AÑO X - NÚMERO 289 / Lunes 4 de mayo de 2009
PRODUCCION ESPECIAL
El basquet bohemio
El segundo deporte en Villa Crespo.
POR ENRIQUE MARTIN
FOTOS GENTILEZA EDGARDO IMAS Y MATEO GIORDANO

Siempre habrá una excepción que confirme la regla. También para nuestra idea de que Atlanta fue, es y será un club de fútbol. Que nació, creció y se hizo grande por el fútbol, por sus triunfos y por la interminable cantidad de figuras que le regaló al país futbolero. Pero siempre hay un pero. Una rareza que ratifica lo que uno ya sabe. En este caso, una costumbre que derivó en pasión allá por los cincuenta, cuando manos voluntariosas encerraron el polvo de ladrillo con flejes de hierro y colocaron tableros de madera detrás de la cabecera de la vieja cancha.

El básquetbol surgió así como ese hermano menor que todavía extrañamos, un dato en la memoria que recuerda a Carlos Ferello como primer jugador argentino transferido a Italia; que señala a Manuel García Fernández, Manolete, como hacedor de aquellos cadetes campeones metropolitanos del 59, tras la mudanza a las frías y grises baldosas del nuevo rectángulo pegado a la pileta, donde León Najnudel -que fue inmensamente más de Atlanta que de Ferro, por origen y sentimiento- inició su enorme trayectoria dirigiendo desde nenes de pecho y otros cadetes de lujo en el 66, hasta una primera división que siempre fue grande en la Asociación Buenos Aires, seguida por la hinchada más temida del baloncesto nacional, por su tamaño y también por las bataholas que generaba en tantos choques con Boca y con River, pero esencialmente en los clásicos con San Lorenzo y Lanus.

Así era, en cada gimnasio adornado por aquellas casacas de oro y pantaloncitos de raso azul; por su idolatría al Maradona propio que Atlanta tuvo en el santiagueño Benjamín Arce, un chicato irremediable que embocaba sin mirar desde cualquier distancia, y que alguna vez -después de una larga jornada con sus libros de Economía- estampó 46 puntos en la canasta ajena cuando no se contabilizaban triples. El Chango Arce fue el sinónimo del básquet bohemio, un abanderado que comandó el lote llevando de la mano a sus compadres Daniel Corvalán y Hugo Ríos, al Patón Armer, a Lambert y a Rambozzi, al Nene Gabrys, a Chiche Schnaider, a Néstor Siano, al Gallego Rodríguez y a Lucho Martínez, el fantástico Cabezón que resultó ser, sin vueltas, el mejor producto de la escuelita del club.

El Chango y su ballet llenando las noches de invierno a cielo abierto, los éxitos sobre el último timbre, las picardías de tres planilleros de antología como el Gordo Félix Diament (que acaba de dejarnos), Jaime (otro Cabezón que partió temprano) y Chacho Puente, un loco inclasificable que llegó a pesar 200 kilos y a convertirse en un ícono de la publicidad televisiva. Ese trío siempre le curró un segundo a los viejos relojes, o un punto al contrario, en la maraña de papeles que precedió a la tecnología en este deporte.

Hasta que aterrizamos en la tarde consagratoria del setenta y… , esa que llevó al club al primer lugar del podio cuando alzó la codiciada Copa Barclay en el mismísimo Luna Park, un broche de platino para el esfuerzo mancomunado de tantos y tantos, desde el ascenso a primera división despuntando los sesenta. Un esfuerzo que tuvo cientos de adherentes, ad honorem y apasionados, entre los que no pueden faltar ni podemos olvidar al dirigente Silvio Lebenas y al eterno asistente Osvaldo Iacopetti, que hoy todavía se encarga de juntar a los viejos para cualquier cena, siempre con el mismo placer de recordar. Los apellidos serán indefectiblemente cortos, pero, mínimamente, a los mencionados arriba habría que sumar al Mudo Tito, Arribillaga, Píccoli, ¡Mateo Giordano!. Beltrame, Zerial, Mañas, Pereyra, Dadón, Del Río, Soler, Ulloa, Rey, Roberto Martínez.

Atlanta fue victoria en esos nombres, en la endiablada habilidad de Daniel López Rita y en el trabajo incansable de los delegados, pero también en los dobles perfumados de Susana Abad, de las hermanas Almirante, Beatriz Marai y la Luisita Troilo. Y también, para más datos, en cualquier sobremesa del viejo café El Dandy, en Corrientes y Thames, donde Najnudel daba cátedra y concibió esa monumental obra que puso a la Argentina de cara a un subcampeonato mundial y a una medalla olímpica dorada: la idea y la concreción definitiva de la Liga Nacional.

Colección de fotos de Sentimiento Bohemio
(Por Edgardo Imas)


Mateo Giordano (izq.), integrante de los equipos de la Edad de Oro de Atlanta en básquet, en una foto de 2007, en la fiesta de reapertura de la sede social.


Un entrenamiento de los más chicos.


La escuela de básquet de Atlanta y decenas de chicos que se preparaban para integrar los equipos dela institución en los años sesenta.


Uno de los inolvidables duelos de Atlanta con Boca.


Equipo campeón 1959 de Cadetes.


Cuarta División de las chicas campeona, 1963.


Los cadetes de 1963.


Otro pasaje de un entrenamiento con toda la atención centrada en el DT León Najnudel.


León Najnudel da instrucciones en un alto del partido. Arce, a su derecha, y sus compañeros escuchan atentamente.


Benjamín Arce mira a su entrenador, León Najnudel


Benjamín Arce en una foto tomada por Sentimiento Bohemio, en 2003, durante un viaje suyo a Buenos Aires. Radicado en Santiago del Estero, aún jugaba por entonces torneos internacionales de veteranos.


Uno de los numerosos éxitos basquetbolísticos bohemios reflejado en el diario La Prensa: ganó en 1966 el cuadrangular por la inauguración del gimnasio del Club Imperio Juniors.


El santiagueño Benjamín Arce, el jugador de básquet de mayor renombre que pasó por Atlanta. Una figura del basquetbol nacional en los años 60 y 70.


1985

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El gimnasio cubierto de la sede

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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