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Acaso
haya sido el día más negro en la historia de Atlanta. El 17
de noviembre de 1990 el club inició una decadencia que recién
ahora comienza a revertirse. Hubo descensos, quiebra, pulverización
económica, juicios, traiciones: de todo. Apenas resistencia
deportiva y calor en la tribuna. Nada más. La perla de esta
historia, como en las novelas de suspenso, la dejaremos para
el final. Entremos en tema.
Aquella
tarde, un Atlanta que acababa de lograr el ascenso al Nacional
B en una final con Chicago salpicada de sospechas, que quizás
haya dejado secuelas para que ocurriera lo que ocurrió (VER
AL FINAL), se vio atacado a dos puntas, sometido a un juego
de pinzas que bien pudo ser premeditado ¿Quién lo sabe hoy?
Por
un lado, un árbitro archiconocido por su inestabilidad emocional
como Humberto Dellacassa (hijo), digno vástago de uno de los
peores jueces en la historia del fútbol nacional, otro delirante
que aun hoy se recuerda. Por otro lado, una dirigencia del club,
absolutamente desprovista de sentido común, especialmente en
la persona de su vicepresidente Bernardo Kravetski.
Pues
bien, entre los dos, hundieron a Atlanta en el océano por muchos
años. Si no estaban de acuerdo de antemano, lo disimularon muy
bien, Uno, incitando a los jugadores de Atlanta con fallos horribles
frente al tibio Cipolletti de Río Negro, y otro, cuando el 0-2
y el despojo arbitral estaba consumado, azuzando a los hinchas
a ingresar en el campo para agredir al árbitro. Vociferó el
gordito Bernardo desde el micrófono de La Voz del Estadio; las
puertas se abrieron y hasta él mismo ingresó para perseguir
al aterrorizado Dellacassa. Total, ante tanta batahola, sólo
recibió un puñetazo por parte del defensor central Fernando
García, quien luego fue suspendido por dos años, mientras Atlanta
sufrió descuento de puntos, descenso cantado y luego discriminación
flagrante en AFA durante varios años.
Pero
hay una interesante historia paralela, que se desarrolló en
la zona de vestuarios, en medio del escándalo generalizado por
todo lo sucedido. Fuimos testigos y tenemos testigos. La causa
está prescripta, nadie irá preso por esto, pero muestra a las
claras cómo se manejaba y se maneja la GRAN PRENSA, con qué
impunidad lo hace, especialmente cuando tiene piedra libre y
ningún interés importante que resguardar. Más o menos como hoy,
cuando el mayor multimedio de la Argentina puede tumbar a cualquier
gobierno, cuando y como se le antoje. Qué poco le costaría,
y con qué armas elementales, reventar a un modesto club como
Atlanta, en este caso -presumo- sólo motorizado por las ansias
trepadoras de un tan joven como mediocre redactor,
CLAUDIO
AISENBERG, ya no tan joven, pero igualmente genuflexo, aún rellena
con garabatos cualquier página que se le cruce por delante,
sin haber abandonado su condición de vendedor de pescado podrido
desde la novena división del periodismo dependiente del poder
real, es decir, el económico, que por plata baila el mono. En
ese entonces, sólo buscaba notoriedad. Y la encontró cuando
el gordito vicepresidente le abrió (o él creyó que lo hacía)
la puerta al estrellato del cholulismo prensario.
Aisenberg
había observado el minipartido desde el palco de periodistas,
junto con media docena de colegas entre los que me encontraba
(en mi caso, sólo por comodidad). Desde ese atalaya contempló
el desaguisado y escuchó a alguien que decía "ahí va, ahí va
el presidente, a pegarle a Dellacasa; ahí va y le pega…".
El
presidente de Atlanta era Juan Chiarelli, quien si bien ingresó
en el campo, lo hizo sólo para detener el quilombo, ante el
cariz de desastre que estaba tomando. Pero Aisenberg se quedó
con su verdad envasada en ignorancia. Y la llevó minutos después
-como decíamos- hasta el área de vestuarios, donde se habían
congregado los cronistas, ansiosos de participar de la segunda
etapa del bochorno. Que no fue el que se esperaba, sino el que
protagonizó el propio Aisenberg.
Fue cuando en rueda de colegas (entre ellos, yo), curiosos,
y no menos de diez allegados al club, entre los que se encontraba
Chiarelli (en ese momento con una campera azul sobre el sweater
celeste con que había ingresado en el campo), Aisenberg dijo
a viva voz: "esto es una vergüenza. No puede ser que el presidente
del club le pegue al referí en el medio de la cancha. Habría
que desafiliar a Atlanta…"
El señor de campera azul le preguntó entonces a Aisenberg si
a él le constaba que el presidente le había pegado a Dellacasa,
a lo que el cagatintas contestó: "claro que sí, y además todos
los vieron…". Nadie abrió la boca, hasta que el propio Chiarelli
se dio a conocer, y le espetó: "mire, el presidente soy yo,
y usted, por lo que veo, jamás me vio en su vida, ni adentro
de la cancha ni en ningún lado. De modo que lo invito a retirarse
de este lugar…".
Nadie
defendió lo indefendible. Los demás periodistas quedaron petrificados
ante el blooper gigantesco del empleado de la Viuda. Se fue
solito, a paso redoblado por Humboldt con dirección a Corrientes.
Ni siquiera se dio vuelta para ver si lo seguían para pegarle.
Nadie lo vio por mucho tiempo en una antesala de camarines.
Al
día siguiente, Aisenberg contó su historia en Clarinete (o Corneta,
como se prefiera) con todos los detalles ciertos e inventados
sobre lo que había ocurrido en la cancha y también lo que él
supuestamente había visto, incluído su absurdo escrache a Chiarelli.
Lo que no escribió fue lo que pasó después, es decir, el momento
culminante de su película de terror. El instante en que un hombre,
periodista o no, ingresa en el mundo del ridículo, ese que -según
dicen- no tiene camino de retorno.
Como
si esa tarde de noviembre de 1990 a Atlanta le hubiesen faltado
enemigos (Dellacassa, Kravestki, la AFA en pleno) ahí apareció
Aisenberg para colaborar con su bidón de nafta. En los últimos
dieciocho años, lo crucé dos veces por la calle. Una vez miraba
hacia arriba, y la otra hacia el piso.
PD:
La AFA nunca le perdonó a Atlanta la forma en que defendió su
posición cuando Nueva Chicago protestó el 2-0 en Mataderos por
mala inclusión de Castro y Peña Pérez. Alguien ajeno a la dirigencia
deslizó que el reclamo había sido "facilitado" desde una oficina
de Viamonte 1366. Y entonces no prosperó, aunque Chicago tuviese
razón. Que la tenía. Y la tenía porque esos mismos dirigentes
de cuarta como Kravestki habían cometido allí otro "errorcito"
en contra de los propios intereses del club. Poco tiempo después
vendrían Cipolletti, Dellacassa…y hasta ¡Aisenberg! para cobrar
la factura..
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