AÑO X - NÚMERO 286 / Lunes 13 de abril de 2009
HOMENAJES BOHEMIOS
Los héroes de Atlanta
El periodista y escritor Enrique Martín, autor de la novela Bohemios, ha enviado a los medios de Atlanta una serie de 14 homenajes a distintas personalidades de la historia auriazul.

Aldo Pichón Rodríguez

Pisador. Es el adjetivo futbolístico que mejor lo definió. La pelota duerme bajo la suela y después rueda mansita hacia los cuatro puntos cardinales. Acaso demasiado hacia los laterales, es cierto, pero quién te quita el placer de recordar como bordaba la media cancha con habilidad y elegancia de bailarín de tango. Un lujo, Pichón. Otra joya de la abuela bohemia en una categoría, la de los pisadores, que casi ya no tiene discípulos. Se juega más rápido, se juega peor.

ALDO FERNANDO RODRÍGUEZ no aprendió a jugar en una escuelita como las de hoy. Cursó con sobresaliente dominando la bola sobre el piso adoquinado del Abasto, el gran estadio de Lavalle y Gallo, donde los piques se adivinaban o se intuían como en el ajedrez, y había que pensar cuatro jugadas, antes de matarla y resucitarla para poner un pase gol algo demorado en la gambeta con moñito y perfume francés.

Hijo de un verdulero boquense, Pichón arrancó a los diez años en el Baby de Villa Malcolm, y fue su padre quien lo depositó en Atlanta bajo las órdenes del inolvidable Mellizo y de Alberto Greco, para evitar que viajase a River, como ocurría con la mayoría de los destacados en la canchita de Córdoba y Thames. De ahí siguió viaje por todas las inferiores, siempre figura, siempre el rumor y el elogio de los habitués de inferiores: "No sabés como juega ese pibe, la tiene atada, aplastada, descosida".

Y así aterrizó en la primera despuntando los veinte abriles durante el Nacional de 1970. Debutó contra Guaraní Antonio Franco, de Misiones, y se quedó a vivir como volante de creación hasta el 75, obviamente integrando el gran equipo del 73, donde alternó con Ribolzi, según el criterio de Pipo Rossi para cada partido. Pero nunca decepcionó. Nacido para el fútbol fino y la pirueta, no era cuestión de convertirlo en un kamikaze. Lo suyo era de orfebrería, no de corralón.

Brilló siempre como un elegido, y tal vez su obra cumbre la protagonizó en el escenario más amplio y anhelado por cualquier futbolista argentino. Pichón fue Gardel en el Monumental de River, una tarde inspirada en que le salieron todas y cada una de las jugadas que soñó desde los palotes eludiendo cajones de fruta. Los volvió locos sobre el pasto y los obligó a cacarear de admiración en la platea. Siempre fue bostero, y entonces era precisamente allí donde debía graduarse para siempre. Pero con la camiseta de Atlanta, la que vistió hasta 1975, amigo del alma de Elías y del Mudo, sus grandes admiradores.

Un año después era campeón de la Libertadores con Independiente y jugaba la final de la Intercontinental. Después Vélez, Bogotá, Medellín y el Atlético Quindío en su gira por Colombia sorteando muñecos y desplegando ese talento marcado a fuego, estirpe de potrero porteño, embajador de un juego que hoy vive en una vitrina y no está en venta para coleccionistas, reducidos a mirones de videos premium deluxe. Se retiró entre puteadas santafecinas, porque ¿a quién se le ocurre ser tatengue y después sabalero? A los 34 dijo basta. La suela estaba gastada, aunque nunca la inteligencia y el toque sutil.

Pichón enseñó un poco en El Porvenir junto con Osvaldo Cortés, otro grande de nuestra cantera. Todavía le queda pinta para lucirse en cualquier picado cuando se baja del taxi y muestra como duerme la pelota: a Mirta, su actual mujer, a sus hijas Natalia y Soledad, al nieto que llegó y a los dos que espera a la brevedad: familia y herederos del abuelo pisador.

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López, Ribolzi, Onnis y Rodrigurez.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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