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Dos
arqueros con pocos dedos; un canchero mudo; un utilero patizambo;
un perro embalsamado como mascota; el jugador y goleador más
petiso en la historia del fútbol argentino; un barrabrava (de
los buenos), presidente del club; un futbolista de primera,
hijo de un presidente de la Nación (de facto); un equipo de
estrellas que se fue al descenso; un ascenso perdido tras veintipico
penales; un ascenso perdido por una madera lanzada desde la
propia ¡platea!; un vicepresidente que invitó a pegarle a un
árbitro dentro del campo de juego; un ascenso logrado tras echar
al cuerpo técnico cuando marchábamos al tope luego de 30 fechas;
los mil locos lindos e ainda mais. Todo fue y es Atlanta.
A
Francisco Berscé, no muy lejano guardapalos bohemio, le faltaban
dos dedos de una mano. Y fue uno de los mejores del club en
el ascenso. El pampeano Juan Eugenio Conci, quien jugó una docena
de partidos en la década del 70, contaba con nueve, pero fue
uno de los peores en primera. Para brillar o hacer sapo, se
ve, sobran los dedos de una mano.
El
canchero mudo, que regó de sudor la auxiliar y la principal
durante 30 años, un hombre bajo, canoso, cascarrabias y enormemente
eficiente en su trabajo, igual que el utilero Juan Ramón, mil
años ordenando las pilchas auriazules parado prácticamente sobre
sus tobillos, culpa de dos pies torcidos vuelta entera por la
caprichosa naturaleza. Los dos fueron amigos del viejo Belón,
otro empleado del club que pasó a la historia por su familiaridad
con el perro Napoleón, único en su especie capaz de festejar
los goles de su equipo con saltos de un metro, y de llorar los
tantos del contrario rechazando la comida. La leyenda terminó
embalsamada, y en una vitrina del hall de la sede social. Se
extraña a Napoleón con la camiseta rayada y la pelota haciendo
juego. No se extraña a otros perros que vistieron la misma casaca
en distintas épocas.
Queribles
colifas como Antonito, siempre disfrazado de almirante en los
bailes de carnaval; como el gordo Pepino Del Ávila, pegado con
su enorme panza al alambrado detrás del arco, y siempre atento
para el festejo, así fuera de un lateral en la mitad del campo;
como el yugoslavo Parica, un loco lindo que engrupió a Masci
con un diploma de profesor de Voley extendido por el comunismo
yugoslavo; como el colectivero Fernando, que una vez dejó a
pie a sus pasajeros y se rajó al Luna Park para ver una consagración
del básquet de Najnudel; como el mentiroso Ñosa, capaz de asegurar
que llevó una tortuga a latigazos desde Chacarita a Juan B.
Justo en sólo 15 minutos; como el Pato Scaramuccia, que puso
nocaut al primer tambor justicialista Tula (por entonces capo
de la barra de Central) en un inesperado choque mano a mano;
como el japonés José Luis, que puso loca con sus insultos a
toda la parcialidad de Banfield dentro de un pullover celeste
que cambió su color debajo de la tribuna para evitar que lo
linchasen…
Carlitos
Moreno llegó a presidente de Atlanta haciendo todas las inferiores,
como corresponde. Nació casi dentro de la cancha y fue tribunero
toda la vida, hasta aterrizar en la primera magistratura como
prueba de la democracia que siempre reinó en el club. Y supo
cumplir con su rol hasta donde pudo. Roberto Eduardo Viola,
hijo del general del mismo nombre, que sucedió a Videla en la
última dictadura, paseó su habilidad y su garra como volante
de aquel equipo de juveniles que saltó a primera por una huelga
en el 74. También eso es Atlanta. Y qué no decir de la joyita
de la bisabuela: el futbolista de menor estatura que haya jugado
como profesional argentino en primera división (certificado
por AFA). Nada menos que Roberto Martino, puntero izquierdo
de 1,50 metros que es nuestro cuarto goleador histórico con
56 tantos convertidos en 1933 y entre 35/44. Más pequeño que
Niell, Buonanotte y Moralito.
El
año que mayor gasto hicimos para campeonar en primera (1947)
nos fuimos al descenso con Adolfo Pedernera a la cabeza. La
noche del partido más grande jugado por Atlanta en toda su historia
(29-12-82) el torpe botín de Enrique Hrabina arruinó el inicio
de un mito en manos de Cassé, el mudo arquero de Temperley que
dejó sin habla a toda la popular bohemia en el Tomás A.Ducó,
y que luego obligó a que le mostráramos nuestros aplausos cuando
aceptó venir a Villa Crespo. Y también el gordito Bernardo incitando
a la violencia contra Dellacassa y depositándonos en la noche
de los tiempos. Y también dirigentes que hicieron proezas con
cinco mangos. Y otros que hicieron mierda millones de mangos…
Sin
estaciones intermedias, sin grises y sin matices. Regalamos
un ascenso en nuestra casa en el 2003 cuando un anónimo maderazo
viajó hasta Junín con un título que merecíamos. Fuimos los mismos
que hicimos echar (y bien que lo hicimos) a dos picapiedras
como López-Cavallero, pese a que el equipo lideraba las posiciones
en el torneo de la B en el 83, después de 30 fechas y cuando
faltaban 12. La popular ubicó en el banco al Toto Lorenzo y
ese ascenso a primera (el último) fue realidad. Una, dentro
de tanta locura poco creíble.
Es
Atlanta. Es lo que hubo. Es lo que hay ¡Salud!
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