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De
Villa Crespo y de Atlanta, casi todos. La vida, la noche, la
vigilia, el sueño, las copas, la amistad: los bares del barrio.
En una palabra, la sal que siempre le dio gusto y sentido a
todo el resto ¿O no? Dicen los memoriosos que nuestra zona,
proporcionalmente, tuvo siempre más bodegones que cualquier
otra de Buenos Aires. Tal vez por aquello del crisol, o por
un nunca aceptado afecto por el ocio, por la noche eternizada,
por el escolaso masivo, o qué importa en realidad por qué…
Y
entonces rescatamos, de mayor a menor, al último sobreviviente,
el San Bernardo de Paquita y su bandoneón, en Corrientes entre
Acevedo y Gurruchaga. Sus mesas de billar, ayer de tres bandas
y casín, hoy de pool. El dominó de los paisanos y el pase inglés
de las madrugadas. Parece que es inmortal, mientras sigue encerrando
y enterrando voces, recuerdos, nostalgias.
Y
aquel La Pura en la vereda de enfrente, chiquito pero cálido,
refugio de los tangueros que le dieron lustre a las patotas
bravas de Celedonio Flores, al piano de don Osvaldo, a los fraseos
de Laborde. A la evocación del Trianón y a la Muñeca Brava que
cantó Alberto Castillo.
Y
el Ishmir, de Gurruchaga entre la avenida y Camargo, con el
camandulaje sefaradí, vaso de té en mano, cerrando cualquier
negocio sin firmar más que con la lengua. En la vereda, de parados,
en aquellos mediodías soleados, cuando todo era posible, hasta
salvar para siempre el futuro de los hijos nacidos aquí.
Breve
paso por el Café Colón, esquina noreste de Corrientes y Malabia
(hoy confitería de plástico, como tantas otras). El bunker de
don Isaac Slipak, apurando su vigésimo café y cerrando una idea
que -seguro- beneficiaría al club dentro y fuera de la sede,
dentro y fuera de la cancha. De taquito, créame.
Y
el Greco en la esquina de Thames, bocacalle mediante con el
desaparecido Dandy, donde León Najnudel concibió y dio a luz
a la Liga Nacional de Básquet, a metros de nuestro Agapito,
donde hoy un frío locutorio dibuja la silueta del encargado
Adolfo y de los mozos Armando, Oscar y Osvaldo, más burreros
y quinieleros que los propios taxistas que alegraban sus 24
horas del todo vale, entre ellos los inefables Copete y Manopla,
personajes de leyenda, sin vueltas.
La
parrilla Bariloche, donde hoy reina la nafta y el aceite, la
posibilidad de volar todos en mil pedazos sin haber conocido
(la mayoría) la mejor entraña del barrio y sus alrededores.
Y eso que a pasitos sentaba sus reales El Mérito, y más allá
Cosenza, los restaurantes para las barras de entresemana y las
familias domingueras.
Los
Bohemios es hoy Rincón Bohemio, cuando llegamos a Darwin, y
todavía vemos al tano Ciro Galeazzi sorbiendo su penúltimo cortado
que añora la presencia del viejo Cholin y la fija que no los
salvará el sábado en Palermo. Pero que los obligará a seguir
compitiendo con el mago Sabá, la biblia turfística que solía
habitar en el Reno, antes que las parejitas del atardecer lo
mandasen a otra parte con la música de la Verde y de la Rosa.
Igual
que en el Cielo Azul, cruzando Juan B. Justo, reducto de mil
y una trampas amorosas, donde desde hace añares venden telas
y telones, acaso sábanas como las que cobijaban a los apasionados
que arrancaban allí su tour hasta el Jufre, el Lemos y los otros
telos que le dieron también fama al barrio, a orillas del Maldonado,
esquina Loyola, por ejemplo.
La
pizzería Montecarlo, contra la estación del paradero, que supo
ser Los Cedros, y que ya no conserva las mejores medialunas
de Buenos Aires, tan livianas como el salto hasta el legendario
Libertador, que sigue resistiendo en el cruce con Dorrego, y
se niega a doblar, y mucho menos a seguir de largo hasta Caldas,
para no encontrarse ya con el boliche-bastión-funebrero en la
frontera con la Cueva Negra. Se fue, como tantos otros. Como
la Jarrita, de Juan B. Justo y Muñecas, como El Ombú, en Humboldt
y Murillo, donde la barra inventariaba las banderas antes del
ritual hacia los tablones. Como la Nápoles, pese a que el Gallego
que la regentea se mudó a veinte metros y le hizo un feo a los
compadres futuros de La Continental.
El
jovaterío del Imperio y la Quintana también es paisaje. Pero
distinto. Habla ya de otro Villa Crespo, aunque la ochava donde
gritaba el Bocina también era centro de reunión de mil bohemios
que lo gastaban, entre ellos sus dos hijos, los descarriados
De Luca que abrazaron los colores, pero no el dibujo de la casaca.
Y
al final todo tiene el mismo tono, el mismo perfume, el mismo
lugar común: la vida misma. Aunque ya no sea la misma.
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