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Roberto Marcelo Salomone
La
verdad, el rubio bajito y encarador llevaba dos años peleando
cualquier puesto en la delantera, desde su vertiginoso debut
en 1964 orillando los veinte pirulines. Meta y meta contra Mariscales
y Hacha Bravas, sacando pecho en el área y cinco metros de ventaja
en los piques por la raya, por izquierda o por derecha, nunca
para los costados; un solo toque y a buscar la sortija esquivando
la que viniera, sin arrugar ni esconderse. Tanto esfuerzo iba
a tener premio bastante tiempo después, al compás de un grito
de guerra que lo hizo famoso a él y al autor del amplificador
a capella.
Los
dos se unieron para siempre una tarde de otoño en Villa Crespo.
Atlanta pasó por encima de Huracán con un 7-0 para el libro
de records, y ROBERTO MARCELO SALOMONE estampó cuatro en el
desinflado arco de los quemeros, mientras Raúl Sartés se desquitaba
a puro pulmón desde la popular local bautizando el ¡Huuuuuyee!
que precedería desde ahí cada corrida del mendocino; los tres
que sumó versus Colón en el 5-0 dos semanas después; cada desborde
y cada uno de los quince goles que el movedizo atacante conquistó
durante la temporada 66, y al cabo los 41 que anotó en su exitosa
campaña con los colores de Atlanta, incluyendo su vuelta en
1978, a los 34 años, después de una trajinada carrera de artillero
en Racing, en Ferro y en el fútbol mexicano.
Los
cansados hombros del Negro Raúl, hartos de repartir cajones
de gaseosa a destajo, se tomaban franco cada domingo tribunero
junto a su esposa Chiquita, seguidora y fiel, y al final también
a la rastra con un hijo que salió del mismo palo, y menos mal,
porque si no, le hubiese soplado un ¡Huuuuyee! de los suyos
hasta los tablones de enfrente, no le quepa duda. Y al pibe
no lo hubiera salvado ni Salomone, ni todos los soportes que
el petiso tuvo como soportes de su voracidad romperredes, empezando
por Puntorero y Fernández o por el Chacho Cabrera y el Loco
Ochoa en los extremos, o por Perico Raimondo despachando pelotazos
a medida desde el círculo central.
Todos
confabulados para sorprender a Perfumo, a Navarro, a Cacho Silveira
o al auaténtico Cholo (Carmelo) Simeone, a contrapierna del
insolente que tocaba y se iba, que picaba y picaba, que definía
de una, y al cabo saludaba detrás del arco, en el atrio, después
de la ceremonia iniciada con el alarido de Raúl, más estruendoso
que la bocina de los trenes del San Martín que le disputaban
la oreja al estadio con cada estallido tracción a sangre por
culpa de Salomone, el "padre" del gritón también inolvidable.
El
mismo ex jugador que encontramos una vez detrás del mostrador
de una farmacia familiar, en Medrano y Díaz Vélez, de regreso
y sin botines, pero con un millón de recuerdos que siempre desembocaban
en la figura de Sartés, el presentador que compartió cartel
en sus primeros minutos de gloria, un apodo que nunca se le
despegará, y ese tramo de loca bohemia que vivimos hace más
de cuarenta años, con el ¿Huuuuyee, Salomone! que adelantaba
la avalancha, el gol, otra victoria bohemia.
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