AÑO X - NÚMERO 310 / Lunes 28 de septiembre de 2009
ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Frío del ´66
La memoria...
POR ENRIQUE MARTIN

Hacía menos de un mes que vivíamos nuevamente en dictadura, nada sorprendente por cierto. El general Onganía se había apropiado de la voluntad de los ciudadanos, luego de echar al radical Arturo Illia con una breve dotación de bomberos, para disponerse a pasear en carroza como en el siglo 19 bajo los perfumados aplausos (chanel y bosta en partes similares) de la oligarquía en el ya usurpado predio de la Rural en Palermo

Menos de 30 días después, específicamente el 24 de julio de 1966, se disputó sin inconvenientes de la 20ª. fecha del campeonato anual de primera división de AFA, primera de las revanchas. En una tarde fría, nublada, tensa y abigarrada, el líder Racing, el equipo de José, llegó a Villa Crespo arrastrando su invicto de 33 fechas y su ya casi aceptada chapa de invencible.

Las puertas del estadio (que por ese entonces podía juntar apretadas más de 35.000 almas) debieron cerrarse un rato antes del inicio del choque. El tablonerío de las tres populares estaba repleto y en la platea se ocuparon todas las butacas. Cuando el referí Ángel Norberto Coerezza (que dirigió en dos mundiales y era amigo de José María Muñoz) pitó el inicio, en las viejas boleterías (se usaban todavía las del Cajoncito) ya estaban contando la recaudación: 5.157.330 pesos moneda nacional, antes de la locura fusiladora de ceros en los billetes (hasta la última poda con Cavallo quedarían ¡13¡ por el camino).

Racing puso en la cancha a todos sus titulares menos Roberto Perfumo, afectado a la selección nacional por el Mundial de Inglaterra, y reemplazado por el uruguayo Nelson Chabay. Los demás, presentes, incluído el Coco Basile con la 6, el Chango Cárdenas con la 9 y el Bocha Maschio con la 11.

Atlanta, modestito. Pero temible en su pobreza, pese a la flojísima campaña de ese año, que apenas mejoró con la goleada 7-0 a Huracán. Biasutto en el arco, el negro Vignale (expulsado en el segundo tiempo junto con Mori), Maguna, el Pepe Vásquez y el tucumano Juan de la Cruz Kairuz (¿quién imaginaría esa tarde que aquel hábil y correcto marcador de punta se convertiría en picanero asesino durante los años de plomo en Jujuy, como represor nocturno y entrenador por la mañana?). Arriba, la potencia del Chacho Cabrera, el toque de Manija Puntorero y la Chancha Fernández, el olfato goleador de Huye Salomone, y en el extremo izquierdo ¡el Loco Ochoa!

El Loco fue quien transformó en Siberia los sobretodos académicos, adelantando 2-0 a Atlanta y haciendo tambalear al imbatible. Atlanta se floreó un rato en los pies de Perico Raimondo, ese reemplazante de lujo que tuvo Timoteo, y que también había llegado de relleno en aquella temporada, para triunfar luego en Independiente y en el River campeón de Labruna. La suela de Perico los tuvo a raya hasta que James Donald (sí, se llamaba -o se llama- así) Martinoli achicó la cuenta. Y después los de José inclinaron la cancha (ayudados por el silbato) hasta que el Yaya Rodríguez igualó en una polvareda.

Hasta el final Racing sufrió, como sufriría varias veces en el torneo, pero siempre sacando una cabeza de ventaja hasta alzarse con el título. Atlanta se fue aplaudido esa tarde, aunque quedó el regusto rancio de lo que pudo y debió ser una hazaña. Finalmente, seis fechas después, River sería el único vencedor de Pizzuti y compañía. En la calle, hubo una efímera pedrea frente a la sede cuando la multitud albiceleste marchaba por Humboldt hacia Corrientes. El frío, ya en el atardecer, calaba los huesos.

Los goles de Ochoa se repitieron luego en el imaginario tape de las retinas por entonces sin TV (y obviamente sin TN y sin TyC, que no estaba tan mal) mientras las manos hacían magia con las medialunas de la Montecarlo y las locomotoras a vapor anticipaban en el Paradero la llegada del lunes para multiplicar otra vez al Loco, a las puteadas invernales, a las noches de Bastones Largos que estaban por venir. Y al flamante calvario que acababa de empezar para extenderse siete años. Cuando se cumplió ese plazo, la dictadura se fue, el quetejedi volvió… y Atlanta cumplió la mejor campaña de su historia (Nacional '73). Pero eso fue nada más que una casualidad en medio de tanto frío.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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