AÑO X - NÚMERO 292 / Lunes 25 de mayo de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Es hora de contar este blooper
Cronista de Clarín contra Atlanta.
POR ENRIQUE MARTIN

Acaso haya sido el día más negro en la historia de Atlanta. El 17 de noviembre de 1990 el club inició una decadencia que recién ahora comienza a revertirse. Hubo descensos, quiebra, pulverización económica, juicios, traiciones: de todo. Apenas resistencia deportiva y calor en la tribuna. Nada más. La perla de esta historia, como en las novelas de suspenso, la dejaremos para el final. Entremos en tema.

Aquella tarde, un Atlanta que acababa de lograr el ascenso al Nacional B en una final con Chicago salpicada de sospechas, que quizás haya dejado secuelas para que ocurriera lo que ocurrió (VER AL FINAL), se vio atacado a dos puntas, sometido a un juego de pinzas que bien pudo ser premeditado ¿Quién lo sabe hoy?

Por un lado, un árbitro archiconocido por su inestabilidad emocional como Humberto Dellacassa (hijo), digno vástago de uno de los peores jueces en la historia del fútbol nacional, otro delirante que aun hoy se recuerda. Por otro lado, una dirigencia del club, absolutamente desprovista de sentido común, especialmente en la persona de su vicepresidente Bernardo Kravetski.

Pues bien, entre los dos, hundieron a Atlanta en el océano por muchos años. Si no estaban de acuerdo de antemano, lo disimularon muy bien, Uno, incitando a los jugadores de Atlanta con fallos horribles frente al tibio Cipolletti de Río Negro, y otro, cuando el 0-2 y el despojo arbitral estaba consumado, azuzando a los hinchas a ingresar en el campo para agredir al árbitro. Vociferó el gordito Bernardo desde el micrófono de La Voz del Estadio; las puertas se abrieron y hasta él mismo ingresó para perseguir al aterrorizado Dellacassa. Total, ante tanta batahola, sólo recibió un puñetazo por parte del defensor central Fernando García, quien luego fue suspendido por dos años, mientras Atlanta sufrió descuento de puntos, descenso cantado y luego discriminación flagrante en AFA durante varios años.

Pero hay una interesante historia paralela, que se desarrolló en la zona de vestuarios, en medio del escándalo generalizado por todo lo sucedido. Fuimos testigos y tenemos testigos. La causa está prescripta, nadie irá preso por esto, pero muestra a las claras cómo se manejaba y se maneja la GRAN PRENSA, con qué impunidad lo hace, especialmente cuando tiene piedra libre y ningún interés importante que resguardar. Más o menos como hoy, cuando el mayor multimedio de la Argentina puede tumbar a cualquier gobierno, cuando y como se le antoje. Qué poco le costaría, y con qué armas elementales, reventar a un modesto club como Atlanta, en este caso -presumo- sólo motorizado por las ansias trepadoras de un tan joven como mediocre redactor,

CLAUDIO AISENBERG, ya no tan joven, pero igualmente genuflexo, aún rellena con garabatos cualquier página que se le cruce por delante, sin haber abandonado su condición de vendedor de pescado podrido desde la novena división del periodismo dependiente del poder real, es decir, el económico, que por plata baila el mono. En ese entonces, sólo buscaba notoriedad. Y la encontró cuando el gordito vicepresidente le abrió (o él creyó que lo hacía) la puerta al estrellato del cholulismo prensario.

Aisenberg había observado el minipartido desde el palco de periodistas, junto con media docena de colegas entre los que me encontraba (en mi caso, sólo por comodidad). Desde ese atalaya contempló el desaguisado y escuchó a alguien que decía "ahí va, ahí va el presidente, a pegarle a Dellacasa; ahí va y le pega…".

El presidente de Atlanta era Juan Chiarelli, quien si bien ingresó en el campo, lo hizo sólo para detener el quilombo, ante el cariz de desastre que estaba tomando. Pero Aisenberg se quedó con su verdad envasada en ignorancia. Y la llevó minutos después -como decíamos- hasta el área de vestuarios, donde se habían congregado los cronistas, ansiosos de participar de la segunda etapa del bochorno. Que no fue el que se esperaba, sino el que protagonizó el propio Aisenberg.

Fue cuando en rueda de colegas (entre ellos, yo), curiosos, y no menos de diez allegados al club, entre los que se encontraba Chiarelli (en ese momento con una campera azul sobre el sweater celeste con que había ingresado en el campo), Aisenberg dijo a viva voz: "esto es una vergüenza. No puede ser que el presidente del club le pegue al referí en el medio de la cancha. Habría que desafiliar a Atlanta…"

El señor de campera azul le preguntó entonces a Aisenberg si a él le constaba que el presidente le había pegado a Dellacasa, a lo que el cagatintas contestó: "claro que sí, y además todos los vieron…". Nadie abrió la boca, hasta que el propio Chiarelli se dio a conocer, y le espetó: "mire, el presidente soy yo, y usted, por lo que veo, jamás me vio en su vida, ni adentro de la cancha ni en ningún lado. De modo que lo invito a retirarse de este lugar…".

Nadie defendió lo indefendible. Los demás periodistas quedaron petrificados ante el blooper gigantesco del empleado de la Viuda. Se fue solito, a paso redoblado por Humboldt con dirección a Corrientes. Ni siquiera se dio vuelta para ver si lo seguían para pegarle. Nadie lo vio por mucho tiempo en una antesala de camarines.

Al día siguiente, Aisenberg contó su historia en Clarinete (o Corneta, como se prefiera) con todos los detalles ciertos e inventados sobre lo que había ocurrido en la cancha y también lo que él supuestamente había visto, incluído su absurdo escrache a Chiarelli.

Lo que no escribió fue lo que pasó después, es decir, el momento culminante de su película de terror. El instante en que un hombre, periodista o no, ingresa en el mundo del ridículo, ese que -según dicen- no tiene camino de retorno.

Como si esa tarde de noviembre de 1990 a Atlanta le hubiesen faltado enemigos (Dellacassa, Kravestki, la AFA en pleno) ahí apareció Aisenberg para colaborar con su bidón de nafta. En los últimos dieciocho años, lo crucé dos veces por la calle. Una vez miraba hacia arriba, y la otra hacia el piso.

PD: La AFA nunca le perdonó a Atlanta la forma en que defendió su posición cuando Nueva Chicago protestó el 2-0 en Mataderos por mala inclusión de Castro y Peña Pérez. Alguien ajeno a la dirigencia deslizó que el reclamo había sido "facilitado" desde una oficina de Viamonte 1366. Y entonces no prosperó, aunque Chicago tuviese razón. Que la tenía. Y la tenía porque esos mismos dirigentes de cuarta como Kravestki habían cometido allí otro "errorcito" en contra de los propios intereses del club. Poco tiempo después vendrían Cipolletti, Dellacassa…y hasta ¡Aisenberg! para cobrar la factura..

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Equipo del Nacional B 1991. Foto archivo SB.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

Correo de lectores
A Natalio, afectuosamente: No hay error en la nota. Usted se refiere al partido que Atlanta le ganó a Boca en la Bombonera 4-2 en 1964, y mi nota habla de otro triunfo bohemio, el de 1961 por 3-2, en la misma cancha. Un abrazo.

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