AÑO X - NÚMERO 319 / Lunes 30 de noviembre de 2009

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
No nos tapará el agua
La pileta del club.
POR ENRIQUE MARTIN


Tiempos de oro del natatorio. Foto archivo de Sentimiento Bohemio.

La pileta de natación de Atlanta, pomposamente denominada "el natatorio" por aquellos tiempos, tiene historia propia en la vida del club. Construída allá por 1956, todavía subsiste pese al cuantioso deterioro de tantos años de inactividad.. Curiosamente, el fondo no se ha quebrado, lo que suele suceder cuando no queda un mínimo de líquido permanente. Las lluvias ayudaron (el musgo también) desde la quiebra hasta nuestros días, y dicen que su estructura es recuperable, poniendo unos mangos, naturalmente, y con los avances que permiten hoy, entre otras cosas, renovar el agua sin tener que esperar a aquel bendito lunes, cuando el verde turbio iba a convertirse en turquesa brillante de la semana siguiente.

Cientos de familias y especialmente cientos de chicos de la zona disfrutaban allá por los 60 de sus vacaciones sin Mar del Plata nadando o chapoteando sobre las olas de Humboldt y Camargo; arrojándose desde la plataforma mayor o desde los dos trampolines de tabla laterales, todos los cuales fueron utilizados durante años por los dos créditos bohemios en saltos ornamentales, dos verdaderas maravillas autodidactas: Sergio Ulloa y Oscar Testa, que surcaban el aire antes de caer en doble mortal, tirabuzón o carpa adentro (qué dominio del tema, eh…) sin salpicar ni un poquito, ante la incredulidad de la mayoría, cuya versación en el tema era, obviamente, nula. Pero los tipos eran buenos de verdad.

Como eran buenos los guardavidas (bañeros para todos), por ejemplo Pablo, un tipo que enseñó a mantenerse a flote a cantidad de pibitos, entre los cuales me conté a los 4 años. Le perdimos el miedo a la profundidad de los 3,80 mts. Y después de eso aprendimos, con Pablo o con otros, o solos, a chapucear cualquiera de los cuatro estilos tradicionales, pero sin ninguna clase de stress. Todos sabíamos nadar, y por supuesto, zambullirnos de cabeza. Los chicos y las chicas (gorrito de goma distintivo). Todos. Ante la mirada de los adultos que llegaron tarde para aprender así, con el miedo congénito a meter las patas en la fuente.

El natatorio mide 33 metros de largo por 12,50 de ancho, es decir, no es olímpico, pero es más amplio que los de la mayoría de los clubes que construyeron el suyo por aquel tiempo, y que casi siempre lo hicieron sobre 25 metros de longitud.
Además, por supuesto, había una piletita contigua para los más pequeños, esos amorosos que ingresaban en la piscina (nunca mejor llamada) sólo para evitar concurrir al baño, y que elegantemente orinaban en esa mezcla rara de cloro y vayasaberquédeshechos, como en todas las piletas contiguas destinadas a infantes. Y otras destinadas a grandecitos también.

-¿Y por qué expulsan a mi hijo del club?, bramaba la señora.
-Porque su hijo orina en el natatorio, responde el dirigente, por ejemplo Emilio Vela, eterno titular de la subcomisión.
-Pero si todos los chicos lo hacen, se defiende la madre.
- Sí, señora, pero su hijo piya desde el trampolín…

Es un chiste. O no tanto. También hubo competencias de natación entre federados, festivales con bonos a beneficio, festejos de carnaval; interminables tenidas de "tinenti" con marmolitos cuadrados provistos por Pianello y Sanguinetti, el corralón frente al club, que dejó paso a las torres. Todo en la pileta, escala anterior al mate y la factura en los quinchos (tiempos de Altamura), a la generala de las señoras habitués y de los maridos de fin de semana, a los asados domingueros. Todo con vestuarios abarrotados y con éxodo masivo de varones para ver en el estadio los últimos partidos de diciembre en malla (se decía así) y ojotas. La minas de la bikini debían vestirse algo más, no mucho.

En esa pileta se tejieron miles de romances, acaso uno emblemático entre el Chino Jorge Vallejos e Irene, que derivó luego en una pasión interoceánica, cuando el centrodelantero de Atlanta (pocos partidos en primera, pero positivos) se lanzó a buscar a su amada por Europa.

Y ya nombramos al chapero Cayetano, a don Julio y a Caruso, vestuaristas, También evocamos ahora al árbitro de fútbol Héctor Gelay (que llegó a primera división), quien fue bañero de Atlanta, como Duhalde en alguna piletita de Banfield.

En algún tiempo estaba prohibido el bronceador, en otro tiempo los arrumacos y las dos piezas femeninas. Bueno, eran tiempos de prohibiciones más graves, fuera del agua. Así que el club, y la pileta, terminaban siendo un refugio. Meterse debajo, bucear en las profundidades del barrio e investigar a las chicas de la zona cuando lucían paños menores no estaba tan mal. Por eso todos los 15 de diciembre, y hasta los 15 de marzo, aproximadamente, Villa Crespo ofrecía su tiempo compartido, su country cerca del arroyo entubado, su Caribe sin palmeras, su aporte social a una vida mejor distribuída, más equitativa.

Dicen que volverá. Y creemos. La pileta era una institución dentro de otra. Con ella regresarán los recuerdos. Y el futuro.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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