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Aldo Pichón Rodríguez
Pisador.
Es el adjetivo futbolístico que mejor lo definió. La pelota
duerme bajo la suela y después rueda mansita hacia los cuatro
puntos cardinales. Acaso demasiado hacia los laterales, es cierto,
pero quién te quita el placer de recordar como bordaba la media
cancha con habilidad y elegancia de bailarín de tango. Un lujo,
Pichón. Otra joya de la abuela bohemia en una categoría, la
de los pisadores, que casi ya no tiene discípulos. Se juega
más rápido, se juega peor.
ALDO
FERNANDO RODRÍGUEZ no aprendió a jugar en una escuelita como
las de hoy. Cursó con sobresaliente dominando la bola sobre
el piso adoquinado del Abasto, el gran estadio de Lavalle y
Gallo, donde los piques se adivinaban o se intuían como en el
ajedrez, y había que pensar cuatro jugadas, antes de matarla
y resucitarla para poner un pase gol algo demorado en la gambeta
con moñito y perfume francés.
Hijo
de un verdulero boquense, Pichón arrancó a los diez años en
el Baby de Villa Malcolm, y fue su padre quien lo depositó en
Atlanta bajo las órdenes del inolvidable Mellizo y de Alberto
Greco, para evitar que viajase a River, como ocurría con la
mayoría de los destacados en la canchita de Córdoba y Thames.
De ahí siguió viaje por todas las inferiores, siempre figura,
siempre el rumor y el elogio de los habitués de inferiores:
"No sabés como juega ese pibe, la tiene atada, aplastada, descosida".
Y
así aterrizó en la primera despuntando los veinte abriles durante
el Nacional de 1970. Debutó contra Guaraní Antonio Franco, de
Misiones, y se quedó a vivir como volante de creación hasta
el 75, obviamente integrando el gran equipo del 73, donde alternó
con Ribolzi, según el criterio de Pipo Rossi para cada partido.
Pero nunca decepcionó. Nacido para el fútbol fino y la pirueta,
no era cuestión de convertirlo en un kamikaze. Lo suyo era de
orfebrería, no de corralón.
Brilló
siempre como un elegido, y tal vez su obra cumbre la protagonizó
en el escenario más amplio y anhelado por cualquier futbolista
argentino. Pichón fue Gardel en el Monumental de River, una
tarde inspirada en que le salieron todas y cada una de las jugadas
que soñó desde los palotes eludiendo cajones de fruta. Los volvió
locos sobre el pasto y los obligó a cacarear de admiración en
la platea. Siempre fue bostero, y entonces era precisamente
allí donde debía graduarse para siempre. Pero con la camiseta
de Atlanta, la que vistió hasta 1975, amigo del alma de Elías
y del Mudo, sus grandes admiradores.
Un
año después era campeón de la Libertadores con Independiente
y jugaba la final de la Intercontinental. Después Vélez, Bogotá,
Medellín y el Atlético Quindío en su gira por Colombia sorteando
muñecos y desplegando ese talento marcado a fuego, estirpe de
potrero porteño, embajador de un juego que hoy vive en una vitrina
y no está en venta para coleccionistas, reducidos a mirones
de videos premium deluxe. Se retiró entre puteadas santafecinas,
porque ¿a quién se le ocurre ser tatengue y después sabalero?
A los 34 dijo basta. La suela estaba gastada, aunque nunca la
inteligencia y el toque sutil.
Pichón
enseñó un poco en El Porvenir junto con Osvaldo Cortés, otro
grande de nuestra cantera. Todavía le queda pinta para lucirse
en cualquier picado cuando se baja del taxi y muestra como duerme
la pelota: a Mirta, su actual mujer, a sus hijas Natalia y Soledad,
al nieto que llegó y a los dos que espera a la brevedad: familia
y herederos del abuelo pisador.
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