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El
tiempo se diluye, se hace añicos, se derrite. Igual que el corazón
y los pechos transpirados de toda una hinchada aquella caribeña
noche del 29 de diciembre de 1982 en una cabecera de Huracán.
Entre Navidad y Año Nuevo, con el termómetro rozando los 35
y la tensión arterial siguiéndole la línea. Ah, y la humedad,
tanta, que los ñoquis que NO comimos en el festejo pudieron
haberse cocinado con el mechero apagado.
La
ilusión de la vuelta a primera parecía también a la vuelta de
la esquina. Y pegamos la vuelta desde unas mínimas vacaciones
en la playa (los periodistas tienen vacaciones en diciembre
y franco los lunes y martes…), pese a que Atlanta había perdido
injustamente y sobre la hora el partido de ida por 2-1 en el
mismo estadio de la mufa eterna. Ni con esa desventaja nos asustaba
Temperley. Ni con el legendario Pachamé vociferando desde el
banco. Ni la insólita alianza de cinco torcidas (bien torcidas)
haciéndonos fuerza en contra desde la tribuna opuesta.
Teníamos
a Ribolzi, teníamos a Graciani con sus impecables 15 años. Y
lo teníamos a Porté, que esa noche se comió la cancha cruda,
especialmente cuando nos quedamos 8 contra 10, sin Ribolzi,
sin Graciani y también sin Bianchi, todos afuera bajo la atenta
roja del referí, un turro cuyo apellido mejor olvidar.
Y ganamos igual (con el gol de Porté) en los 90. Y ganamos igual
en los 120. Y Parsechian atajó un penal en la cumbre de la cumbre.
Era el día de la hazaña. Debió haber sido, porque jamás un equipo
de Atlanta puso tanto en una cancha. Tanto sudor, tanto huevo,
tanta suela. Tanto, para quedarse sin nada, después de una tétrica
definición de penales que finalizó 12-13 cuando Enrique Hrabina
dejó en el cuerpo del Mudo Cassé el disparo número 26.
Y subió Temperley. Y todavía estamos bajando despacito de ese
cemento sucio, con un puñal atravesado en la certeza de haber
sido testigos -acaso- del mejor pretexto para ser bohemio. Se
puede perder. Pero así vale la pena.
Diez
años después (92-93), Héctor Rodolfo Cassé defendió (con calidad)
el arco de Atlanta, otra vez en el ascenso (tras el efímero
retorno del 83). No sabíamos si aplaudirlo o si putearlo. Él
sabía leer los labios desde chiquito y adivinaba la intención.
Pero se hizo querer. Había llegado a primera (en Gimnasia y
en Temperley) sin poder protestar una patada, sin ordenar a
gritos la barrera, sin dar reportajes de cassette a alguna radio
pedorra.
En
el 99 compré tres sillas de aluminio en una mudanza apurada.
El fletero me hizo señas para que subiera como acompañante para
un viaje de cuatro cuadras. Alcanzaron para identificarlo. Cuando
le apunté con el dedo y el gesto del 'yo te conozco', me mostró
el dni y los dos nos cagamos de risa. Tenía un buen recuerdo
de Atlanta, pese a haber sido, quizás, su mayor verdugo en la
era moderna.
En
noviembre de 2003, el mudo murió de cáncer al pulmón. Tenía
sólo 46 años. Soltamos una lágrima parecida a las de aquella
tórrida noche de locos en Parque Patricios. Supimos -en serio-
que la alegría y la tristeza son efímeras. Como 26 penales infernales,
como el sube y baja del fútbol. Como el festejo celeste, como
la pena de Atlanta. Todo, más allá del resultado de hoy entre
los dos mismos rivales, intentando subirse a un nuevo sueño,
al milagro de seguir vivos. En el rincón bohemio, para que esta
vez el Mudo sea ciego, y no vea pasar la masita de Hrabina.

El
arquero Cassé. Foto gentileza Marcelo Ventieri y Fabián
Rodríguez.
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