AÑO X - NÚMERO 299 / Lunes 13 de julio de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Un triple del Hugo Ríos...
Del básquet artesanal bohemio.
POR ENRIQUE MARTIN

El Hugo Ríos formó parte de la avanzada santiagueña sobre el básquet bohemio en los inicios de la década del 60, acaso algo antes. Una fabulosa y querible cofradía encabezada por Benjamín Arce, por siempre el Chango que fue (y seguramente será por los tiempos de los tiempos) nuestro máximo exponente en un rectángulo de baloncesto. Un mago, un exquisito, un elegido, un chicato que embocaba sin mirar el aro desde lo que ahora es zona de triples, indescifrable para cualquier marca, capaz de embocar 46 puntos en el canasto de Deportivo San Andrés cuando no había más que dobles. Ese es uno. Y fue el mejor.

Pero también vino tiempo después Daniel Corvalán. A estudiar Medicina a Buenos Aires (como Arce llegó para graduarse de Contador). Atlanta les facilitó los estudios a los dos, y el Dani demostró ser un extraordinario jugador para la época: dúctil, hábil, veloz, inteligente: otra joyita de la tierra santiagueña, que hoy se desempeña como médico en esta Capital y nunca olvida a sus compañeros de titularidad, además del Chango: Rambozzi, Armer, Martínez o Chiche Siano.

También vistió la musculosa auriazul un enorme santiagueño superando los dos metros, importado de su provincia, donde trabajaba como policía de tránsito. Era el hombre más alto de la ciudad y disuadía a los infractores con su estatura, aunque su trato era el de un pibe bonachón e inocente. Nos referimos a Oscarcito Zerial, quien, aparentemente, nos dejó muy joven.

Sin embargo, hubo un santiagueño diferente al resto. Tan talentoso como todos, pero frío, indolente, apático, también estudiante (pero entre crónico y frustrado). Un tipo capaz de convertirse él mismo en un chiste de su tierra que, se sabe, es el monumento a las humoradas sanas. El Hugo Ríos (nunca fue Hugo Ríos) era retacón (ojalá lo siga siendo), morochón, juguetón, dribbleador. Y tres cuartos vago, para qué abundar. De todas las anécdotas que dejó su paso por Atlanta, además de su enorme carisma y simpatía, nos quedamos con una que contó una noche cualquiera, uno de sus coterráneos de la tierra de la siesta y la amistad.

"El Hugo no era muy afecto al trabajo. Pero en la familia finalmente lo conminaron, lo obligaron a ganarse el pan. Y hasta le consiguieron conchabo en la municipalidad. Chofer, le dijeron, porque conducía bastante bien. 'Hay una posibilidad de trabajar como chofer de camiones llevando operarios que construyen la ruta provincial', lo entusiasmaron".

Al Hugo mucho no le gustó la idea porque había que levantarse temprano. Pero aceptó porque amenazaron con desheredarlo o algo así. Así que la mañana después, a las 5.30 y con un frío que espantaba, el Hugo viajaba por la ruta con su camión cargado con los obreros y sus herramientas: palas, carretillas, tornos, tambores con alquitrán y toda la parafernalia.

Llegado el grupo al lugar de la ruta donde debía continuar el trabajo, el Hugo detuvo el vehículo y optó por colocar el freno de mano porque había una ligera inclinación en la cinta asfáltica aún no concluída. O eso pensó él que estaba haciendo, porque la palanca no correspondía al freno de mano sino al volcador del camión, de modo que, casi como en una película de Fellini, decenas de azorados operarios, algunos semidormidos, más todo el cargamento antes mencionado, voló por los aires en cámara lenta, conforme la caja del rodado se iba levantando a proa y descendiendo a popa. Total: todos al carajo.

Fue -dicen- el debut y la despedida del Hugo como empleado municipal. Su porvenir estaba en el básquet, Y entonces Atlanta lo recibió por un tiempo con los brazos abiertos. Para disfrutar de su calidad, festejarle los chistes y despertarlo con tiempo los días de partido. A Najnudel le divertía mucho y decía que no se tomaba nada en serio. Bueno, algunas cosas sí…

Salud al Hugo Ríos, donde quiera que esté.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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