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Atlanta
acababa de vencer a Estudiantes en La Plata con un par de goles
del negrito Rodolfo Juárez. Fue a principios de la década del
70, creo, pero no importa demasiado. Cuando marchábamos hacia
los micros nos rodeó un grupo de la barra pincha y hubo una
gran batahola con trompadas al por mayor. Hasta que, en el medio
de la bocacalle, emergiendo entre dos fuegos, como un enviado
del Cielo y sosteniendo un enorme adoquín con las dos manos
sobre su cabeza, apareció Cholín y lanzó su grito cargado
de antiguos códigos: "Vengan, cobardones…". Los de Estudiantes
huyeron automáticamente ante la visión increíble del tipo decidido
a arrojar el adoquín como un pesista que termina de establecer
un record y deja caer el peso con violencia. El adoquín se estrelló
contra una columna de alumbrado, que quedó groggy. Y nosotros
subimos a los micros.
Cholín
se llamaba Alonso Vega, o creo que se llamaba, y era una especie
de guapo de los años 20 o 30, es decir, un guapo de verdad,
que respetaba a las mujeres, que peleaba sólo si lo provocaban,
que nunca se achicaba, ni escondía el bulto ni eludía la parada,
como se decía antes. Lo conocimos ya veterano, calvo y calmo,
pero le entrevimos la pose, la postura y la chapa de compadre.
Cuando elevaba el tono de voz, cuando tiraba una puteada sobre
la mesa del tute cabrero, que inevitablemente compartía con
el Tano Ciro Galeazzi, con Pecho Segovia (le debo una), con
el viejo Aurelio, en el buffet del club o en sus últimos años
en el Bar Los Bohemios (hoy Rincón Bohemio) en la esquina de
Corrientes y Darwin.
Cholín
vivía cerca de la Cueva Negra (el misterioso pedazo de Chacarita,
lindero con Villa Crespo, limitado por el cementerio, el parque
Los Andes, la calle Guzmán y los desarmaderos de Warnes). Era
o había sido empleado municipal. De aquellos con horario corto
y mucho rato para el café, que para Cholín siempre era cortado
y nunca bebida alcohólica. Vicios ninguno, salvo la charla y
los naipes por porotos baratos, casi siempre con pares por edad.
Se casó ya grande con una novia antigua, a quien llamaba de
usted.
Cholín
llegó a ser dirigente en los años 70, antes de Masci. Resultó
siempre un buen consejero, un cable a tierra, un sabio sin libros.
Una Biblia con aroma de tango, aunque me parece que no era bailarín.
Lo que le gustaba al Cholo eran los burros y difícilmente un
sábado por la tarde la popular de Palermo se privara de su presencia,
alentando casi siempre a los caballos favoritos, los "fierros"
que le obligaban a embolsar una ganancia chiquita o regresar
seco a la sede para la enésima vuelta de pocillos. Pero esa
forma estoica de apostar, a la vez le daba la chance de emitir
su vozarrón en casi todas las carreras. "Ahora, Sanguinetti!!!",
era también su alarido de guerra cuando el legendario Topo uruguayo
agarraba la punta entrando al derecho con dos cuerpos de ventaja.
"Agarralo de la cola, gil", le espetaba Cholín al jockey del
que venía segundo, pero también a todos los que no habían jugado
a su candidato, con esa sonrisa irónica y burlona que nadie
se atrevía a desafiar.
Lo
vimos jugar al fútbol contra pibes y armar la guardia cuando
le pegaban de atrás; lo vimos sufrir por Atlanta y decir siempre
lo que pensaba, con bocina o en susurro. Vimos en él a un personaje
de otro tiempo. O de cualquier tiempo, quién sabe. Pero nunca
olvidaremos la historia del adoquín, que adornó para siempre
aquella tarde de visitantes, aquel triunfo en la vieja canchita
de 57 y 1.
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