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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Mar
del plata '73
La
memoria...
POR
ENRIQUE MARTIN // FOTOS EDGARDO IMAS
Sorpresa
en Mar del Plata. Abre el marcador Kimberley: Fortunato
de cabeza le gana a Pecoraro, Cortés y Carballo.
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Aquel
viaje de ida y vuelta a Mar del Plata en primavera para el truncado
partido con Kimberley en el glorioso Nacional del 73 fue, acaso,
el más feliz y desaforado de la historia de una hinchada sufrida,
que intuía -y con razón- que la hora del gran título en primera
división se haría realidad, por fin, en aquella temporada. El
triunfo parcial, el bajón de Cano y los incidentes que determinaron
la suspensión del partido por parte del referí Alberto Ducatelli
quedarían en el recuerdo. Los hinchas albiverdes de la Feliz
no se bancaron ni la derrota parcial ni el arbitraje y llenaron
de piedras todo el viejo estadio San Martín (anterior al Mundialista)
cuyos tablones fueron escenario de una batalla campal, en la
que la multitud bohemia (ese día fue eso) no arrugó y se retiró
del estadio sin bajar ninguna bandera.
El
resto fue jolgorio. En los micros y los coches que trajeron
a los hinchas y se los llevaron de vuelta con la certeza de
que faltaba poco para la hazaña de Gómez Voglino y compañía.
El resto fue transitar la rambla de punta a punta con los estandartes
auriazules, disfrazar a las focas, perseguir a las chicas locales,
inundar de cantos y de optimismo a una ciudad que despertó aquel
domingo en medio de bocinazos y euforia ¿Quiénes son estos tipos
que no nos dejan dormir?
Los
mismos que -nobleza obliga- perpetraron numerosos pagadioses
en locales gastronómicos, en medio del refuerzo alcohólico que
todo lo puede. Algunos pagaron, pero fueron los menos. Nadie
se enojó demasiado. El turismo a veces es así, un poco pesado.
Pero seguro que todos volvimos alguna vez a saldar nuestra deuda
con una ciudad que fue escala hacia aquella gloria, finalmente
frustrada en el tramo final.
El
viaje de retorno en tren (estatal por entonces) no fue menos
caótico. Viajamos sin boleto en el vagón comedor, compartiendo
las charlas del entrenador bohemio, el inefable Néstor Rossi,
con quisiera escuchar sus recuerdos personales de La Máquina
de River, sus proezas como maestro en el fútbol colombiano o
su enorme seguridad de que aquel conjunto de Atlanta haría historia
porque todos comprendían qué era lo que se jugaba "Si hasta
Pichón (Aldo Fernando) Rodríguez es capaz de poner una suela
de más, él, que es un exquisito incapaz de rozar una pierna
rival, y si el Ruso Ribolzi me hace caso cuando le digo que
no raspe a nadie, ni una vez, para que pegue cinco patadas y
no cincuenta, entonces -dijo Pipo entre whisky y whisky ferroviario-
entonces todo funciona bien. El Fierro Voglino piensa por todos,
el Flaco Candau los marea con la zurda y el Galgo Cano se las
manda a guardar. Creo que vamos a ser campeones", afirmó en
voz baja en aquel vagón comedor…
Y
finalmente fue gallareta y no pato. Y finalmente nos quedamos
en la puerta. Y ¿saben? Siempre recuerdo la magia y la contundencia
de aquel equipo, pero más todavía la confianza de la gente,
por primera vez y talvez única, ganadora de pie a cabeza. Todo
un ejército de voluntades convencidas del triunfo final. Disfrutando
y alentando. Sin poner ni un solo palo en la rueda. Ni siquiera
cuando antes de los encuentros definitorios con San Lorenzo
y River, un nubarrón envuelto en reclamo económico amenazó con
ponerle sal al postre. También ese problema se sorteó, como
todos los que surgieron durante el torneo más querido por los
memoriosos. Ahí fuimos héroes también. Pero todos. También el
público de Atlanta. Evidentemente, por aquellas épocas de reválidas
nacionales de todo tipo, de desagravios histróricos y de concreciones
sin utopías, palpables y creíbles, todo era posible. Hasta soñardespiertos…
Vinculo
relacionado: www.sentimientobohemio.com.ar/74_fecha12.htm
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