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Soy
reacio a las fechas desde que no me llegan solas de la mano
del recuerdo. No me gusta buscarlas en los archivos. Es como
hacerse trampa, qué se yo, como si el dato consultado reflejara
algo que le ocurrió a otro. Pero no. Todos nos pasó alguna vez.
Y nos queda en la cabeza sin marca de calendario. Así ocurre
cuando uno atraviesa el medio siglo. Como cuando Troilo dijo
"…mi barrio era así, así, qué se yo si era así, pero yo lo recuerdo
así…". Y punto.
Y
yo recuerdo especialmente tres goles de Atlanta, convertidos
por distintos jugadores en diferentes campeonatos. Eso sí, con
un denominador común: el rival fue Racing en todos los
casos, y nuestra cara de estupor y/o deslumbramiento resultó
exactamente la misma. Las tres veces dijimos "este es el mejor
gol de Atlanta que vi en mi vida". Obviamente, ya son tres los
mejores goles, por lo que presumo que deben ser más de cincuenta,
y también creo que de a poco irán surgiendo sin presumir de
fechas, minutos y demás detalles, que para eso está Edgardo
Imas y su invencible historia portátil bohemia.
Yendo
con la historia a contramano, que es lo que más seduce en esta
etapa algo berreta que nos toca transitar (y no sólo en el fútbol),
el foco se apoya primero en el tremendo golazo que Palito
Candau le embocó a Agustín Cejas en el Juan Perón
de Avellaneda a comienzos de los 70, sí, en el arco que da espaldas
(diría Zavatarelli) a la Capital. Una lanza disparada desde
la línea del corner, de derecha a izquierda, con pierna zurda
cara interna, y la pelota que ingresa por el agujero de la cerradura
del segundo ángulo superior, el derecho, ante la mirada atónita
del mundo futbolístico. Si ese día no cerraron una cancha, no
la cierran más. Porque Candau no tiró a la bartola. Levantó
la cabeza, midió con regla y transportador y la puso ahí, y
solamente ahí. "El gol imposible", tituló algún pasquín de la
época.
Pobre
Agustín, dijimos esa tarde. Porque no mucho tiempo antes, el
mismo enorme arquero había padecido otro de los golazos memorables
que atesoramos en la croqueta. Uno que le clavó Puchero Domínguez
en Villa Crespo, arco de Corrientes, cancha casi a full.
El petiso la agarró con la pala de la zurda, de sobrepique.
Una pelota que venía llovida desde el Edén, o eso pensó él,
porque le dio de tal forma, con tanta brutalidad artística,
que el misil pasó como rayo hasta meterse en el rincón superior
izquierdo (cosa que casi nadie vio) y rebotar violentamente
en el parante que sostiene la red, para aterrizar finalmente
(la bola) en la mitad de cancha, ahorrándole a Racing una larga
caminata para sacar del medio. Puchero hizo muchos parecidos,
pero ninguno igual a ése.
Y
dale con Racing. El túnel del tiempo sigue barranca hacia atrás,
hasta los años 60. Otra vez Villa Crespo, pero el arco de enfrente,
el que le muestra la nuca a Muñecas. Y entonces el rebote
mordido o el rechazo desesperado de un defensor académico, del
tiempo de Federico Sacchi, llega mansito hacia la derecha del
gran Timoteo levantada como un puñal. Y Griguol le
dio como venía. Y yo espiaba contra el alambrado detrás del
arco, detrás del arquero Toledo, un morocho retacón que había
jugado antes en Estudiantes, qué importa. Ni Toledo,
ni quien esto escribe ni ningún periodista mentiroso de aquel
tiempo pudo describir la trayectoria de la naranja Sportlandia
, que también se enterró en el ángulo sup.izq. del uno racinguista,
que en todas las fotos de aquellos diarios apareció volando
como una golondrina sin la menor idea del motivo de su viaje.
La pelota no salió en ninguna foto. Y eso que algunos pícaros
(lo aprendí años después en Crónica) pegaban la pelotita en
la foto y quedaban fenómeno. Parece que ese día les dio lástima.
Porque cualquiera que estuvo en la cancha sabe que la pelota
no estaba, no estuvo nunca. Desde que Timoteo la impactó de
volea, todavía la están buscando. El gol lo gritamos igual,
por supuesto. Como tantos otros que prometemos ir evocando a
medida que la memoria deje entreabierta una puerta, una ventanita,
cualquier cosa que no conduzca al archivo, sino a la pasión.
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