AÑO X - NÚMERO 300 / Lunes 20 de julio de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
La banda oriental
Uruguayos en el recuerdo.
POR ENRIQUE MARTIN

Jugaron por Atlanta muchísimos uruguayos en todas las épocas. No los vimos a todos, no los recordamos a todos, pero sí a algunos, por diferentes razones. Tener un futbolista uruguayo en el plantel era antiguamente un plus de garra, un suelazo más en el momento oportuno, una patriada cuando los minutos se acaban, un esfuerzo mayor que el habitual.

Todo ese arsenal (un poco de realidad y otro poco de ficción) proviene de la bien ganada fama oriental, como protagonistas y hacedores de la mayor hazaña que conozca hasta hoy la historia del fútbol, esto es, el Maracanazo de 1950, cuando el seleccionado celeste (11 en la cancha, 100 en total contando los hinchas) se alzó con la Copa del Mundo ante 210.000 atónitos brasileños en el mítico estadio carioca.

Desde que Obdulio Varela, el Negro Jefe, lanzó a la posteridad su frase "los de afuera son de palo", todos los equipos de fútbol sudamericano saben que nada es imposible, que siempre se puede un poco más, como ocurrió días pasados con Gimnasia y Esgrima La Plata, cuyo primer gol esa tarde fue convertido por Diego Alonso, uruguayo…

Atlanta tuvo los suyos. Y recordamos a cuatro, porque salieron del común. Empezando por el centromedio Eduardo Collado, que llegó de Ferro a fines de los 60 y se transformó en caudillo y capitán por derecho propio, entre la idolatría por Timoteo y el respeto hacia Raimondo. Collado brilló con luz propia en la ya lejana Copa Argentina, cuya final Atlanta jugó con Boca en el 69. Perdió el partido de ida 3-1 y ganó la revancha 1-0, con gol del uruguayo centrojás. Nos acostaron por diferencia de gol, pero quedó el recuerdo de una gran campaña y de esas dos finales en el Viejo Gasómetro.

Otro charrúa inolvidable fue Walter Roque, hábil, veloz, goleador. Autor del último gol oficial en el cajoncito de Humboldt 470 en 1959 e imprescindible titular en el equipo que Osvaldo Zubeldía conformó en sus primeras armas como técnico, al lado de Artime, Gonzalito, los Griguol, Errea y compañía. Walter Roque se hizo querer y luego se convirtió en un trotamundos del fútbol, culminando su carrera como técnico en Venezuela.

Qúe no decir de Ricardo Espala, el gran goleador del último ascenso de Atlanta a Primera División en 1983. El tremendo galopador de la barba y la definición certera, que lamentablemente nos dejó hace poco tiempo, cuando le quedaban tantas anécdotas por contar de aquel equipo que comandó con el Narigón Torres y con Erramuspe. Espala fue el abanderado del gol, de la voluntad y de la modestia. Otro oriental para la vitrina.

Para el final, una evocación risueña, que no quiere ser peyorativa, pero…pero… ¡qué malo era el negro Alves de Souza!, a quien Atlanta trajo como salvador en 1968, obnubilados los dirigentes por los goles del moreno piloteando la delantera de Excursionistas en Primera B. Fue un verdadero desastre y, lejos de ser insultado por los propios adictos, se convirtió en un elemento de joda permanente. No la embocaba ni con la mano. Un verdadero suplicio que hoy traemos de la memoria, porque todo hay que decirlo. Y entonces también le pedimos perdón un poco tarde, por tanta puteada innecesaria. Pero así se escribió la historia.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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