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Hacía
menos de un mes que vivíamos nuevamente en dictadura, nada sorprendente
por cierto. El general Onganía se había apropiado de la voluntad
de los ciudadanos, luego de echar al radical Arturo Illia con
una breve dotación de bomberos, para disponerse a pasear en
carroza como en el siglo 19 bajo los perfumados aplausos (chanel
y bosta en partes similares) de la oligarquía en el ya usurpado
predio de la Rural en Palermo
Menos
de 30 días después, específicamente el 24 de julio de 1966,
se disputó sin inconvenientes de la 20ª. fecha del campeonato
anual de primera división de AFA, primera de las revanchas.
En una tarde fría, nublada, tensa y abigarrada, el líder Racing,
el equipo de José, llegó a Villa Crespo arrastrando su invicto
de 33 fechas y su ya casi aceptada chapa de invencible.
Las
puertas del estadio (que por ese entonces podía juntar apretadas
más de 35.000 almas) debieron cerrarse un rato antes del inicio
del choque. El tablonerío de las tres populares estaba repleto
y en la platea se ocuparon todas las butacas. Cuando el referí
Ángel Norberto Coerezza (que dirigió en dos mundiales y era
amigo de José María Muñoz) pitó el inicio, en las viejas boleterías
(se usaban todavía las del Cajoncito) ya estaban contando la
recaudación: 5.157.330 pesos moneda nacional, antes de la locura
fusiladora de ceros en los billetes (hasta la última poda con
Cavallo quedarían ¡13¡ por el camino).
Racing
puso en la cancha a todos sus titulares menos Roberto Perfumo,
afectado a la selección nacional por el Mundial de Inglaterra,
y reemplazado por el uruguayo Nelson Chabay. Los demás, presentes,
incluído el Coco Basile con la 6, el Chango Cárdenas con la
9 y el Bocha Maschio con la 11.
Atlanta,
modestito. Pero temible en su pobreza, pese a la flojísima campaña
de ese año, que apenas mejoró con la goleada 7-0 a Huracán.
Biasutto en el arco, el negro Vignale (expulsado en el segundo
tiempo junto con Mori), Maguna, el Pepe Vásquez y el tucumano
Juan de la Cruz Kairuz (¿quién imaginaría esa tarde que aquel
hábil y correcto marcador de punta se convertiría en picanero
asesino durante los años de plomo en Jujuy, como represor nocturno
y entrenador por la mañana?). Arriba, la potencia del Chacho
Cabrera, el toque de Manija Puntorero y la Chancha Fernández,
el olfato goleador de Huye Salomone, y en el extremo izquierdo
¡el Loco Ochoa!
El
Loco fue quien transformó en Siberia los sobretodos académicos,
adelantando 2-0 a Atlanta y haciendo tambalear al imbatible.
Atlanta se floreó un rato en los pies de Perico Raimondo, ese
reemplazante de lujo que tuvo Timoteo, y que también había llegado
de relleno en aquella temporada, para triunfar luego en Independiente
y en el River campeón de Labruna. La suela de Perico los tuvo
a raya hasta que James Donald (sí, se llamaba -o se llama- así)
Martinoli achicó la cuenta. Y después los de José inclinaron
la cancha (ayudados por el silbato) hasta que el Yaya Rodríguez
igualó en una polvareda.
Hasta
el final Racing sufrió, como sufriría varias veces en el torneo,
pero siempre sacando una cabeza de ventaja hasta alzarse con
el título. Atlanta se fue aplaudido esa tarde, aunque quedó
el regusto rancio de lo que pudo y debió ser una hazaña. Finalmente,
seis fechas después, River sería el único vencedor de Pizzuti
y compañía. En la calle, hubo una efímera pedrea frente a la
sede cuando la multitud albiceleste marchaba por Humboldt hacia
Corrientes. El frío, ya en el atardecer, calaba los huesos.
Los
goles de Ochoa se repitieron luego en el imaginario tape de
las retinas por entonces sin TV (y obviamente sin TN y sin TyC,
que no estaba tan mal) mientras las manos hacían magia con las
medialunas de la Montecarlo y las locomotoras a vapor anticipaban
en el Paradero la llegada del lunes para multiplicar otra vez
al Loco, a las puteadas invernales, a las noches de Bastones
Largos que estaban por venir. Y al flamante calvario que acababa
de empezar para extenderse siete años. Cuando se cumplió ese
plazo, la dictadura se fue, el quetejedi volvió… y Atlanta cumplió
la mejor campaña de su historia (Nacional '73). Pero eso fue
nada más que una casualidad en medio de tanto frío.
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