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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
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La
memoria...
POR
ENRIQUE MARTIN
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Luego
del ascenso a primera en 1956, el objetivo de Atlanta fue 'tirarse'
al campeonato mayor. Intentó una y otra vez. Vendió bien, compró
bien, siempre barato. Se reforzó adecuadamente. Si se deshacía
de Artime y Mario Griguol, traía a Luna, a Fernández y a Puntorero
como parte del negocio. Si vendía a Gatti y a Bonczuk, venían
en el paquete Puchero Domínguez y Zarich. Si después de una
vida nos desprendíamos de Timoteo, llegaba Perico Raimondo como
'relleno' de lujo.
Ya
en los 70, siempre con la vista puesta en el primer título (mucho
más después de la consagración de Chaca en el 69) continuamos
con la misma política. Y si vendimos a Biasutto, llegó en el
arreglo nada menos que Carnevali. Y si un año después vendimos
a Carnevali, embolsamos nada menos que a Gómez Voglino. Es decir,
Atlanta sacaba ventaja de cualquier transferencia. Parecía que
se debilitaba, pero era al revés. Y además, obviamente, quedaba
mucha plata.
¿Cómo
ocurría eso? Sencillo. Los dirigentes sabían de fútbol. Y si
no sabían, llamaban a alguien que supiera. Ni Kolbowski ni Amadeo
Altamura, los dos grandes presidentes de aquellos tiempos, conocían
demasiado sobre lo que pasaba en la cancha, pero tenían olfato.
Armaban buenas subcomisiones de fútbol, nombraban delegados
pícaros y establecían cabeceras de playa en el interior. Así,
de regalo, llegó Artime de Junín, llegaron Salomone y Rubén
Cano, de Mendoza, etc.
Hoy
los tiempos han cambiado. Gente de buena leche, buenas intenciones,
absolutamente intachable en el aspecto administrativo, cree
que puede manejar el fútbol así como así. Y no es fácil. El
acuerdo con Lanús ya muestra lo que decimos. Mal negocio, Atlanta.
Sólo por no preguntar, por creer que la voluntad, el amor por
los colores y la honestidad es suficiente. El fútbol es otra
cosa. Lo bueno es que siempre hay revancha. Pero hace falta
una autocrítica.
Una
vez Atlanta fichó al Gorrión Héctor López, que venía libre de
las inferiores de River. Aquel formidable lateral izquierdo
integró el equipo del 73 y al año siguiente se lo vendimos ¿a
quién? ¡a River!, por veintipico de millones de esa època. Y
en el 74 le dimos asilo a otro producto de las divisiones menores
Millonarias, Mario Finaroli. Y el tipo casi les arruina el título
del 75, cuando estaban por mojar luego de dieciocho años. No
sé si me explico. Todo se hacía en base a sapiencia futbolística.
Hoy
estamos en las antípodas. En la otra orilla. Y mirar para atrás,
bucear en la memoria, es imprescindible para no cometer errores
graves. Todo eso si queremos al Atlanta-club-de-fútbol. Si la
intención es nuevamente disfrazarnos de lo que no fuimos ni
somos, avisen y hablamos de otra cosa. Pero parece (bah, estoy
seguro) que la gente de Atlanta sigue siendo futbolera. Lo demás
es paisaje.
Como
ejemplo de lo que ocurre por estos días en otra órbita. Julio
Grondona, el mismo que bancó a Bilardo en el 85 cuando hasta
Alfonsín lo quería echar, transformó aquella eliminatoria desastrosa
en una Copa del Mundo espectacular. Tiene cosas cuestionables.
Cómo no. Pero sabe de fútbol. Ahora respaldó a un Maradona incinerado
por el peteperiodismo ® antes de tiempo, y el 'cadáver'
nos clasificó para el Mundial -objetivo cumplido- tras una victoria
que Argentina no conseguía desde hace 33 años en Montevideo.
En una palabra, saben de fútbol. Como saben Verón y Bielsa,
estigmatizados durante años por ejércitos de analfabetos futbolísticos,
que hoy les levantan monumentos sólo para joder a los actuales
timoneles.
Atlanta
tiene que mirarse en espejos serios. El fútbol es un tema complicado.
No es para cualquiera. Seamos humildes. Si tenemos a la gente,
démosle herramientas. Si no la tenemos, busquémosla. Pero bajemos
del caballo de la soberbia.
El
que toca nunca baila. O, si se prefiere, no podés tirar el centro
e ir a cabecear. Ah, y no hace falta gastar demasiado. Con guita,
cualquiera es vivo. Creo que es una frase que patentó Don León…
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