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Soy
un hombre de palabra, aunque muchas veces me meta en líos por
eso. Hace un par de semanas, cuando escribí la primera parte
de esta nota, me obligué con esa pauta a encarar una segunda.
Supongo que aún es temprano para sacar conclusiones acerca de
lo que vendrá alrededor del fútbol, pero igualmente hay espacio
para algunas reflexiones.
Lo primero que salta a la vista es que será difícil inventar
algo peor que éstas dos décadas de saqueo de las instituciones
sociales futboleras (eso son los clubes de fútbol y, al menos
legalmente, continúan siéndolo: sociedades civiles sin fines
de lucro).
Finalmente la AFA, asociada al Estado nacional, le quitó a la
empresa monopólica TSC (una sociedad entre Torneos y Competencias
y el Grupo Clarín) el manejo de casi todo el fútbol; casi todo
porque las divisiones de ascenso seguirán sufriendo el monopolio.
Sería algo así como lo que es malo no es tan malo; o es malo
para algunos pero no para todos. El ascenso siempre fue ciudadano
de segunda en la urbe futbolera.
A pesar de que la medida no hubiera sido tomada si el gobierno
no se sintiera traicionado por su antiguo aliado Clarín, básicamente
por su posición en el conflicto por las retenciones, es necesario
subrayar que estoy de acuerdo con la decisión. No lo hacen por
convicción ideológica, pero lo importante es que lo están encarando
y que el paso final de esa batalla, es una lucha que muchos
periodistas sostuvimos durante años: una nueva ley de radiodifusión.
No está claro cómo ni a quién, pero el Estado ya desembolsó
más de trescientos millones de pesos y el proceso asociativo
comenzó entre la niebla. Nadie accedió a los contratos. No sabemos
bien cómo será el nuevo esquema. Le otorgaron al Grupo Vila/Manzano/De
Narváez, dueños de América, cinco partidos. Me encantaría saber
por cuánto dinero y por qué a ellos y no a otros.
Una conducta kirchnerista que me agobia es cómo presentan los
temas: siempre están pasando a la historia y haciendo lo que
nunca nadie antes hizo y ni siquiera intentó. Todo es una presentación
exagerada que invita a decirles pará un poco, no me mientas,
está buena la medida pero no me escondas la letra chica, que
están bajando del glaciar Perito Moreno no de la Sierra Maestra.
Y si les decís esto, rápidamente te responden que le hacés el
juego a la derecha y te mandan a la vereda de enfrente. Del
secuestro de goles no diremos nada, porque ya se habló demasiado.
Sólo agregar que me encantaría escucharlos hablar de los secuestros
reales: de Luciano Arruga o de Jorge Julio López; porque los
goles ya aparecieron con vida y ellos están desaparecidos de
verdad.
También podemos reconocer otros vicios K que se repiten en el
inicio de la nueva historia. Para que quede claro a cuáles me
refiero, tomo dos antecedentes: el de la justicia y el de la
estatización de Aerolíneas Argentinas. Dos medidas con las que,
por supuesto, acuerdo. En ambos casos era imperioso actuar desde
el Estado. Así lo hizo el gobierno. Con la justicia metió mano
al comienzo del mandato de Néstor para modificar la esencia
sucia y desprolija de la Corte Suprema. Con los cambios allí,
generaron una movida que los trascenderá; es decir: cuándo ya
no sean gobierno seguiremos teniendo una Corte respetable y
ejemplar. Pero no pudieron con su genio y, para no perder el
control total de la situación, modificaron la conformación del
Consejo de la Magistratura, de manera tal de quedarse con el
control mayoritario, que antes estaba en poder de la corporación
judicial: o sea que actuaron ahí, que conceptualmente quizá
no esté mal, pero lo que consiguieron es ejercer un control
autoritario: los jueces no parecen ser vigilados por lo que
hagan bien o mal, sino por lo que sentencien según la conveniencia
del poder.
En el caso de Aerolíneas sucede algo parecido: la empresa fue
vaciada por privados durante años y ahora es retomada por el
Estado, que estaría pagando la deuda generada por otros: la
gran Cavallo. En ambos casos, el concepto del Estado ejerciendo
su poder es saludable. El asunto es cómo lo hace. Y eso nunca
lo discutimos, porque ningún actor político así lo desea. Tanto
el gobierno como buena parte de los opositores tienen razones
diferentes para evitar la discusión. El oficialismo, porque
entiende al Estado como su herramienta de poder absoluto; cierta
oposición, porque prefiere la mentira del libre mercado, que
no es más que el Estado haciéndose el boludo, cuando no facilitando
los negocios privados en el área pública y eso, por ahora, mejor
no decirlo; hay otros opositores que sólo piensan lo contrario
del gobierno, sea lo que sea. El debate apenas asomó en la última
campaña, cuándo a Macri se le escapó hablar en contra de la
participación del Estado en la línea aérea y el gobierno aprovechó
para pegarle por ese lado. En cualquier caso, no se habla abiertamente
acerca de qué Estado queremos tener, que en realidad sería discutir
qué tipo de país queremos ser. Como no lo discutimos, el gobierno
se mete y hace, con nuestro sello, el del Estado, lo que se
le antoja. Que ni siquiera sabemos si es correcto o incorrecto,
porque no tenemos acceso, en general, a los detalles.
En esta situación de los derechos televisivos del fútbol repiten
los vicios: no informan en qué consiste el contrato. La diputada
nacional del bloque SI, Delia Bisutti, basándose en el derecho
a la información pública pidió una copia del contrato a la Jefatura
de gabinete y a la IGJ (Inspección General de Justicia). Bisutti
declaró que "cayó el monopolio. Ahora se debe trabajar para
que en la AFA se impulsen cambios profundos en su funcionamiento,
se debe garantizar la transparencia, la publicidad, la participación,
el debate, la información, no sólo a todos los habitantes de
nuestro país por el uso de los fondos públicos, sino también
a los dirigentes de los clubes". Vaya uno a saber si le
darán bola a Bisutti. Lo que sí está claro, es que no podrían
ocultarlo si fueran muchos hinchas los que lo pidieran. Siempre
pensé que los militares entendieron que debían dejar el poder
cuando en las canchas de fútbol fue imposible callar el Se
va a acabar/se va a acabar/la dictadura militar. Allí se
hacía evidente que ni la presencia policial dentro de las tribunas
podía silenciar el hastío popular: se le estaba perdiendo masivamente
el miedo al poder. Claro que es muy difícil pensar que podría
suceder algo similar. En aquel momento las barras ya eran conflictivas
y comenzaron a vincularse política y sindicalmente, aunque mantenían
cierta autonomía; hoy son tan parte del negocio que lo que menos
les interesa es cambiar las reglas. No van a putear a nadie,
ni pedirán transparencia, salvo que alguno de sus vínculos políticos
se lo ordene; probablemente hasta serían una fuerza de choque
para acallar los gritos contra el poder.
Mientras tanto, lo que más nos esperanza, como siempre, ocurre
por abajo. En varios clubes existen grupos de hinchas autoconvocados
que comienzan a participar en su política interna. Esa marea,
cuando suba, quizá conserve el ímpetu de cambiar las cosas y
voltear al dictador. Y entonces volveremos a brindar, como lo
estamos haciendo desde hace algunas semanas, desde que la dictadura,
finalmente, se acabó.
Fernando
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