AÑO X - NÚMERO 294 / Lunes 8 de junio de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
De salón
Recuerdos de la sede social.
POR ENRIQUE MARTIN

Para resumir en forma de paradoja. Sobre sus parejísimos pisos de mosaico bailó Roberto Viola (hijo), ex futbolista de Atlanta, habitué permanente de la sede en la década del 70, segundo heredero del presidente de facto que sucedió a Jorge Rafael Videla, y también bailó (la misma pieza, a la misma hora) Jorge Daniel Toscano, Bolita, jugador de básquet bohemio, hijo de dirigentes del club, militante peronista desaparecido en los años de la última dictadura

Sobre esos mismos pisos construídos entre los 40' y los 50' bajo la presidencia del licorero Alberto Chissotti, las últimas generaciones del tiempo del oro tanguero, las que habían visto desfilar por el club a las agrupaciones de Pugliese y de D'Arienzo, de Troilo y de Miguel Caló, dibujaron los últimos arabescos de la época, que ahora parece renacer en cientos de milongas, más de cuatro encerradas en los porteñísimos límites de Villa Crespo.

En ese mismo salón del primer piso, desde su pequeño escenario, la enorme voz de Alberto Castillo (contratado para cantar esa noche en Atlanta) anunció que la función quedaba cancelada porque acababa de morir Aníbal Troilo. La gente se fue sin chistar desafiando el frío y la tristeza, aquella noche del domingo 18 de mayo de 1975.

Vendrían otros ritmos enlatados y amanecidos tras el destrozo de las matrices de la discografía popular por parte de empresas extranjeras que se quedaron con el negocio y que, vale reconocerlo, también legaron algunas perlas, como la posibilidad de ver en directo a muchos de los mejores bailarines de rock and roll de la ciudad, productos genuinos de la Cueva Negra, entre ellos el Chino Miguel Otero, los hermanos Scarlatto, Luisito "Maldad" y Pomelo Marchi, así como a elásticas compañeras como Beatriz Speroni, La Rusa Diana, la Mirta y la Norita.

Entre bailes de domingo en domingo, en algún tiempo con disc jockey de primera como Hugo D'Amelio, Zapato, que está enojado conmigo y no sé por qué, Atlanta vivió y revivió su fuerte matrimonio con la danza en la pista y la amistad en cada mesa, en una de las cuales alguien le salvó la vida (sólo chamuyando) a la hija del presidente Amadeo Altamura, secuestrada también por aquel tiempo, pero con más suerte que Bolita (un loco lindo que pronunciaba 'Aclanta' y tenía menos pinta de guerrillero que Tinelli).

Los sábados eran para la Peña Urpillay, reducto folklórico instalado durante décadas sobre aquellos mismos pisos de mosaico y bajo un techo que hoy resucitó en chapas de zinc, pero que supo ser de mampostería pura y de la buena. Alguna vez, porque el dinero escaseaba, el salón sabatino se alquilaba para alguna fiesta particular, como aquel recordado e insólito cumpleaños de un tal "Federico", que resultó ser un aniversario de la Federación Juvenil Comunista, siempre con su ejército de colgadísimos estudiantes de clase media, amantes del Che y de la jarana corrida, aunque celosos custodios del dinero recaudado en cada rifa, con destino a lo que a Moscú se le ocurriese.

Desde alguna mesa del baile, Doña Haidée (así, con i latina) jugaba a la generala con los amigos de su hijo, mientras vigilaba el virtuosismo danzarín (y la minifalda) de su hija, presente como fierro desde su primer carnaval en Humboldt 540.
No, si también hubo "vida cultural" entre el frenesí de los Rolling y la oscuridad de Javier Solís, franela mediante en el círculo central, cuando anunciaban los últimos temas, tal como hoy los árbitros adicionan minutos en los partidos de fútbol.

Desde el escenario chiquito, una vez vimos a Pepe Soriano regalar su inefable "Loro Calabrés", sentados o parados sobre la misma superficie que supo albergar el plan del bombazo contra el juez Pestarino (después de un despojo a favor de Chacarita), y que también supo proteger los trapos auriazules de otros barrabravas, el repiqueteo de las primeras copas y un sinfín de trascendentales boludeces que construyeron casi toda nuestra vida hasta depositarnos aquí, en la virtualidad bohemia siglo 21. Damos fe.

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La peña folclórica Urpillay, de gran renombre en la década del 60.


El salón de fiesta en los '80.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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