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Siempre
habrá una excepción que confirme la regla. También para nuestra
idea de que Atlanta fue, es y será un club de fútbol. Que nació,
creció y se hizo grande por el fútbol, por sus triunfos y por
la interminable cantidad de figuras que le regaló al país futbolero.
Pero siempre hay un pero. Una rareza que ratifica lo que uno
ya sabe. En este caso, una costumbre que derivó en pasión allá
por los cincuenta, cuando manos voluntariosas encerraron el
polvo de ladrillo con flejes de hierro y colocaron tableros
de madera detrás de la cabecera de la vieja cancha.
El
básquetbol surgió así como ese hermano menor que todavía extrañamos,
un dato en la memoria que recuerda a Carlos Ferello como primer
jugador argentino transferido a Italia; que señala a Manuel
García Fernández, Manolete, como hacedor de aquellos cadetes
campeones metropolitanos del 59, tras la mudanza a las frías
y grises baldosas del nuevo rectángulo pegado a la pileta, donde
León Najnudel -que fue inmensamente más de Atlanta que de Ferro,
por origen y sentimiento- inició su enorme trayectoria dirigiendo
desde nenes de pecho y otros cadetes de lujo en el 66, hasta
una primera división que siempre fue grande en la Asociación
Buenos Aires, seguida por la hinchada más temida del baloncesto
nacional, por su tamaño y también por las bataholas que generaba
en tantos choques con Boca y con River, pero esencialmente en
los clásicos con San Lorenzo y Lanus.
Así
era, en cada gimnasio adornado por aquellas casacas de oro y
pantaloncitos de raso azul; por su idolatría al Maradona propio
que Atlanta tuvo en el santiagueño Benjamín Arce, un chicato
irremediable que embocaba sin mirar desde cualquier distancia,
y que alguna vez -después de una larga jornada con sus libros
de Economía- estampó 46 puntos en la canasta ajena cuando no
se contabilizaban triples. El Chango Arce fue el sinónimo del
básquet bohemio, un abanderado que comandó el lote llevando
de la mano a sus compadres Daniel Corvalán y Hugo Ríos, al Patón
Armer, a Lambert y a Rambozzi, al Nene Gabrys, a Chiche Schnaider,
a Néstor Siano, al Gallego Rodríguez y a Lucho Martínez, el
fantástico Cabezón que resultó ser, sin vueltas, el mejor producto
de la escuelita del club.
El
Chango y su ballet llenando las noches de invierno a cielo abierto,
los éxitos sobre el último timbre, las picardías de tres planilleros
de antología como el Gordo Félix Diament (que acaba de dejarnos),
Jaime (otro Cabezón que partió temprano) y Chacho Puente, un
loco inclasificable que llegó a pesar 200 kilos y a convertirse
en un ícono de la publicidad televisiva. Ese trío siempre le
curró un segundo a los viejos relojes, o un punto al contrario,
en la maraña de papeles que precedió a la tecnología en este
deporte.
Hasta
que aterrizamos en la tarde consagratoria del setenta y… , esa
que llevó al club al primer lugar del podio cuando alzó la codiciada
Copa Barclay en el mismísimo Luna Park, un broche de platino
para el esfuerzo mancomunado de tantos y tantos, desde el ascenso
a primera división despuntando los sesenta. Un esfuerzo que
tuvo cientos de adherentes, ad honorem y apasionados, entre
los que no pueden faltar ni podemos olvidar al dirigente Silvio
Lebenas y al eterno asistente Osvaldo Iacopetti, que hoy todavía
se encarga de juntar a los viejos para cualquier cena, siempre
con el mismo placer de recordar. Los apellidos serán indefectiblemente
cortos, pero, mínimamente, a los mencionados arriba habría que
sumar al Mudo Tito, Arribillaga, Píccoli, ¡Mateo Giordano!.
Beltrame, Zerial, Mañas, Pereyra, Dadón, Del Río, Soler, Ulloa,
Rey, Roberto Martínez.
Atlanta fue victoria en esos nombres, en la endiablada habilidad
de Daniel López Rita y en el trabajo incansable de los delegados,
pero también en los dobles perfumados de Susana Abad, de las
hermanas Almirante, Beatriz Marai y la Luisita Troilo. Y también,
para más datos, en cualquier sobremesa del viejo café El Dandy,
en Corrientes y Thames, donde Najnudel daba cátedra y concibió
esa monumental obra que puso a la Argentina de cara a un subcampeonato
mundial y a una medalla olímpica dorada: la idea y la concreción
definitiva de la Liga Nacional.
Colección
de fotos de Sentimiento Bohemio
(Por Edgardo Imas)

Mateo Giordano (izq.), integrante de los equipos de la Edad
de Oro de Atlanta en básquet, en una foto de 2007, en la fiesta
de reapertura de la sede social.

Un entrenamiento de los más chicos.

La escuela de básquet de Atlanta y decenas de chicos que se
preparaban para integrar los equipos dela institución en los
años sesenta.

Uno de los inolvidables duelos de Atlanta con Boca.

Equipo campeón 1959 de Cadetes.

Cuarta División de las chicas campeona, 1963.

Los cadetes de 1963.

Otro pasaje de un entrenamiento con toda la atención centrada
en el DT León Najnudel.

León Najnudel da instrucciones en un alto del partido. Arce,
a su derecha, y sus compañeros escuchan atentamente.

Benjamín Arce mira a su entrenador, León Najnudel

Benjamín Arce en una foto tomada por Sentimiento Bohemio, en
2003, durante un viaje suyo a Buenos Aires. Radicado en Santiago
del Estero, aún jugaba por entonces torneos internacionales
de veteranos.

Uno de los numerosos éxitos basquetbolísticos bohemios reflejado
en el diario La Prensa: ganó en 1966 el cuadrangular por la
inauguración del gimnasio del Club Imperio Juniors.

El santiagueño Benjamín Arce, el jugador de básquet de mayor
renombre que pasó por Atlanta. Una figura del basquetbol nacional
en los años 60 y 70.

1985
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