|
Néstor Errea
Tarzanes
como Rocha, Buttice, Miguel Ángel Sánchez, Reggi o Campi; anguilas
voladoras como Claudio Vacca o Feliciani, intuitivos como Biasutto,
Carnevali o Parsechian. Arqueros de Atlanta para todos los gustos,
y una memoria selectiva que suele olvidar al inventor de una
escuela: al que archivó la gorra y las rodilleras, el primero
que salió de paseo hasta la mitad del campo, que ordenó con
el índice arriba, que descolgó el centro con una mano, el que
hizo vista a todos los pelotazos y se burló de los colegas escondidos
en la línea y de los revolcones al cuete. Y no, qué quiere que
le diga, no estamos hablando de Hugo Gatti, que también surgió
en el club, pero que nunca lo quiso (ni antes ni ahora).
Estamos
hablando del creador de un estilo, el verdadero creador, el
sello original. Y no, no fue Amadeo, que solía fruncirse en
las difíciles. Estamos hablando de la marca registrada. El primus
entre pares, el dueño de la patente, código propio y personalidad
inviolable. Allá está, trepando desde Sacachispas hasta la gloriosa
Copa Suecia; devolviendo un zurdazo como látigo de contragolpe;
allí está, la contracara física del Gordo Rocha; el dueño de
los tres palos en la mudanza de la vieja canchita de al lado,
a ésta, que ahora también cambió su ropa de madera por presente
cementado; el propietario del número 1 durante tres temporadas
que siempre obligan a la nostalgia: 59, 60 y 61. Atlanta mirando
la punta de la tabla en primera división; la valla menos vencida
(como se decía antes); el guiño de Osvaldo Zubeldía al pibe
que hacía visera con la mano en la raya del área grande; el
arbolito que parece frágil pero siembra las raíces de aquellos
claveles y de una catarata de triunfos contra Boca, River, Racing,
Independiente: contra todos.
Gesto
de pocos amigos, el Flaco, serio e indiferente, pinta de galán
francés en los años sesenta. El poseedor de la llave del colegio,
que luego tendría su mejor discípulo en Alberto Poletti y seguidores
leales como el Negro Comizzo y el Mono Burgos. Siempre fue distinto.
Un rebelde sin ruido, rápidamente advertido por Alberto J. Armando,
que lo llevó a Boca con Gonzalito para secundar al Tano Roma
y para dar la vuelta olímpica en ese año 62, desde el banco,
un sitio que nunca debió ser para semejante ganador como nuestro
invitado de lujo; NÉSTOR MARTÍN ERREA ¿o quién iba a ser, si
no?
El
Flaco pagó derecho de piso en la selección nacional y en sus
primeros pasos bosteros, pero cuando se asentó fue ídolo en
Colón de Santa Fe, mucho más en Peñarol de Montevideo (pavada
de grande en esa época), y fue también una gigantesca seguridad
para el último Estudiantes ganador de la Copa Libertadores '70,
cuando le agregó años de noble añejamiento a sus increíbles
virtudes de arquero-guía-jugador, para que el mismo Zubeldía
durmiera tranquilo con uno de sus primeros chiches preferidos.
Un
día se fue a Grecia y no volvió más. Dos líneas mezquinas de
un mezquino cable de agencia noticiosa nos informaron hace unos
pocos años que había muerto lejos de su país y de sus orígenes
deportivos. Pero dejó huella: una larga fila de imitadores y
una polémica que hoy continúa en cada café. Alguna vez el fútbol
argentino -y el mundial también, ¿por qué no?- harán justicia
con el Flaco Errea, el padre de una raza. Industria bohemia.
Calidad probada.
Volver
a inicio>>>
|
|