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El
Hugo Ríos formó parte de la avanzada santiagueña sobre el básquet
bohemio en los inicios de la década del 60, acaso algo antes.
Una fabulosa y querible cofradía encabezada por Benjamín Arce,
por siempre el Chango que fue (y seguramente será por los tiempos
de los tiempos) nuestro máximo exponente en un rectángulo de
baloncesto. Un mago, un exquisito, un elegido, un chicato que
embocaba sin mirar el aro desde lo que ahora es zona de triples,
indescifrable para cualquier marca, capaz de embocar 46 puntos
en el canasto de Deportivo San Andrés cuando no había más que
dobles. Ese es uno. Y fue el mejor.
Pero
también vino tiempo después Daniel Corvalán. A estudiar Medicina
a Buenos Aires (como Arce llegó para graduarse de Contador).
Atlanta les facilitó los estudios a los dos, y el Dani demostró
ser un extraordinario jugador para la época: dúctil, hábil,
veloz, inteligente: otra joyita de la tierra santiagueña, que
hoy se desempeña como médico en esta Capital y nunca olvida
a sus compañeros de titularidad, además del Chango: Rambozzi,
Armer, Martínez o Chiche Siano.
También
vistió la musculosa auriazul un enorme santiagueño superando
los dos metros, importado de su provincia, donde trabajaba como
policía de tránsito. Era el hombre más alto de la ciudad y disuadía
a los infractores con su estatura, aunque su trato era el de
un pibe bonachón e inocente. Nos referimos a Oscarcito Zerial,
quien, aparentemente, nos dejó muy joven.
Sin
embargo, hubo un santiagueño diferente al resto. Tan talentoso
como todos, pero frío, indolente, apático, también estudiante
(pero entre crónico y frustrado). Un tipo capaz de convertirse
él mismo en un chiste de su tierra que, se sabe, es el monumento
a las humoradas sanas. El Hugo Ríos (nunca fue Hugo Ríos) era
retacón (ojalá lo siga siendo), morochón, juguetón, dribbleador.
Y tres cuartos vago, para qué abundar. De todas las anécdotas
que dejó su paso por Atlanta, además de su enorme carisma y
simpatía, nos quedamos con una que contó una noche cualquiera,
uno de sus coterráneos de la tierra de la siesta y la amistad.
"El
Hugo no era muy afecto al trabajo. Pero en la familia finalmente
lo conminaron, lo obligaron a ganarse el pan. Y hasta le consiguieron
conchabo en la municipalidad. Chofer, le dijeron, porque conducía
bastante bien. 'Hay una posibilidad de trabajar como chofer
de camiones llevando operarios que construyen la ruta provincial',
lo entusiasmaron".
Al
Hugo mucho no le gustó la idea porque había que levantarse temprano.
Pero aceptó porque amenazaron con desheredarlo o algo así. Así
que la mañana después, a las 5.30 y con un frío que espantaba,
el Hugo viajaba por la ruta con su camión cargado con los obreros
y sus herramientas: palas, carretillas, tornos, tambores con
alquitrán y toda la parafernalia.
Llegado
el grupo al lugar de la ruta donde debía continuar el trabajo,
el Hugo detuvo el vehículo y optó por colocar el freno de mano
porque había una ligera inclinación en la cinta asfáltica aún
no concluída. O eso pensó él que estaba haciendo, porque la
palanca no correspondía al freno de mano sino al volcador del
camión, de modo que, casi como en una película de Fellini, decenas
de azorados operarios, algunos semidormidos, más todo el cargamento
antes mencionado, voló por los aires en cámara lenta, conforme
la caja del rodado se iba levantando a proa y descendiendo a
popa. Total: todos al carajo.
Fue
-dicen- el debut y la despedida del Hugo como empleado municipal.
Su porvenir estaba en el básquet, Y entonces Atlanta lo recibió
por un tiempo con los brazos abiertos. Para disfrutar de su
calidad, festejarle los chistes y despertarlo con tiempo los
días de partido. A Najnudel le divertía mucho y decía que no
se tomaba nada en serio. Bueno, algunas cosas sí…
Salud
al Hugo Ríos, donde quiera que esté.
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