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Juan Carlos Puntorero
Las
piernas morochas y flaquísimas, las medias siempre bajas, y
la suela del botín derecho ensayando la pisada eterna; el envión
para la imposible gambeta que dejará un tendal de tobillos desairados;
la increíble apilada que juntará cuatro defensores como para
que los recoja el camión de la basura, y el toque sutil y mágico
que habilitará a cualquier mortal para empujar a la red semejante
catástrofe dentro del área.
Y
si se anima, también intentará su tirito bien rumbeado, una
masita dulce que acaso se le escurra entre las piernas al gran
Amadeo, o se meta en el arco como broche para un centro atrás
de Luna, otro compadre que llegó de River con él y con Fernández,
a comienzos del 62, como parte de pago de Artime y Mario Griguol.
JUAN
CARLOS PUNTORERO llevaba la pelota cosida, amaestrada, sometida,
casi humillada por su inconmensurable habilidad de potrero,
capaz de desparramar tres tipos en un adoquín, y seguir hacia
delante con los ojos despiertos y los dientes dibujando una
sonrisa sobradora. Siempre será EL MANIJA, feliz propietario
de una novia redonda que hará lo que a él se le antoje, especialmente
durante ese campeonato de 1964, cuando Atlanta despachó de ida
y de vuelta a River; puso patas arriba la Bombonera en la primera
fecha; vapuleó a San Lorenzo y a Independiente, y empató la
dos veces con Racing.
En
ese inolvidable año se dio el gusto de mostrar la delantera
más positiva, y de llegar al gol con todos los jugadores de
campo, entre ellos el Negro número 8, una mezcla de Tucho Méndez
y Borghi, un insider o entreala (como se decía antes) tan pachorriento
como eficaz, tan pensante como genial. Se tomaba su tiempo Puntorero,
y cuando decidía, apenas quedaba por colocar el moño y festejar
la obra de arte con todo el público cabeceando el cielo.
En
aquel 64, un pibe de once años llegó casi a tientas, solito,
hasta la cancha de Banfield, en medio de una tormenta de locos
que inundó el terreno en el primer tiempo y terminó en un naufragio
bohemio de 0-2, cuando los paraguas negros saludaron la piedad
del intervalo.
Quince
minutos después, un sol de otro planeta se hizo patrón del escenario,
y la segunda parte permitió el concierto sinfónico del Manija,
que la embocó dos veces, enhebró caños y frenos en el barro,
y hasta varios chicles (te la muestro y no te la doy) para convertirse
en el dueño de todos los aplausos cuando un enloquecido central
banfileño, el legendario Ezequiel Llanos, reventó el arco propio
y se fue a pique con su equipo, sin remedio.
El
pibe de once años vio ahí como el tesorero de Atlanta, Simón
Snaidman, otro legendario, casi se desmaya en la tribuna por
la emoción. En ese tiempo, los dirigentes iban a la popular
con la barra brava y se bancaban la que viniera. Un homenaje
para ese ejemplo en representación de tantos otros, y para el
Manija de los malabares, que en el 67 se mudó a Newell's y después
fue campeón con Chacarita, pero que la sigue pisando hasta que
se duerman y sueñen, otra vez, los tablones de Muñecas.
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Delantera 1966: previo al partido Atlanta 2-Racing Club 2,
en Villa Crespo, el 24-7-1966, de derecha a izquierda, Antonio
Roberto Cabrera, Roberto Marcelo Salomone, Jorge Hugo Fernández,
Juan Carlos Puntorero y Héctor Osvaldo Ochoa. (Envio E. Imas)

1965. Parados: Luna, J. Domínguez, J. Fernández, Puntorero
y Villegas. Abajo: Zarich, Vasallo, Rico, C. Griguol, Clariá
y Sánchez.

1966. Parados: Vignale, J. Vázquez, Kairuz, Maguna, Raimondo
y Biasutto. Agachados: Cabrera, Puntorero, J. Fernández, Salomone
y Ochoa.
Otras
entregras
Fabián Castro
Luis
Artime
Gómez
Voglino
Alfredo Torres
Héctor Candau
Carlos Griguol
Elías Yagodnik
Jorge Fernandez
Osvaldo Guriérrez
Jorge Domínguez
Jorge Ribolzi

Enrique
Martín
El
autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio
de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela
Bohemios.
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