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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Caños
y pisadas
Homenaje
a algunos habilidosos...
POR
ENRIQUE MARTIN

El hábil Jorge Fernández bate al arquero boquense
Antonio Roma y pone el transitorio empate en la Bombonera.
Llegan corriendo Juan Carlos Puntorero y, más atrás, Rubén
Magdalena. Foto: Edgardo Imas.
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Los
habilidosos, esos distintos que -como se decía antes- eran y
son capaces de gambetear a tres tipos sobre una baldosa o salir
de un tumulto de piernas con un amague impensado. Esos que casi
siempre frecuentan los costados del ataque, antiguos "wines"
locos y desalmados con marcadores a contrapierna o centromedios
de cabeza alzada o centrales con panorama oceánico. Los reyes
del freno y el arranque, que empujan graciosamente como un vehículo
con el carburador tapado, corcoveando hasta que la presa (la
marca) queda desparramada sobre el pasto o la polvareda.
Atlanta
tuvo a los suyos. Y, como es habitual, nuestra memoria dejará
en la nada a la mayoría y rescatará a los que le venga en gana,
esta tarde de añoranzas, después de penar con el enésimo cero
a cero bohemio, con la única felicidad de observar el cuentagotas
del Mágico, abanderado de la vieja estirpe, algo venido a menos
y sin compañía , pero habilidoso al fin.
Osvaldo
Güenzatti la llevaba atada y unida a su mirada de lince para
colocar pases gol de milímetro. Era una habilidad seca, tajante,
de un toque. Casi la contracara de Juan Carlos Puntorero, el
más grande apilador que vimos en vivo mientras iba y volvía
con sus medias caídas y sus piernas flacas llenas de moretones.
Ni te la prestaba un rato. Cuando se cansaba, largaba la pelota
y respiraba. Antes todo era hamaque, gesto, chicle, algún que
otro caño, hasta la cesión pulcra y al pie. El Manija imposible,
capaz de hacer una torre de adversarios, parar para mirarlos
y seguir viaje al tranquito, siempre cansino.
Jorge
Fernández, La Chancha, era habilidad para adelante, notable
cerebración en espacios chicos, y el ojo retrovisor que impedía
desperdiciar cualquier ocasión. Siempre llegaba antes, pisaba
antes, hacía visera y entregaba a domicilio.
Qué
no decir de Osvaldo Cerqueiro, un verdadero mago. Morocho, retacón,
musculoso. Puntero derecho o lo que fuese, gambeteador hasta
el hartazgo. Un émulo de Garrincha, que iba y volvía para desairar,
dejar el tendal y hacer el campo orégano. Nadie tiró la rabona
como Cerqueiro. Ni Borghi. Porque el Negro la ejecutaba con
más velocidad y no la anunciaba. A veces, hasta pudo completar
esa maniobra entrando en el arco con pelota y todo.
A
Palito Candau lo recuerda más gente. El jeroglífico de la zurda
endemoniada. Una garza para mostrarla desde lejos y jamás dilapidarla,
como esas minas que te muestran, te muestran hasta volverte
loco, y después te dan la espalda o se suben al colectivo en
tu nariz. Así era el Flaco, el del gol del siglo en el Cilindro,
una obra de arte, el concierto sinfónico del chanfle. Vieron
pasar algo redondo que parecía la Luna, ingresar en el angulito
del marco de Racing. Y todavía están -estamos- incrédulos.
La
elegancia del Narigón Torres, similar a la del Pepe Castro,
pero con menos polenta. Los dos preocupados por hacer jugar,
pero jugar bien, que es otra cosa. Ni un pase de más, ni un
enlace defectuoso, todo producto de esa habilidad que no necesita
mirarse los pies. Que pinta el cuadro con los ojos cerrados.
Los dos marcaron época.
Dicen
que en la prehistoria, José Battagliero ordenaba la defensa
con clase de maestro. Y nosotros vimos los últimos tramos de
un Oscar Clariá condenado a la zaga, cuando como número cinco
de toque sutil y fino había llegado a la selección juvenil.
Timoteo le arruinó el pastel. Pero no pudo con Perico Raimondo,
que resultó otro pisador de altura, con los codos protegiendo
la propiedad privada de una redonda siempre suya.
Y
estuvo Pichón Rodríguez, el calesitero más exquisito. El vaiviene
para retener el juego, dejar pasar los minutos con serenidad,
con el moño en el empeine y en la suela.
La
última historia nos regaló al Cristian Castillo del 95. Imparable,
alocado, genial. Dos perfiles para encarar, para invitar, engañar
y meter el cañonazo desde 30 metros. Todo por el mismo precio.
Habrá
un segundo capítulo de habilidosos (Lendoiro, Erramuspe, Carracedo,
el Beto Conde, etc…..), Se acepta la ayuda de noveles y veteranos.
Paladar oro y azul.
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