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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
La
sede, nuestro segundo hogar
Historias
de la sede.
POR
ENRIQUE MARTIN

Foto archivo de Sentimiento Bohemio.
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Los
recuerdos y los nombres propios. Porque todo en aquel Atlanta
tenía nombre y sabíamos identificarlo. Esto no es un homenaje:
es un inventario. Se escaparán, como siempre, la mayoría de
los convocados por la nostalgia, pero rescataremos a algún imprescindible
y a muchos queridos que la memoria atesora pero no saca a la
luz, a veces por miedo a enterarse de que el susodicho o ella,
ya no están más en el llano, aunque podamos conservarlos en
nuestro corazón de chicos, todavía.
Por
aquellos años 60, ingresar en la sede de Atlanta sin el carnet
social al día era prácticamente una misión imposible. Porque
allí, ubicado en su trono en la entrada, una sillita de madera,
bah, estaba siempre listo y firme don Cayetano Di Santo, que
había sido de los primeros bohemios, según decían, y a quien
había que guardarle respeto. Cuando eso comenzó a hacer agua,
dada la avanzada edad de don "Gaitano", lo enviaron a controlar
las chapitas en el tablero de la pileta de natación, donde siguió
con su oficio de cancerbero, pero sin su accesorio más querido,
un enorme habano que, obviamente, no podía trascender los límites
del sector del natatorio. Pero Di Santo se hacía querer igual.
Y dicen que mucho tiempo trabajó gratis por el club.
Cuando
el Viejo oficiaba en la Aduana de la pileta, auscultando que
los bañistas se hubiesen duchado, que todos tuvieran la revisación
al día y las chicas no mostrasen demasiado sus encantos físicos
(que igual se advertían, claro), al mismo tiempo, en el vestuario
de caballeros, como se decía, reinaban otros dos veteranos queridos,
Don Julio y Caruso, bohemios de toda la vida, referentes barriales,
fumador Julio, chupador de caramelos Caruso, adorados por los
pibes más chicos, que les tiraban la ropa como si fuera a un
tacho de basura, y ellos los acomodaban como una madre, siempre
soportando el calor de fuego y la humedad del demonio de aquel
recinto bajito, construido allá por los años 50, cuando se inauguró
la piscina.
Los
intendentes más recordados de aquellas épocas fueron Pedro Lamorte
y Norberto Pedro, blanco de todos los cachetazos de los socios
si algo no funcionaba, si los chicos se excedían con sus jodas
a las chicas, con los juegos de carnaval y/o con los pelotazos
durante los partidos informales de fútbol, los sábados de tarde
en el gimnasio abierto de básquet, esto es, cuando no había
básquet. Porque cuando había, allí estaba el petiso Pablo Wainer
para poner orden, ordenar las sillas y convocar al aliento de
los equipos menores del club, sobre todo los femeninos, que
no tenían figuras descollantes mayores de primera, como las
mellizas Almirante, Raquel Acha o Susana Abad, pero sí a los
créditos de la casa como Beatriz Marai, cuya hincha número uno
era su propia madrina, que la custodiaba a sol y a sombra, de
incidencias deportivas y de galanes de ocasión. Igual que a
la Luisita Troilo, que para colmo tenía tres hermanos mayores,
mucho mayores que ella, y hasta su padre, también Cayetano,
que la mimaban y le endilgaban nombres de futbolistas de Racing
(eran de Racing; ella no), de aquel Racing de José multicampeón.
Y entonces ella era Rulli cuando corría y Cárdenas cuando encestaba,
en medio de la fiesta y del viento.
A
la vera de la cancha, secundando al legendario técnico de damas
Luis Abelleira, simpre oficiaba la delegada señora de Fanego,
cuya hija y jugadora, Susana, se casó con un habitué del club,
Oscar Piantanida. Y Pablito Wainer asistía a todos, igual que
José Ballotta y su señora, apostados en la piecita inexpugnable
pegada a la pared, a la derecha de la entrada, donde funcionaba
la utilería y reinaba el amarillo y el azul de las casacas,
el brillante raso de los shorts y de los buzos, y las maravillosas
Spalding color naranja que sucedieron a unos insufribles balones
enormes y descosidos, con que Carlitos Soler y Chupete Ulloa
comenzaron a encestar, igual que el Cabezón Luis Martínez, el
máximo basquetbolista surgido de las inferiores.
En
todo el entorno gobernaba Chiquita, al esposa de Raúl Sartés,
el inefable "Huye....Salomone", o si no las señoras turcas,
llamésmosles hoy así, Lucy y Nelly, así como la esposa de Osvaldo
Iacopetti, campeonas mundiales de generala en los quinchos.
En
el templo de las bochas, coto aparte, una cancha de primera
selección, construída con ladrillos aportados por los socios,
oficiaban la misa Francisco González, el mirón de todos los
deportes (profesor en academias de choferes en sus ratos libres)
y una runfla de pesos pesados del bochín y de la amistad. Pero
esto de las bochas merece un trato distintivo. Se lo daremos.
El
buffet tuvo muchos concesionarios y ninguno llegó a aquerenciarse
con el club, como si lo hizo el Caña, que explotaba la distribución
de gaseosas en el predio y le daba laburo a los jovencitos.
Algunos mozos del bar no tuvieron suerte, como aquel que perdió
por nocaut en el primer round al recibir un tremendo cross de
derecha por parte del Bebe Cerovaz, un bravo de verdad, ese
día un tanto nervioso por la tardanza del gastronómico para
servirle un té con limón. Y bue...
En
otras entregas nos ocuparemos de Manolete García Fernández,
del Gallego Peña, de los planilleros del básquet (Empanada,
Jaime y Chacho), de Roque Pisanti, de los fatigantes del tute
cabrero como Galeazzi, Cholín y Segovia, de las minas más lindas
del club, de los mejores bailarines, del patín y las patinadoras..
Y
alguna vez habrá un capítulo para Nelly, la soberana de la administración,
que ya merece un monumento por bancarse sin chistar los peores
años del club. Y sigue firme. Y cada vez más joven. Y otro para
Sandrini, el kiosquero frente a la sede, aquel del "cigari,
cigarillo, venga...." de la previa futbolera. Y del pizzero
Simoni, en la ochava de Humboldt y Camargo. Y....
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