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Son
esas tardes de pura inspiración, esas noches de oro con propietario
absoluto. La marca en el inventario que adornará miles de evocaciones,
a veces con exageración inusitada, estableciendo un hito y un
mito para ese jugador, que allí nos deslumbró para siempre,
y se metió sin permiso en el álbum de las actuaciones mágicas,
para la lágrima sincera, para el perpetuo agradecimiento. Cada
hincha tendrá su recuerdo a flor de mesa en el café, y los de
Atlanta tiran infinidad de ideas a la hora de desempolvar la
nostalgia para competir con cualquiera que se anime al desafío.
Y
entonces vamos a cerrar los ojos e imaginar por ejemplo el 16
de octubre de 1960, con la nueva cancha de apenas cuatro meses
de edad, repleta hasta la manija. Y llegamos al minuto 30 del
segundo tiempo. Luisito Artime achica a 2-3 la desventaja
de Atlanta ante Racing, y tres minutos más tarde empata el partido,
y ocho después clava el cuarto en el arco de Negri, mientras
la popular local se desploma, se derrite, queda congelada para
la posteridad del fervor bohemio.
Y
hablábamos hace poco de los cuatro estiletazos de Roberto
Salomone en el histórico 7-0 sobre Huracán en 1966, aunque
también recordamos cómo Pichino Carone le dio vuelta
el partido a Argentinos sobre la hora unos años antes, con dos
golazos con su sello de oportunista genial. Y qué no decir del
doblete del Loco Ochoa frente al Racing de José, también
en el 66, el día del 2-2 increíble con puertas cerradas desde
pasado el mediodía, debido a la multitud que reventó esa tarde
los tablones de Villa Crespo.
Y
hace un tiempo corríamos el velo al debut de Rubén Cano
con tres balazos en la silueta quilmeña del Pato Fillol en el
despunte del otoño 1970. Pero ahí nomás nos recordamos un tiempo
antes, ansiosos, en el tercer piso de la Bombonera. Es el 23
de febrero de 1969. Biasutto ya está en Central y hoy se estrenan
los tres "rellenos" que recalaron en casa como parte de pago
por su pase. Pero los ojos son para uno solo, ese arquero que
viene de juntar telarañas en el banco suplente del enorme Gato
Andrada. Y entonces Daniel Carnevali es Superman esa
tarde de traspié con los xeneizes. Ataja y ataja. A Rojitas,
a Pianetti, a Novello. De arriba, de abajo, saliendo, cortando,
tapando. Una actuación gigantesca de quien se convertiría ahí
mismo, en su debut, en el futuro guardapalos de la selección
nacional.
Y
ahora nos volvemos a instalar en el Riachuelo, cuatro años después.
Atlanta está a un paso de la gloria máxima, el título de campeón
a tiro y a la mano. Pero dos innombrables (los dos únicos hoy
fallecidos de aquel equipo) se interponen inesperadamente y
entonces jugamos con nueve, que parecen muchos más. Perdemos
2-1, ahí, con el Central de Timoteo y dejamos pasar el sueño
más preciado. Pero nunca olvidaremos la increíble actuación,
esa tarde, del Negrito Ramón Ledesma, ignorado reemplazante
del suspendido Cortéz: un trabajo monumental, total; poniendo,
luchando, ganando, desde el lateral derecho hasta el fin del
mundo, figura cumbre junto con Candau y Gómez Voglino.
Ahora
sufrimos el tórrido verano de 1982 en Parque Patricios, ¡29
de diciembre! Atlanta, con dos menos, supera en 120 minutos
a Temperley y apenas se rinde tras 25 (25.000?…) ejecuciones
desde los once metros. Esa noche de brujas nace el Patoruzú
de Olavaria. Sólo contra todos. Fuerza un penal, lo convierte,
aguanta el alargue a puro pique, y no falla en la doble hilera
de definidores. Deja el corazón en el pasto, se gana el cielo
y aterriza en la primera de Boca, previo paso por nuestra gratitud
más sentida. Ese fue Omar Porté, otro ejemplo testicular
bohemio, que acaso opacó aquella vez la tremenda actuación del
arquero Parsechian, otro grande, sin duda.
Y
también rescatamos la tarde del 72 en Núñez (¿o Belgrano?),
cuando Pichón Rodríguez bailó a todo River en un desempeño
memorable, con caño y pisada a toda orquesta.
Y
viajamos tres años después al mismo escenario para gritar mil
veces el gol de Mario Finaroli, que deja en terapia intensiva
a las Gallinas, como en las 17 temporadas anteriores. Las caras,
las caritas, las caripelas de aquella platea…Un espectáculo
de horror propiciado por aquella grandiosa corrida del centrodelantero,
para colmo verdugo de su propio origen ¡De película!
Cerca
del final, nos estacionamos en el Coloso del Parque, para ver
como el Narigón Torres clava con elegancia el penal contra
Central Córdoba, que significará nuestra vuelta a primera con
el título de campeón en 1983, de la mano del Toto Lorenzo, y
obviamente del autor del gol, el dueño de aquel partido y del
equipo que giraba en torno de su habilidad..
Qué
no decir, ya en el estribo, de los goles que el Pepe Castro
le estampó a Nueva Chicago en Mataderos 1990 y a Dock Sud en
Avellaneda 95, para sellar también con sendas actuaciones inolvidables,
dos ascensos que todavía hoy festejamos, cada vez que lo vemos
gritar por Atlanta tan cerca de nosotros, como siempre.
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Luis Artime en sus comienzos, con la auriazul

Pichino Carone hoy, aún fiel a Atlanta.

Rubén Cano convierte el segundo gol para darle el triunfo
a Atlanta ante Independiente en Avellaneda. Año 1973.

Figurita autografiada de Daniel Carnevali, el excelente guardavalla
de dilatada trayectoria en el fútbol argentino y español.
En Atlanta actuó en 1969 y 1984.

1983. Alfredo Torres en andas tras conseguir el ascenso en
Rosario.

1995. Castro define en la final ante Dock Sud.
Otras
producciones de Martín
14
entregas de los héroes de Atlanta
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