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Jorge Fernández
La
verdad, por la pinta en el desfile preliminar, no parecía el
mejor reemplazante para ese Luisito Artime que se iba a River
cansado de ganar él solo en tantos finales electrizantes. La
popular de Muñecas lo miró de entrada con recelo, y recién le
otorgó la visa de residencia tribunera cuando la gran esperanza
de la casa, el Gordo Poggi, se quedó sin suerte en la largada.
Ahí sí, LA CHANCHA se adueñó del nueve mentiroso sobre el azul
y el oro de la camisa (sí, era una camisa, sin propagandas ni
diseños ridículos).
Bueno,
La Chancha fue ese nueve tramposo durante seis temporadas, del
62 al 67. Un nueve que jugaba de diez y le servía la papa en
bandeja a Pichino Carone y al Loco Ochoa, primero; a Puchero
Domínguez y al Huye Salomone, después. Jugaba de atrás, con
la frente siempre mirando hacia el horizonte, pisando la pelota
desde sus piernas chuecas, qué digo, pinchándola con su magia,
con el único malabarismo que vale en el fútbol; gambeteando
para adelante y poniendo el moño con un pase sin mirar o pegándole
despacito, lejos del Tano Roma en aquel inolvidable 4-2 en la
Bombonera, primera fecha del 64; lejos del Mono Irusta en el
Gasómetro o cabeceando contra la ex platea Colonia el memorable
triunfo del 66 contra River, tan grande como el de dos años
antes, cuando el Negro Vignale se la mandó a guardar a Amadeo
desde 40 metros, y después el Manija Puntorero le dibujó el
segundo con caño y todo.
La
Chancha, lo dije, hacía jugar a todos, como un director de orquesta
inspirado e imprescindible. Era uno de esos tipos tan necesarios,
que el hincha hasta podía volverse a las casa si la voz del
estadio no lo nombraba en la formación, mientras esperábamos
en la vereda del bar El Ombú, esquina de Humboldt y Murillo.
Y se hizo querer. Le costó, pero llegó a ser ídolo de muchos
que se agarraron la cabeza cuando aterrizó en Boca con el Chacho
Cabrera en el 68. Y justo él, que era la estrella de la doble
transferencia, hizo sapo entre los bosteros y terminó de vuelta
en Villa Crespo un año después.
Y
lo hizo para que volviéramos a adivinar sus toques de primera,
sus cambios desde treinta metros y la cabeza levantada siempre
hacia el sol, como una estatua de bronce. El asunto es que también
firmó 51 goles, más que Luisito, y resultó el sexto artillero
de Atlanta en toda la historia. Sin despeinarse, sobrando la
parada, haciendo siempre la más fácil.
Ahora
atiende otra parada. Con aquel jopo rubio hecho ceniza, cuida
su puesto de diarios frente a la Iglesia de la Medalla Milagrosa,
en Asamblea y Curapaligüe. Fue ahí que el marido de una de sus
hijas nos preguntó si había sido tan bueno como insistían los
amigos que -dijo- lo tenían podrido con las anécdotas donde
el suegro parecía casi Maradona. No le contestamos nada. Lo
dejamos con la duda. Y le devolvimos al diariero la pared de
una sonrisa de los '60. Maradona no, pero tampoco un gallego
más en la guía de la memoria. La Chancha, Viejo, Jorge Hugo
Fernández ¡El circo que hubiese armado con Diego..!
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Jorge Fernández bate al arquero boquense Antonio Roma y pone
el transitorio empate en la Bombonera. Llegan corriendo Juan
Carlos Puntorero y, más atrás, Rubén Magdalena.

Jorge Fernandez fotografiado hace unos años por Sentimiento
Bohemio

Una de las delanteras que jugaron durante la Copa Argentina
1969. De izquierda a derecha, Jorge Domínguez, Norberto Santiago
Raffo, Osvaldo Luis Mura, Jorge Hugo Fernández y Rodolfo Alfredo
Juárez. (Gentileza Edgardo Imas.)

1962. Parados: Luna, Conde, Jorge Fernández, Castro y Carone.
Agachados: Gatti, Betinotti, Vignale, Bonczuk, Griguol y Clariá.
De fondo, la platea que aún tenía una sola bandeja, y una
pequeña platea de cinco filas al nivel del piso.
Nota
relacionada por Sentimiento Bohemio
Gira
por Israel
En la selección
Triunfo en la Bombonera
Otras
entregras
Fabián Castro
Luis
Artime
Gómez
Voglino
Alfredo Torres
Héctor Candau
Carlos Griguol
Elías Yagodnik

Enrique
Martín
El
autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio
de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela
Bohemios.
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