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La
evocación de los viejos cafés de Villa Crespo dejó un tendal
de olvidados, lo que era previsible. Y también abrió la puerta
para otro tipo de recuerdos. Si pasamos por alto a la querida
barra que paraba en el Tineo, de Corrientes y Malabia, y si
mencionamos a un diariero hincha fanático de Boca y no a otro
de Atlanta que tenía su parada ahí nomás, son cosas de los años
y son cosas de trabajar sin red. Pero siempre vuelven, los sitios
y los nombres. Algunos con más pena que nostalgia, como nos
resignamos hoy a traer desde el pasado a un personaje tan querible
como querido: el Negro Lule.
Es
el diariero que citamos más arriba. La contra del Bocina bostero,
el farol bohemio de las tardes largas, entre la Razón y la Crónica
quintas, que el Negro atajaba a la carrera pasado el mediodía,
con los ojos chiquitos y sorprendidos ante la puteada del camión
del recorrido. Después se acomodaba, y entonces era todo charla,
todo amistad, todo cargada zumbona, todo polémica sobre esa
gambeta de Jorge Fernández, esa atajada de Buttice, ese gol
del Galgo Rubén Cano. Todo así, según pasaban los años frente
a la puerta chiquita y siniestra de la pizzería Nápoles, la
que daba sobre la avenida y miraba de frente al Negro, a su
esposa, a sus hijos y a la cofradía que (le) acompañaba el reparto
de la sexta y la loca vigilia de los domingos, cuando no había
Internet, ni Fútbol de Primera y en principio ni radio portátil,
todos aguardando los resultados clavados en el papel. Tantos
años el Lule estuvo en su atalaya de Corrientes y Serrano, que
se nos mezclaron las épocas.
Y
cuando ganaba Atlanta era jolgorio, y gastada segura si se trataba
de un vecino (cliente o no) detectado como Gallina, Boquense,
Cuervo o lo que fuese, precio especial -mucho más caro- si embocaba
un infiltrado Funebrero, que los había bastantes, tanto como
para esperarlos para la joda o rajarles un par de semanas si
nos atendían en la cancha. El Lule se hacía el zonzo o el amnésico
o el distraído, según cuadrase la situación, pero siempre a
tiro para la carcajada final de su audiencia vespertina, que
con los años se fue alargando hasta la medianoche.
Y
en una de aquellas, nos enteramos tarde, un rato después, frente
al horror de su sangre sobre la vereda, que el Negro, con varias
copas a contramano, su clásica terapia cuando se le acababan
las bromas, una medianoche decía, le metió un derechazo a la
puerta siniestra de la pizzería y se ensartó el vidrio hasta
el caracú, sin darle tiempo ni a los tordos, ni al Cielo que
lo había descuidado por un segundo. Y se desinfló de la bronca
vieja de la pobreza, de una infancia difícil, de la cara fea
de las derrotas, así como las de Atlanta, duras y habituales.
Y
nos dejó su cara burlona y su pelo oscuro y brillante, su amor
por los colores. Y una réplica perfecta en el andar de sus herederos,
que siguieron con los pasquines y con su pasión por Atlanta,
con su laburo pesado de todos los días. Sólo que mudaron la
parada cuarenta metros hacia Gurruchaga, cosa de no volverse
locos hasta a la eternidad, de frente a la puerta chiquita de
la Nápoles, que -gracias a Dios- tampoco nosotros tenemos que
ver desde hace un tiempo, por razones (acaso Continentales)
pero ajenas a la historia barrial del Negro Lule, otro olvidado
inolvidable.
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