bohemios.
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