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Para
resumir en forma de paradoja. Sobre sus parejísimos pisos de
mosaico bailó Roberto Viola (hijo), ex futbolista de Atlanta,
habitué permanente de la sede en la década del 70, segundo heredero
del presidente de facto que sucedió a Jorge Rafael Videla, y
también bailó (la misma pieza, a la misma hora) Jorge Daniel
Toscano, Bolita, jugador de básquet bohemio, hijo de dirigentes
del club, militante peronista desaparecido en los años de la
última dictadura
Sobre
esos mismos pisos construídos entre los 40' y los 50' bajo la
presidencia del licorero Alberto Chissotti, las últimas generaciones
del tiempo del oro tanguero, las que habían visto desfilar por
el club a las agrupaciones de Pugliese y de D'Arienzo, de Troilo
y de Miguel Caló, dibujaron los últimos arabescos de la época,
que ahora parece renacer en cientos de milongas, más de cuatro
encerradas en los porteñísimos límites de Villa Crespo.
En
ese mismo salón del primer piso, desde su pequeño escenario,
la enorme voz de Alberto Castillo (contratado para cantar esa
noche en Atlanta) anunció que la función quedaba cancelada porque
acababa de morir Aníbal Troilo. La gente se fue sin chistar
desafiando el frío y la tristeza, aquella noche del domingo
18 de mayo de 1975.
Vendrían
otros ritmos enlatados y amanecidos tras el destrozo de las
matrices de la discografía popular por parte de empresas extranjeras
que se quedaron con el negocio y que, vale reconocerlo, también
legaron algunas perlas, como la posibilidad de ver en directo
a muchos de los mejores bailarines de rock and roll de la ciudad,
productos genuinos de la Cueva Negra, entre ellos el Chino Miguel
Otero, los hermanos Scarlatto, Luisito "Maldad" y Pomelo Marchi,
así como a elásticas compañeras como Beatriz Speroni, La Rusa
Diana, la Mirta y la Norita.
Entre
bailes de domingo en domingo, en algún tiempo con disc jockey
de primera como Hugo D'Amelio, Zapato, que está enojado conmigo
y no sé por qué, Atlanta vivió y revivió su fuerte matrimonio
con la danza en la pista y la amistad en cada mesa, en una de
las cuales alguien le salvó la vida (sólo chamuyando) a la hija
del presidente Amadeo Altamura, secuestrada también por aquel
tiempo, pero con más suerte que Bolita (un loco lindo que pronunciaba
'Aclanta' y tenía menos pinta de guerrillero que Tinelli).
Los
sábados eran para la Peña Urpillay, reducto folklórico instalado
durante décadas sobre aquellos mismos pisos de mosaico y bajo
un techo que hoy resucitó en chapas de zinc, pero que supo ser
de mampostería pura y de la buena. Alguna vez, porque el dinero
escaseaba, el salón sabatino se alquilaba para alguna fiesta
particular, como aquel recordado e insólito cumpleaños de un
tal "Federico", que resultó ser un aniversario de la Federación
Juvenil Comunista, siempre con su ejército de colgadísimos estudiantes
de clase media, amantes del Che y de la jarana corrida, aunque
celosos custodios del dinero recaudado en cada rifa, con destino
a lo que a Moscú se le ocurriese.
Desde
alguna mesa del baile, Doña Haidée (así, con i latina) jugaba
a la generala con los amigos de su hijo, mientras vigilaba el
virtuosismo danzarín (y la minifalda) de su hija, presente como
fierro desde su primer carnaval en Humboldt 540.
No, si también hubo "vida cultural" entre el frenesí de los
Rolling y la oscuridad de Javier Solís, franela mediante en
el círculo central, cuando anunciaban los últimos temas, tal
como hoy los árbitros adicionan minutos en los partidos de fútbol.
Desde
el escenario chiquito, una vez vimos a Pepe Soriano regalar
su inefable "Loro Calabrés", sentados o parados sobre la misma
superficie que supo albergar el plan del bombazo contra el juez
Pestarino (después de un despojo a favor de Chacarita), y que
también supo proteger los trapos auriazules de otros barrabravas,
el repiqueteo de las primeras copas y un sinfín de trascendentales
boludeces que construyeron casi toda nuestra vida hasta depositarnos
aquí, en la virtualidad bohemia siglo 21. Damos fe.
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