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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
El
éxodo
Los
que se quedaron y los que se fueron del barrio.
POR
ENRIQUE MARTIN

El éxodo. Fotomontaje de Sentimiento Bohemio.
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Cuando
Chacarita se fue de Villa Crespo, sus hinchas del barrio multiplicaron
el encono contra Atlanta hasta límites francamente desmesurados.
Aquella compulsiva mudanza a fines de los años 40, cuando el
presidente Chissotti resolvió adquirir los terrenos que ocupaban
los funebreros con su cancha contigua a la nuestra, desató la
furia. Y se fueron a San Martín, lejos, muy lejos por aquel
entonces. A una zona poco poblada, casi a campo abierta. No
sabemos si alguien intuyó lo que vendría. Pero si fue así, acertó.
Y si no, Dios los favoreció. En poco tiempo, aquel descampado
se convirtió en cuna y sede de grandes plantas textiles, hilanderías
y demás, todo motorizado por la gran industrialización promovida
por el primer gobierno de Perón. Y también se llenó de gente.
Y la mayoría se hicieron de la tricolor.
Los
que quedaron en Villa Crespo, pocos, o amontonados en la ya
famosa Cueva Negra, frontera del barrio con el de Chacarita,
pero desde Dorrego hacia el norte, envejecieron, sufrieron la
minoría en el también desaparecido bar de la avenida en el cruce
con Caldas, y finalmente se extinguieron, mientras se remultiplicaban
en Villa Maipú, Villa Diehl, Villa Billinghurst, Ballester y
toda la zona de influencia, inclusive los barrios de Villa Urquiza
y Villa Pueyrredón, en la Capital.
¿Y
qué pasó con Atlanta? El barrio se aburguesó. Esa es la verdad.
No todo, por cierto, pero buena parte. Sigue conservando el
murmullo tanguero en las arboledas de la calle Castillo, en
el mirador de Comastri, en el molino Minotti. También subsiste
el madrugón fabriquero cerca de Warnes, algunos adoquines que
Mauricio no descubrió y varios templos que resisten el tiempo,
como el San Bernardo, el café digo, no la iglesia, que obviamente
también sigue en pie, como todo lo religioso hebreo que mantiene
la zona como columna vertebral.
El
problema es que se dio el fenómeno inverso al de Chaca. Ellos
llegaron a un sitio virgen, crecieron y se quedaron ahí. Nosotros
nos quedamos, pero los hijos y los nietos emigraron hacia a
otras zonas, en la misma ciudad o en otras. Pero se fueron,
muchos también dejaron el país y hoy escriben cartas de lectores
y ven los partidos por Internet. Una especie de éxodo no planificado,
pero obviamente comprobable. Los que aun están son los más consecuentes,
de cualquier edad, por lo que se ve. Pero aquí hay otro asunto.
La falta de éxitos deportivos impide la anexión de jóvenes de
las adyacencias, que prefieren los clubes de primera, y entre
ellos a los que suman títulos. Y tenemos a los doble faz, una
para discutir la marcha del Apertura y otra para padecer la
Primera B Metropolitana. Mucho River, mucho Boca como primera
o segunda selección. Así es la vida.
Algo
de esto se revertirá si el club vuelve a funcionar. Los chicos
y sus familias regresarán para dar vida al sueño de colores.
Serán el motor; el orgullo de lucir una camiseta en un partido
de básquet, de voley o de handball. La amistad, la cofradía
y el imprescindible paso por el nuevo cemento (iba a decir el
tablón). Será el primer paso, en espera de un nuevo Pepe Castro
o de un Cristian Castillo que nos sacudan la modorra.
Nada
es imposible. Somos pocos, somos menos que antes. Pero somos.
Y somos esencialmente fútbol. Por eso sufrimos tanto. Todo lo
demás está bien. Pero un modesto triunfo futbolero nos mejora
la cara y la semana. Así fue siempre. Antes y después del vecino
impresentable. Que, de todos modos, es un buen espejo para mirarse.
Luche y vuelve (slogan para bohemios más optimistas que nostálgicos).
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