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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
La
bombita
Un
recuerdo para el referí Luis Pestarino, de corazón.
POR
ENRIQUE MARTIN

Original de 6ta. La Razon del Domingo 3 de Octubre de
1971, Atlanta debía ganar y lo hizo: 3 a 0 a Los Andes
ante una multitud. Foto archivo SB.
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Año
1971. Por fin los 18 para evitar que los padres lo sacaran a
uno cada dos por tres de la comisaría. Es que en ese tiempo
no había happy hours ni democracia y los adolescentes habían
sido declarados enemigos públicos por aquella dictadura de turno
(Onganía, Lanusse, Levingston). Las requisas eran moneda corriente
y el principal de la seccional 29 (la que entonces estaba en
Loyola y Fitz Roy), y un poco menos el de la 27, tenían de punto
a cualquiera que portase documentos con minoría de edad, o que
directamente no los portase.
Fue
un año loco para Atlanta porque en el torneo Metropolitano (el
que se disputaba entre equipos directamente afiliados; el otro
era el Nacional, con los provincianos), bueno, en el Metro,
el equipo ganó partidos memorables a los grandes pero también
perdió un montón contra rivales facilongos. Conclusión: se salvó
del descenso en la última fecha. Fue en una tarde de gloria.
El lapidario 3-0 bohemio, con goles de Rubén Cano (2) y Miguel
Pecoraro (de penal) nos quitó la soga del cuello y mandó al
precipicio al adversario de esa fecha, Los Andes, que terminó
vapuleado y en la B, pese a aquel grandioso arquero que siempre
recordamos: el Colorado Ciro Barbosa, un monstruo que esa vez
no pudo evitar el desastre. Entre paréntesis, parece que por
Lomas tienen amnesia sobre todo aquello...
De
todos modos, el plato fuerte e inolvidable de aquel campeonato
fue, cuando no, un choque con Chacarita. Otro choque, otra guerra,
otro garbanzo para el puchero del odio ancestral. Ganábamos
1-0 (o eso creo) y ellos lo dieron vuelta, con un penal inventado
por la picardía del sanjuanino Luis Recúpero y el pésimo árbitro
que siempre fue Luis Pestarino (una mezcla de Juan Carlos Loustau
-por su mediocridad técnica- con Guillermo Nimo -por lo payaso-).
El delantero hizo su clásica maniobra emboca-giles, esto era,
ingresar en el área pelota al pie y engancharse el derecho con
el izquierdo provocando lo que parecía una zancadilla. Pestarino
compró el penal de fantasía y perdimos.
Las
horas siguientes fueron de ajetreo y misterio en algún rincón
de la sede social y luego, acaso, en el domicilio de alguien
que llamábamos "Godito", un fana experto en combinaciones químicas
de tubo de ensayo, que aquella vez consumó su producto más eficaz.
Por supuesto que todo lo que cuento es leyenda, mito, quizás
mentira, y está absolutamente prescripto para la ley. Lo único
cierto es que aquella barra brava de Bebe, Miguel, Lalo, Cabezón,
Caballero, el otro Cabezón, Yanyi, etc, nunca pudo ser acusada
del estruendo que la madrugada del lunes siguiente sacudió una
antigua vivienda del barrio de Boedo, llamador en la puerta
y balconcito casi a ras de la vereda.
El
cóctel de Godito despertó a todo el barrio y específicamente
a don Luis, el soplapito funebrero, quien seguro descansaba
tranquilo luego de contar corderitos o algún otro elemento más
pedestre, como papeles impresos con la fragata del Almirante
Brown, que también servían para pagar deudas al almacenero de
la esquina. En fin, como dije, todo es un invento, menos el
ruido y el cagazo de Pestarino. Los cables habían hecho contacto
como las piernas de Recúpero. Pero el segundo penal no lo 'tiraron'
en Villa Maipú sino cerca del Viejo Gasómetro. Y lo gritaron
en Humboldt y Camargo cuando las primeras luces nos mandaban
a laburar.
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