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Fue
como una película vista al revés. Sólo que pisando una estructura
de cemento y no unos flamantes tablones de madera color manteca.
Aquella vez, desde la tribuna popular custodiada por la calle
Muñecas, que por otra parte fue tradicionalmente el domicilio
de la hinchada bohemia. Esta vez en la orilla opuesta, respaldada
por la Avenida Corrientes, la que los jóvenes y los dirigentes
parecen preferir ahora por razones que seguramente sabrán explicar.
No importa. Da lo mismo.
Aquel
5 de junio de 1960, el día de mi cumpleaños número 7, asistí
(sin asistencia de terceros adultos) a la inauguración del "nuevo"
estadio que reemplazaba a la canchita contigua donde vi rodar
por primera vez mi corazón bohemio desde los pies del Pocho
Bettinoti hasta las corridas de Dezorzi, pasando por el cerebro
incomparable de Osvaldo Güenzatti. Por lo tanto, la del domingo
pasado fue para mí la segunda inauguración de un tercer estadio
de fútbol, prácticamente en el mismo lugar.
Se
veía linda la tribuna repleta de entusiasmo y olor a nuevo.
Se veían orgullosos los pibes con casa moderna aunque más pequeña,
algo así como la parábola del conventillo chorizo hacia el departamento
de dos ambientes en un piso nueve. Así es el progreso. Nos pone
de cara al futuro y nos deja los recuerdos. Con las dos cosas
tendremos que vivir de aquí en adelante.
Más
allá del obligatorio triunfo que reclamaba el cemento, ganar
y hacer el primer gol en este predio (no como en el 60, cuando
perdimos en el debut con Argentinos), más allá de la justificada
euforia de los propios y de los viejos extraños que regresaron
desde la campaña del 73 y hasta desde la del 61, Atlanta dijo
presente con todo lo que tiene. Que no es poco. Tiene cemento,
podrá tener más si hace falta, está cerca de derribar el muro
de Berlín que nos separa de la sede social. Tiene gente. Y tiene
gente que trabaja.
Antes
de entrar y tocar con las manos el piso sólido, escupir por
cábala el cemento gris, hacer saltar el colesterol sobre un
suelo que no se arquea ni se quebrará, antes de todo eso, dos
horas antes, vimos y repartimos abrazos. Alejandro Ulloa (el
hermano de Chupete -el karateca famoso-), o sea, mis dos primeros
compinches en un barrio que hice mío sin irme nunca del Cafferata
natal; el Tío Oscar Zabala, Silvio Dalman, Guillermo Sauret,
Víctor Dadón, el Gordo Beto ("Factura") y hasta el Chino Nogueira,
el más grande hincha de Atlanta en Palermo Viejo, cuando no
era ni Soho ni Hollywood, tan solo Villa Alvear con tranvías
y potreros. Todos somos gordos y algunos, pelados. Todos nos
reencontramos sobre los adoquines de Humboldt (antes que Macri
se los venda a los alemanes); todos fuimos chicos otra vez,
viendo a los nietos de varios corretear por la calle azul y
oro rumbo al nuevo destino.
Y
descubrimos que Atlanta nunca se fue. Como decía Troilo: siempre
está llegando. Ahora, como esa jovencita linda y perfumada de
inauguración, como las novias que se conocían en su casa, en
algún baile de carnaval, a metros del cemento que supimos conseguir.
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