AÑO X - NÚMERO 305 / Lunes 24 de agosto de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Vida y pasiones del Negro Lule
Aquel diariero bohemio.
POR ENRIQUE MARTIN

La evocación de los viejos cafés de Villa Crespo dejó un tendal de olvidados, lo que era previsible. Y también abrió la puerta para otro tipo de recuerdos. Si pasamos por alto a la querida barra que paraba en el Tineo, de Corrientes y Malabia, y si mencionamos a un diariero hincha fanático de Boca y no a otro de Atlanta que tenía su parada ahí nomás, son cosas de los años y son cosas de trabajar sin red. Pero siempre vuelven, los sitios y los nombres. Algunos con más pena que nostalgia, como nos resignamos hoy a traer desde el pasado a un personaje tan querible como querido: el Negro Lule.

Es el diariero que citamos más arriba. La contra del Bocina bostero, el farol bohemio de las tardes largas, entre la Razón y la Crónica quintas, que el Negro atajaba a la carrera pasado el mediodía, con los ojos chiquitos y sorprendidos ante la puteada del camión del recorrido. Después se acomodaba, y entonces era todo charla, todo amistad, todo cargada zumbona, todo polémica sobre esa gambeta de Jorge Fernández, esa atajada de Buttice, ese gol del Galgo Rubén Cano. Todo así, según pasaban los años frente a la puerta chiquita y siniestra de la pizzería Nápoles, la que daba sobre la avenida y miraba de frente al Negro, a su esposa, a sus hijos y a la cofradía que (le) acompañaba el reparto de la sexta y la loca vigilia de los domingos, cuando no había Internet, ni Fútbol de Primera y en principio ni radio portátil, todos aguardando los resultados clavados en el papel. Tantos años el Lule estuvo en su atalaya de Corrientes y Serrano, que se nos mezclaron las épocas.

Y cuando ganaba Atlanta era jolgorio, y gastada segura si se trataba de un vecino (cliente o no) detectado como Gallina, Boquense, Cuervo o lo que fuese, precio especial -mucho más caro- si embocaba un infiltrado Funebrero, que los había bastantes, tanto como para esperarlos para la joda o rajarles un par de semanas si nos atendían en la cancha. El Lule se hacía el zonzo o el amnésico o el distraído, según cuadrase la situación, pero siempre a tiro para la carcajada final de su audiencia vespertina, que con los años se fue alargando hasta la medianoche.

Y en una de aquellas, nos enteramos tarde, un rato después, frente al horror de su sangre sobre la vereda, que el Negro, con varias copas a contramano, su clásica terapia cuando se le acababan las bromas, una medianoche decía, le metió un derechazo a la puerta siniestra de la pizzería y se ensartó el vidrio hasta el caracú, sin darle tiempo ni a los tordos, ni al Cielo que lo había descuidado por un segundo. Y se desinfló de la bronca vieja de la pobreza, de una infancia difícil, de la cara fea de las derrotas, así como las de Atlanta, duras y habituales.

Y nos dejó su cara burlona y su pelo oscuro y brillante, su amor por los colores. Y una réplica perfecta en el andar de sus herederos, que siguieron con los pasquines y con su pasión por Atlanta, con su laburo pesado de todos los días. Sólo que mudaron la parada cuarenta metros hacia Gurruchaga, cosa de no volverse locos hasta a la eternidad, de frente a la puerta chiquita de la Nápoles, que -gracias a Dios- tampoco nosotros tenemos que ver desde hace un tiempo, por razones (acaso Continentales) pero ajenas a la historia barrial del Negro Lule, otro olvidado inolvidable.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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