AÑO X - NÚMERO 318 / Lunes 23 de noviembre de 2009

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
La sede, nuestro segundo hogar
Historias de la sede.
POR ENRIQUE MARTIN


Foto archivo de Sentimiento Bohemio.

Los recuerdos y los nombres propios. Porque todo en aquel Atlanta tenía nombre y sabíamos identificarlo. Esto no es un homenaje: es un inventario. Se escaparán, como siempre, la mayoría de los convocados por la nostalgia, pero rescataremos a algún imprescindible y a muchos queridos que la memoria atesora pero no saca a la luz, a veces por miedo a enterarse de que el susodicho o ella, ya no están más en el llano, aunque podamos conservarlos en nuestro corazón de chicos, todavía.

Por aquellos años 60, ingresar en la sede de Atlanta sin el carnet social al día era prácticamente una misión imposible. Porque allí, ubicado en su trono en la entrada, una sillita de madera, bah, estaba siempre listo y firme don Cayetano Di Santo, que había sido de los primeros bohemios, según decían, y a quien había que guardarle respeto. Cuando eso comenzó a hacer agua, dada la avanzada edad de don "Gaitano", lo enviaron a controlar las chapitas en el tablero de la pileta de natación, donde siguió con su oficio de cancerbero, pero sin su accesorio más querido, un enorme habano que, obviamente, no podía trascender los límites del sector del natatorio. Pero Di Santo se hacía querer igual. Y dicen que mucho tiempo trabajó gratis por el club.

Cuando el Viejo oficiaba en la Aduana de la pileta, auscultando que los bañistas se hubiesen duchado, que todos tuvieran la revisación al día y las chicas no mostrasen demasiado sus encantos físicos (que igual se advertían, claro), al mismo tiempo, en el vestuario de caballeros, como se decía, reinaban otros dos veteranos queridos, Don Julio y Caruso, bohemios de toda la vida, referentes barriales, fumador Julio, chupador de caramelos Caruso, adorados por los pibes más chicos, que les tiraban la ropa como si fuera a un tacho de basura, y ellos los acomodaban como una madre, siempre soportando el calor de fuego y la humedad del demonio de aquel recinto bajito, construido allá por los años 50, cuando se inauguró la piscina.

Los intendentes más recordados de aquellas épocas fueron Pedro Lamorte y Norberto Pedro, blanco de todos los cachetazos de los socios si algo no funcionaba, si los chicos se excedían con sus jodas a las chicas, con los juegos de carnaval y/o con los pelotazos durante los partidos informales de fútbol, los sábados de tarde en el gimnasio abierto de básquet, esto es, cuando no había básquet. Porque cuando había, allí estaba el petiso Pablo Wainer para poner orden, ordenar las sillas y convocar al aliento de los equipos menores del club, sobre todo los femeninos, que no tenían figuras descollantes mayores de primera, como las mellizas Almirante, Raquel Acha o Susana Abad, pero sí a los créditos de la casa como Beatriz Marai, cuya hincha número uno era su propia madrina, que la custodiaba a sol y a sombra, de incidencias deportivas y de galanes de ocasión. Igual que a la Luisita Troilo, que para colmo tenía tres hermanos mayores, mucho mayores que ella, y hasta su padre, también Cayetano, que la mimaban y le endilgaban nombres de futbolistas de Racing (eran de Racing; ella no), de aquel Racing de José multicampeón. Y entonces ella era Rulli cuando corría y Cárdenas cuando encestaba, en medio de la fiesta y del viento.

A la vera de la cancha, secundando al legendario técnico de damas Luis Abelleira, simpre oficiaba la delegada señora de Fanego, cuya hija y jugadora, Susana, se casó con un habitué del club, Oscar Piantanida. Y Pablito Wainer asistía a todos, igual que José Ballotta y su señora, apostados en la piecita inexpugnable pegada a la pared, a la derecha de la entrada, donde funcionaba la utilería y reinaba el amarillo y el azul de las casacas, el brillante raso de los shorts y de los buzos, y las maravillosas Spalding color naranja que sucedieron a unos insufribles balones enormes y descosidos, con que Carlitos Soler y Chupete Ulloa comenzaron a encestar, igual que el Cabezón Luis Martínez, el máximo basquetbolista surgido de las inferiores.

En todo el entorno gobernaba Chiquita, al esposa de Raúl Sartés, el inefable "Huye....Salomone", o si no las señoras turcas, llamésmosles hoy así, Lucy y Nelly, así como la esposa de Osvaldo Iacopetti, campeonas mundiales de generala en los quinchos.

En el templo de las bochas, coto aparte, una cancha de primera selección, construída con ladrillos aportados por los socios, oficiaban la misa Francisco González, el mirón de todos los deportes (profesor en academias de choferes en sus ratos libres) y una runfla de pesos pesados del bochín y de la amistad. Pero esto de las bochas merece un trato distintivo. Se lo daremos.

El buffet tuvo muchos concesionarios y ninguno llegó a aquerenciarse con el club, como si lo hizo el Caña, que explotaba la distribución de gaseosas en el predio y le daba laburo a los jovencitos. Algunos mozos del bar no tuvieron suerte, como aquel que perdió por nocaut en el primer round al recibir un tremendo cross de derecha por parte del Bebe Cerovaz, un bravo de verdad, ese día un tanto nervioso por la tardanza del gastronómico para servirle un té con limón. Y bue...

En otras entregas nos ocuparemos de Manolete García Fernández, del Gallego Peña, de los planilleros del básquet (Empanada, Jaime y Chacho), de Roque Pisanti, de los fatigantes del tute cabrero como Galeazzi, Cholín y Segovia, de las minas más lindas del club, de los mejores bailarines, del patín y las patinadoras..

Y alguna vez habrá un capítulo para Nelly, la soberana de la administración, que ya merece un monumento por bancarse sin chistar los peores años del club. Y sigue firme. Y cada vez más joven. Y otro para Sandrini, el kiosquero frente a la sede, aquel del "cigari, cigarillo, venga...." de la previa futbolera. Y del pizzero Simoni, en la ochava de Humboldt y Camargo. Y....

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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