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Jugaron
por Atlanta muchísimos uruguayos en todas las épocas. No los
vimos a todos, no los recordamos a todos, pero sí a algunos,
por diferentes razones. Tener un futbolista uruguayo en el plantel
era antiguamente un plus de garra, un suelazo más en el momento
oportuno, una patriada cuando los minutos se acaban, un esfuerzo
mayor que el habitual.
Todo
ese arsenal (un poco de realidad y otro poco de ficción) proviene
de la bien ganada fama oriental, como protagonistas y hacedores
de la mayor hazaña que conozca hasta hoy la historia del fútbol,
esto es, el Maracanazo de 1950, cuando el seleccionado celeste
(11 en la cancha, 100 en total contando los hinchas) se alzó
con la Copa del Mundo ante 210.000 atónitos brasileños en el
mítico estadio carioca.
Desde
que Obdulio Varela, el Negro Jefe, lanzó a la posteridad su
frase "los de afuera son de palo", todos los equipos de fútbol
sudamericano saben que nada es imposible, que siempre se puede
un poco más, como ocurrió días pasados con Gimnasia y Esgrima
La Plata, cuyo primer gol esa tarde fue convertido por Diego
Alonso, uruguayo…
Atlanta
tuvo los suyos. Y recordamos a cuatro, porque salieron del común.
Empezando por el centromedio Eduardo Collado, que llegó de Ferro
a fines de los 60 y se transformó en caudillo y capitán por
derecho propio, entre la idolatría por Timoteo y el respeto
hacia Raimondo. Collado brilló con luz propia en la ya lejana
Copa Argentina, cuya final Atlanta jugó con Boca en el 69. Perdió
el partido de ida 3-1 y ganó la revancha 1-0, con gol del uruguayo
centrojás. Nos acostaron por diferencia de gol, pero quedó el
recuerdo de una gran campaña y de esas dos finales en el Viejo
Gasómetro.
Otro
charrúa inolvidable fue Walter Roque, hábil, veloz, goleador.
Autor del último gol oficial en el cajoncito de Humboldt 470
en 1959 e imprescindible titular en el equipo que Osvaldo Zubeldía
conformó en sus primeras armas como técnico, al lado de Artime,
Gonzalito, los Griguol, Errea y compañía. Walter Roque se hizo
querer y luego se convirtió en un trotamundos del fútbol, culminando
su carrera como técnico en Venezuela.
Qúe
no decir de Ricardo Espala, el gran goleador del último ascenso
de Atlanta a Primera División en 1983. El tremendo galopador
de la barba y la definición certera, que lamentablemente nos
dejó hace poco tiempo, cuando le quedaban tantas anécdotas por
contar de aquel equipo que comandó con el Narigón Torres y con
Erramuspe. Espala fue el abanderado del gol, de la voluntad
y de la modestia. Otro oriental para la vitrina.
Para
el final, una evocación risueña, que no quiere ser peyorativa,
pero…pero… ¡qué malo era el negro Alves de Souza!, a quien Atlanta
trajo como salvador en 1968, obnubilados los dirigentes por
los goles del moreno piloteando la delantera de Excursionistas
en Primera B. Fue un verdadero desastre y, lejos de ser insultado
por los propios adictos, se convirtió en un elemento de joda
permanente. No la embocaba ni con la mano. Un verdadero suplicio
que hoy traemos de la memoria, porque todo hay que decirlo.
Y entonces también le pedimos perdón un poco tarde, por tanta
puteada innecesaria. Pero así se escribió la historia.
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