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A
propósito del justo ascenso de Chaca, de las coincidencias y
de la historia, por qué no dejar volar la evocación. Si el defensor
Abel Pérez surgió de las divisiones inferiores de Atlanta y
el volante Juan Carlos Puntorero brilló durante años con la
camiseta bohemia, y si, con el correr de los años, los dos fueron
titulares y figuras en el equipo de Chacarita campeón de primera
división en 1969. Si un producto de la cantera de los funebreros
-con un toque de Colegiales- como Juan Antonio Gómez Voglino
resultó ser con el tiempo nuestro máximo goleador. Y sí, la
vida está llena de estas cosas extrañas…
Siempre
fue un arrebatado. Sanguíneo, dicen ahora. Prepotente, peleador.
Calabrés, según se enteró algo tarde. Vivió mucho tiempo con
la puteada al toque y la derecha cruzada sorpresiva. Ahora está
viejo -o se siente viejo- y se ríe del recuento de nostalgias.
Siempre fue de Atlanta. Ni por origen barrial, ni por herencia
paterna. No. Fue por gracia y desgracia de una amistad familiar
de lotería. Los del barrio Cafferata, por otra parte, son todos
de San Lorenzo. Pero el destino y el colectivo 402 (hoy 42)
lo depositaron temprano en el centro de una película inesperada
y luego imprescindible.
Era
otro tiempo, y San Martín quedaba lejos de Villa Crespo. Chacarita
seguía en pie y vigente en su antigua estancia, y aun resistía
el oprobio del desalojo a patadas, pero Atlanta era el patrón
de las veredas por aquella época, aunque tenía contra en cada
calle, en cada esquina, en cada café, como el de Dorrego y Caldas,
que nunca resignó su cuna y su linaje tricolor.
El
día que los salvamos del descenso en el 67 es casi un feriado
negro en la memoria ¿Arreglaron? ¿Transaron? Fue así, así, y
a otra cosa. El 2-0 se transformó en 2-3 y no hubo reclamo.
Y entonces el odio bohemio buscó otros rumbos. Contra los ajenos
del barrio, sí, pero también contra los sospechosos propios
y contra la vida que comenzaba a enseñar el camino: todo es
posible, hasta rescatar del cementerio a Chacarita. El tiempo
cicatrizó las heridas sin entusiasmo. El penal que Pestarino
les regaló sobre la hora en el año cualquiera; la emboscada
policial que nos enterró a nosotros (y a ellos) en el descenso
del 79. Los triunfos y las derrotas; el rencor y la trampa,
las intrigas; una guerra que subsiste a media máquina, a favor
del paso de las décadas y del vaivén de la suerte futbolera.
Un
día del 91 nos sacaron de la silla eléctrica en una oficina
de la AFA. "Queremos que Atlanta exista para ganarle siempre",
dijeron en la voz de un hombre sabio, y entonces el protagonista
de esta novelita descubrió que esa sentencia (que impidió la
desafiliación de Atlanta) tenía un antecedente similar en su
propio prontuario.
Fue
la noche en que el Loco Fierro -jefe histórico de la barrabrava
bohemia hasta el 75- lo corrió con un cuchillo de cocina por
Humboldt hacia el oeste. Esa noche en que la derecha cruzada
de los estragos juveniles no le sirvió para nada. Esa noche
del desafío absurdo y temerario. Esa noche, esa, lo salvó del
puñal, el enemigo. Pasaron tantos años y todos están tan de
vuelta, que vale reconocerlo como corresponde. Entre el cuchillo
de Fierro y sus 58 kilos de guapo a la bartola se interpuso
¡Chacarita!, un tipo, una palabra desesperada, una voz que siempre
prefirió el silencio.
Ahora
estamos más parejos. Acaso le deba una, después de una revancha
calabresa colgada en la cancha del destiempo, pero sin prepotencia
ni arrebato. Con la paciencia y la terquedad de los picapiedras,
que eso son Atlanta y Chacarita. Traficantes del recuerdo, pegados
a la historia de la Historia. Apenas sobrevivientes de la pasión
en colores.
PD:
No tiene nada que ver. Pero hay dos tipos que se merecen esta
alegría de un ascenso que nos resulta francamente imbancable:
el que detuvo el cuchillo y mi amigo Pablo Llonto.
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