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Jorge 'Puchero' Domínguez
Estábamos
acostumbrados a la sangría, a los éxodos, a los adioses. Artime,
Mario Griguol, Errea y Gonzalito en el 61; Carone, Gatti y Bonczuk,
a fines del 63. Pero siempre pescábamos buena mercadería en
el aparente rezago de la ceguera de River. Así como Fernández,
Luna y Puntorero integraron aquella primera camada de aparentes
inmaduros, los de Núñez envolvieron otros tres obsequios similares
a comienzos del 64. Hugo Zarich, Rubén Zárate y, especial y
específicamente, un brevísimo puntero izquierdo que haría historia,
y de la grande, desde su metro sesenta y sus impresionantes
voleas, su enorme habilidad de patas cortas, y su capacidad
para correr toda la cancha como el Che Pibe del auxilio urgente;
la salida impecable de mil contragolpes; la zurda pisando la
pelota tres minutos seguidos junto al palo del corner para defender
un resultado. Lo recordamos ahora, cuando se hace tan difícil
conservar una ventaja en el marcador. El chiquito era un mago
para enfriar y cambiar de ritmo, para prometer y concretar.
Y lo fue también para meterse en la guía dorada con aquel debut
milagroso en primera división.
Figúrese
el lector el escenario: Bombonera hasta las manos el 26 de abril
de 1964. El Boca que será campeón esa temporada, casi sin goles
en contra, se come cuatro en la primera fecha contra los petisos
irresponsables comandados por Timoteo, que soportan diez minutos
iniciales de fuego graneado y dos goles del brasileño Valentim,
para dar vuelta luego la milanesa con un 4-2 de carnaval en
las narices de Rattin, Roma y Marzolini. Los dos últimos 'solos'
de bandoneón en la red de los bosteros estuvieron a cargo del
movedizo número 11, morrudo y metedor, pura polenta o buen PUCHERO,
el plato de humildes y de fuertes, el músculo que dibuja el
guerrero detrás de las medias y aporta transpiración a los otros
dos petisos inolvidables: La Chancha y Pablo Collazo, un trío
de talento en muestra regalada.
Siempre
con la misma y sin chistar, JORGE DOMÍNGUEZ resolverá los dilemas
de docenas de entrenadores, cubrirá todos los huecos y dirá
siempre presente, en casa o donde fuese ¿Cómo podría achicarse
justamente él? Bandera de lucha en cien victorias memorables,
y al cabo silencioso colaborador, a la vuelta de sus 161 partidos
en la primera bohemia y de sus 41 goles con sello registrado
de potencia fulminante.
Ese
mismo Puchero que luego edificaría otra historia como entrenador
de inferiores, con la misma estatura de los chiquilines pero
con la enorme sabiduría que se le respetó. Ese mismo comodín
que solucionó todos los problemas tácticos durante seis temporadas,
entre el 64 y el 69. Ese mismo que nos levantó en cada arranque,
con cada regate, con cada bombazo sorpresivo, el que obligó
a la ovación agradecida y al cero en la columna de la deuda.
Pocos tan queridos a la hora del recuento.
Y
nadie nos desmentirá, lo rubricamos. Así como Puchero Domínguez
rubricó una vez su firma inapelable: aquel zapatazo demoledor
en el ángulo superior izquierdo de Agustín Cejas contra el arco
de Corrientes y frente a los azorados racinguistas, acaso el
mejor gol de toda su cosecha.
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