|
Jorge Ribolzi
Teníamos
catorce años en 1967 y el fútbol nos llenaba todas las horas.
Para jugar más, para mirar menos, para estremecernos desde los
tablones y también para acompañar a algún amigo y vecino, que
ese año debutaba en la novena de Atlanta. Su nombre, entrañable
para nosotros, no trascendió a la popularidad, pero sí el del
gordito rubio que automáticamente se transformó en el propietario
de aquel equipo; el referente, diríamos hoy, el caudillo adolescente.
El gordito jugaba con la camiseta número nueve y cada semana
convertía por lo menos un gol desde la mitad de la cancha, con
aquellas pelotas chiquitas de gajos, engrasadas como en el barrio,
duras como una roca. El gordito rubio fue la estrella durante
esa temporada y en el resto de inferiores de mañanas frías,
de gaseosas y pebetes de jamón, de rápidas huídas para ver huir
a Salomone en la primera.
Cuando
llegó a la tercera, el gordito rubio motorizó casi una revolución
tribunera y obligó con su noble despliegue, su calidad de potrero
y sus tremendos cañonazos decisivos, a ser considerado por el
Pocho Betinotti para ocupar el banco del cuadro superior. Corría
el Metro del 73 y el debutante llenó el ojo cuando entró en
el segundo tiempo y descontó el marcador contra el fabuloso
Huracán luego campeón de Menotti. Jugó sin complejos como en
el baldío y se quedó a vivir en la primera. Ya no era delantero,
sino volante por derecha. Y ya no fue el Gordo, sino el Ruso,
por su amarilla melena de león indomable, casi la contracara
de un exquisito como Pichón Rodríguez, a quien siempre le peleó
el puesto con sus armas de guerrero a cara o cruz, al que Pipo
Rossi tenía que reprender en el vestuario para que pusiera menos,
no fuese cosa que se pasara de vueltas, al revés de las indicaciones
a Pichón, perseguido por el entrenador para equilibrar sus bordados
sin suela.
El
Ruso, JORGE DANIEL RIBOLZI, resultó el motor, el tubo de oxígeno,
el grupo electrógeno del enorme equipo del Nacional 73, el mejor
de Atlanta en toda la historia, hecho con buenos forasteros
pero especialmente con sangre de la casa como Cortéz, Gutiérrez,
el Gorrión López, Santiago Rico, Onnis y…el gladiador de la
lanza, capaz de ordenar y de gritar, de cumplir sin chistar,
de entregar hasta la última gota de amor por los colores que
nunca abandonaría. Ni siquiera cuando marchó al Boca del Toto
Lorenzo para tomarse todas las Copas desde su empleo de picapiedra
impasable, el mejor modelo de genio robotizado para bien, pero
esa es otra canción, que escribió después de deslumbrar en el
74 y en el 75 marcando el compás de Buttice, de Casares, de
Mario Finaroli. Y al retornar a la cuna en el 82 para regar
de lágrimas aquella increíble noche de amargos mil penales frente
a Temperley. Lo vimos allí sufrir una expulsión que lo dejó
sin guantes para la pelea del ascenso a todo o nada, justo a
él, al gordo que reventaba la pelotita en la novena, con la
polenta y la fibra de un corazón bohemio agradecido, caliente
e inclaudicable.
Volver
a inicio>>>
|
|