|
Hoy
no podría jugar, es cierto. Porque le sobrarían kilos y le faltaría
timing (linda palabrita). Pero en ese tiempo no importaba demasiado.
El Negro ponía el cuerpo enorme y ganaba. Saltaba y ganaba.
Pegaba y ganaba. Puteaba y se arrugaban. Su patada de burro
se hizo legendaria. Ejecutaba los penales y los tiros libres
rectos con una violencia inusitada, al estilo tres por diez
pesos. Creo que directamente le apuntaba al pecho del arquero
y le daba con el mortero. Una bestia, en el mejor sentido.
Talvez
JULIO ALBERTO NUIN nos compró una tarde de 1959 cuando jugábamos
como locales en Huracán, entre la liquidación del cajoncito
y la apertura del nuevo estadio de tablones. Le ganamos a River
1 a 0 y Calvanese falló un penal. Lo curioso es que en el arco
Gallina estaba Nuin reemplazando a Amadeo Carrizo, expulsado
por el árbitro (no se admitía en ese tiempo el cambio por el
arquero suplente, salvo por lesión).
En
el verano del 60 River pidió condiciones por el Vasco Echegaray,
nuestro número 3, aguerrido y seguidor. Don León dijo que sí,
pero pidió a cambio a Domingo Rodríguez y a ¡Nuin!, quien finalmente
resultó superior a su antecesor en el puesto. Enseguida hizo
pata ancha, literalmente, y fue el pesado del gran equipo del
61, al lado de Oscar Clariá y del Pocho Bettinotti. Y se convirtió
en el barrabrava de Zubeldía.
Fueron
cinco temporadas, hasta el 64 inclusive, de verlo ir y venir
al tranquito, pero con su garra inclaudicable, su estampa de
luchador de sumo, su presión en la nuca, sus memorables suelazos.
Si pasaba la pelota, no pasaba el delantero, y viceversa. Pero
lo más lindo era verlo sentado sobre la bola en la foto previa
al partido, como sobrando cualquier parada, contra el rival
que más miedo metiera.
El
que metía miedo era Nuin. Cuando se paraba desde los once metros
y apuntaba el cañón. Y hay otra anécdota con Amadeo, esta vez
como adversario en Villa Crespo. Cuando el juez dijo ¡fuego!,
el Negro le fracturó un dedo a Carrizo y estrelló el penal en
la red. Y otra vez Amadeo afuera. Y otra vez triunfo de Atlanta,
ahora con Nuin a favor, lo que naturalmente resultaba más saludable
para todos.
Esta
historia de los penales. En el Viejo Gasómetro, me parece que
en el 63 y en una de las pocas veces que Atlanta venció a San
Lorenzo como visitante, el que terminó en el arco fue el tucumano
Albrecht (acaso el mejor lanzador desde los doce pasos que uno
haya visto). Ocurrió que el Mono Irusta se volvió loco, le tiró
una trompada a cualquiera, y fue expulsión automática (no había
roja en ese siglo) y fue penal derecho viejo. Y no va el Negro
Nuin y revienta la pelota en un poste, justo esa vez, como en
el 59, pero al revés.
A
veces el Negro le pegaba de puntín. A veces metía el codo. A
veces te daba un pisotón cuando esperabas el corner. Y a veces
lo echaban, lógicamente. Pero no demasiado, porque sabía sonreírle
a los referís mientras le mostraba los dientes a los contrarios.
Y se entrenaba con tres buzos como un boxeador excedido. Transpiraba
como un pollo en la rueda, pero no se quejaba. Nunca.
El
Negro los revoleaba, los apretaba contra la raya izquierda y
los tiraba a la banquina. Y después pedía a gritos que lo esperaran
para patear un tiro libre. Se tomaba su tiempo y hacía temblar
el estadio. Más de una vez cerré los ojos detrás del arco de
Muñecas ¿Por temor de que la tirase a la calle? No. Por miedo
al pelotazo, que alguna vez ni siquiera perdonó un alambrado.
El Negro Nuin se nos fue hace tiempo. Como diría el poeta, era
"un dinosaurio en la era de las máquinas".
Volver
a inicio>>>
|
|