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Les
vi la cara del terror. Mejor dicho, las amargas caras del terror.
Desencajadas, pálidas algunas, otras enrojecidas. Estupefactas,
la gran mayoría. Los sobretodos de camello y los pañuelos de
seda de muchos plateístas de la San Martín; los tapados de piel
de las señoras. Esa visión de la clase media alta riverplatense
concordó por una vez con el silencio de la popular, que por
entonces no habitaban borrachos del tablón, sino gallinas plebeyas
desplumadas de corazón, desde hacía (en ese momento) casi dieciocho
años.
River
no mojaba desde 1957 y andábamos por mediados del 75, esos tiempos
difíciles para la Argentina, con Perón muerto y la rapiña enquistada
en todos los rincones. Un país que veía por ejemplo cómo durante
una acto convocado un insólito domingo, millares de obreros
peronistas, hartos de López Rega, echaban al Brujo del país
desde las palabras de Lorenzo Miguel, único orador, a falta
de voluntad presidencial, rodeado de golpismo opositor y de
temor legislativo. Y del silencio de media sociedad, más cercana
a una solución como la que finalmente hubo un año después.
Otro
domingo de aquel largo 1975 ocurrió lo del Monumental. River
estaba acariciando el cielo y faltaba un corto tramo para que
ese torneo Metropolitano le devolviera su condición de grande
y le quitara el sayo de perdedor sin cojones. Y estaban en eso
cuando el fixture les cruzó a Atlanta en su propia casa. Facilongo,
pensaron.
Pero
todavía nos quedaba la mística del 73 y sumábamos un novedoso
centrodelantero que paradójicamente se había iniciado en River.
El fue verdugo esa tarde. La larga corrida de Mario Finaroli
depositó en la red el obsequio más horrible que los de la Banda
debieron bancarse en muchos años. Después tropezaron un par
de veces más y, pese a la diferencia acumulada en la tabla,
temblaron al suponer que los fantasmas (y el miedo) volverían
a devorarlos. Al final zafaron. Pero nadie les quita el calvario
anunciado por aquel gol de Finaroli, que grité en un lugar de
la cancha, inapropiado para un visitante.
Mi
salida resultó tan triunfal como tumultuosa. Fue la única vez
que me sentí feliz en el interior de un patrullero.
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