AÑO X - NÚMERO 314 / Lunes 26 de octubre de 2009

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Caños y pisadas
Homenaje a algunos habilidosos...
POR ENRIQUE MARTIN


El hábil Jorge Fernández bate al arquero boquense Antonio Roma y pone el transitorio empate en la Bombonera. Llegan corriendo Juan Carlos Puntorero y, más atrás, Rubén Magdalena. Foto: Edgardo Imas.

Los habilidosos, esos distintos que -como se decía antes- eran y son capaces de gambetear a tres tipos sobre una baldosa o salir de un tumulto de piernas con un amague impensado. Esos que casi siempre frecuentan los costados del ataque, antiguos "wines" locos y desalmados con marcadores a contrapierna o centromedios de cabeza alzada o centrales con panorama oceánico. Los reyes del freno y el arranque, que empujan graciosamente como un vehículo con el carburador tapado, corcoveando hasta que la presa (la marca) queda desparramada sobre el pasto o la polvareda.

Atlanta tuvo a los suyos. Y, como es habitual, nuestra memoria dejará en la nada a la mayoría y rescatará a los que le venga en gana, esta tarde de añoranzas, después de penar con el enésimo cero a cero bohemio, con la única felicidad de observar el cuentagotas del Mágico, abanderado de la vieja estirpe, algo venido a menos y sin compañía , pero habilidoso al fin.

Osvaldo Güenzatti la llevaba atada y unida a su mirada de lince para colocar pases gol de milímetro. Era una habilidad seca, tajante, de un toque. Casi la contracara de Juan Carlos Puntorero, el más grande apilador que vimos en vivo mientras iba y volvía con sus medias caídas y sus piernas flacas llenas de moretones. Ni te la prestaba un rato. Cuando se cansaba, largaba la pelota y respiraba. Antes todo era hamaque, gesto, chicle, algún que otro caño, hasta la cesión pulcra y al pie. El Manija imposible, capaz de hacer una torre de adversarios, parar para mirarlos y seguir viaje al tranquito, siempre cansino.

Jorge Fernández, La Chancha, era habilidad para adelante, notable cerebración en espacios chicos, y el ojo retrovisor que impedía desperdiciar cualquier ocasión. Siempre llegaba antes, pisaba antes, hacía visera y entregaba a domicilio.

Qué no decir de Osvaldo Cerqueiro, un verdadero mago. Morocho, retacón, musculoso. Puntero derecho o lo que fuese, gambeteador hasta el hartazgo. Un émulo de Garrincha, que iba y volvía para desairar, dejar el tendal y hacer el campo orégano. Nadie tiró la rabona como Cerqueiro. Ni Borghi. Porque el Negro la ejecutaba con más velocidad y no la anunciaba. A veces, hasta pudo completar esa maniobra entrando en el arco con pelota y todo.

A Palito Candau lo recuerda más gente. El jeroglífico de la zurda endemoniada. Una garza para mostrarla desde lejos y jamás dilapidarla, como esas minas que te muestran, te muestran hasta volverte loco, y después te dan la espalda o se suben al colectivo en tu nariz. Así era el Flaco, el del gol del siglo en el Cilindro, una obra de arte, el concierto sinfónico del chanfle. Vieron pasar algo redondo que parecía la Luna, ingresar en el angulito del marco de Racing. Y todavía están -estamos- incrédulos.

La elegancia del Narigón Torres, similar a la del Pepe Castro, pero con menos polenta. Los dos preocupados por hacer jugar, pero jugar bien, que es otra cosa. Ni un pase de más, ni un enlace defectuoso, todo producto de esa habilidad que no necesita mirarse los pies. Que pinta el cuadro con los ojos cerrados. Los dos marcaron época.

Dicen que en la prehistoria, José Battagliero ordenaba la defensa con clase de maestro. Y nosotros vimos los últimos tramos de un Oscar Clariá condenado a la zaga, cuando como número cinco de toque sutil y fino había llegado a la selección juvenil. Timoteo le arruinó el pastel. Pero no pudo con Perico Raimondo, que resultó otro pisador de altura, con los codos protegiendo la propiedad privada de una redonda siempre suya.

Y estuvo Pichón Rodríguez, el calesitero más exquisito. El vaiviene para retener el juego, dejar pasar los minutos con serenidad, con el moño en el empeine y en la suela.

La última historia nos regaló al Cristian Castillo del 95. Imparable, alocado, genial. Dos perfiles para encarar, para invitar, engañar y meter el cañonazo desde 30 metros. Todo por el mismo precio.

Habrá un segundo capítulo de habilidosos (Lendoiro, Erramuspe, Carracedo, el Beto Conde, etc…..), Se acepta la ayuda de noveles y veteranos. Paladar oro y azul.

Volver a inicio>>>


Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

Deja tu mensaje:


:
Nombre:

E-Mail:

Mensaje:

 

Está terminatemente prohibido usar material de esta página sin permiso previo. Ante la duda consulte por mail. Todos los derechos reservados 99/00©. Fecha de inicio: 1/6/1999 sentimientobohemio.com.ar® (usuarios.arnet.com.ar/gasgel) es una página registrada en propiedad intelectual. Buenos Aires, República Argentina . Resolución mínima recomendada: 800 x 600. INTENTARON IMITARNOS, JAMAS NOS IGUALARON...