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Rubén Cano
Se
sabe de lejos que Gómez Voglino y Roberto Martino son hasta
hoy los máximos goleadores de Atlanta en primera división. Sin
embargo, la memoria del hincha, del que se fue y del que todavía
está, rescata otros apellidos a la hora de tirar sobre la mesa
de café un recuerdo fulminando la red. O una postal colgándose
del alambrado para compartir el orgasmo inigualado del fútbol,
ese grito que nada compensará, y que las bandas verticales azules
y oro simplifican en la polémica cargada de nostalgia, con ganas
de rogarle al susodicho que nos entregue una alegría más, un
alarido más, otros brazos levantados en la carrera loca del
festejo.
Oscar
Irazoqui en la década del 30, Luciano Agnolín en los años 40,
Alfredo Runtzer despuntando los 50, Luisito Artime, La Chancha
Fernández y Salomone en los 60 y -ya en el ascenso- el uruguayo
Espala, crédito en los 80, y el Pelado Bonnet en el último decenio
del siglo veinte. Dejamos en blanco la década del 70, acaso
la más brillante de Atlanta por el inolvidable sacudón del Nacional
73, ese tercer puesto que debió ser vuelta olímpica y grandeza
rubricada.
No
hubo gloria total allí pero quedó secuela, de emoción y de goles.
Los del Fierro número 10 y los del Galgo número 9, que habían
debutado juntos durante la impensada tarde en que arrancó el
Metro de 1970 en la vieja cancha de Quilmes. El Flaco patas
largas (9) revolcó tres veces al Pato Fillol y sacó patente
de ilustre, aunque después estuvo varios meses sin mojar y demoró
hasta la irritación los aplausos y el delirio que al cabo despertaría
por docenas, con aquellas corridas eléctricas, ese tranco que
desparramaba cualquier esquema defensivo y terminaba su sprint
de los 50 metros llanos dentro del arco, con pelota y todo.
El
Galgo o La Locomotora siempre será para la evocación bohemia
RUBÉN ANDRÉS CANO , un maestro primario que llegó con su título
a Villa Crespo a los 19 años, desde un modesto club provinciano
que hizo famoso más allá del océano que une continentes. Del
Sportivo Pedal de San Rafael, Mendoza, hasta la selección española
que jugó el Mundial 78.
En
el medio quedaron sus 157 partidos y especialmente sus 43 goles
con la casaca de Atlanta: los tres del debut; los dos con que
mandó al descenso a Los Andes en el 71; aquel que significó
un estruendoso triunfo contra Boca en el 72; otros tres que
estampó en la canchita de La Paternal para el equipo de Pipo
Rossi en el 73; los diez que hizo ese año para soñar despiertos
con la conquista mayor. Y todos los que le regaló a Chacarita.
Rubén
Cano fue insustituible durante cinco temporadas y luego se marchó
al Elche español, pero enseguida sería pescado por el Atlético
de Madrid, que andaba necesitando un ídolo y lo encontró para
todo el viaje. Más velocidad con tendal de gallegos en el piso,
más victorias Colchoneras para felicidad de media capital y
la decisión de calzarse el nuevo pasaporte con orgullo internacional.
Todo,
sin resignar jamás su origen cuyano, su pasta de buen tipo,
y su largo idilio con la hinchada de Atlanta, construído con
lucha y con voluntad, pero sobre todo a partir de su montaña
de goles, el destino invariable de aquellas largas carreras
con ganador cantado, desde la mitad de la cancha hasta el aterrizaje
sobre todas las redes que se le colocaron a tiro.
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