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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
No
nos tapará el agua
La
pileta del club.
POR
ENRIQUE MARTIN

Tiempos de oro del natatorio. Foto archivo de Sentimiento
Bohemio.
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La
pileta de natación de Atlanta, pomposamente denominada "el natatorio"
por aquellos tiempos, tiene historia propia en la vida del club.
Construída allá por 1956, todavía subsiste pese al cuantioso
deterioro de tantos años de inactividad.. Curiosamente, el fondo
no se ha quebrado, lo que suele suceder cuando no queda un mínimo
de líquido permanente. Las lluvias ayudaron (el musgo también)
desde la quiebra hasta nuestros días, y dicen que su estructura
es recuperable, poniendo unos mangos, naturalmente, y con los
avances que permiten hoy, entre otras cosas, renovar el agua
sin tener que esperar a aquel bendito lunes, cuando el verde
turbio iba a convertirse en turquesa brillante de la semana
siguiente.
Cientos de familias y especialmente cientos de chicos de la
zona disfrutaban allá por los 60 de sus vacaciones sin Mar del
Plata nadando o chapoteando sobre las olas de Humboldt y Camargo;
arrojándose desde la plataforma mayor o desde los dos trampolines
de tabla laterales, todos los cuales fueron utilizados durante
años por los dos créditos bohemios en saltos ornamentales, dos
verdaderas maravillas autodidactas: Sergio Ulloa y Oscar Testa,
que surcaban el aire antes de caer en doble mortal, tirabuzón
o carpa adentro (qué dominio del tema, eh…) sin salpicar ni
un poquito, ante la incredulidad de la mayoría, cuya versación
en el tema era, obviamente, nula. Pero los tipos eran buenos
de verdad.
Como
eran buenos los guardavidas (bañeros para todos), por ejemplo
Pablo, un tipo que enseñó a mantenerse a flote a cantidad de
pibitos, entre los cuales me conté a los 4 años. Le perdimos
el miedo a la profundidad de los 3,80 mts. Y después de eso
aprendimos, con Pablo o con otros, o solos, a chapucear cualquiera
de los cuatro estilos tradicionales, pero sin ninguna clase
de stress. Todos sabíamos nadar, y por supuesto, zambullirnos
de cabeza. Los chicos y las chicas (gorrito de goma distintivo).
Todos. Ante la mirada de los adultos que llegaron tarde para
aprender así, con el miedo congénito a meter las patas en la
fuente.
El
natatorio mide 33 metros de largo por 12,50 de ancho, es decir,
no es olímpico, pero es más amplio que los de la mayoría de
los clubes que construyeron el suyo por aquel tiempo, y que
casi siempre lo hicieron sobre 25 metros de longitud.
Además, por supuesto, había una piletita contigua para los más
pequeños, esos amorosos que ingresaban en la piscina (nunca
mejor llamada) sólo para evitar concurrir al baño, y que elegantemente
orinaban en esa mezcla rara de cloro y vayasaberquédeshechos,
como en todas las piletas contiguas destinadas a infantes. Y
otras destinadas a grandecitos también.
-¿Y
por qué expulsan a mi hijo del club?, bramaba la señora.
-Porque su hijo orina en el natatorio, responde el dirigente,
por ejemplo Emilio Vela, eterno titular de la subcomisión.
-Pero si todos los chicos lo hacen, se defiende la madre.
- Sí, señora, pero su hijo piya desde el trampolín…
Es
un chiste. O no tanto. También hubo competencias de natación
entre federados, festivales con bonos a beneficio, festejos
de carnaval; interminables tenidas de "tinenti" con marmolitos
cuadrados provistos por Pianello y Sanguinetti, el corralón
frente al club, que dejó paso a las torres. Todo en la pileta,
escala anterior al mate y la factura en los quinchos (tiempos
de Altamura), a la generala de las señoras habitués y de los
maridos de fin de semana, a los asados domingueros. Todo con
vestuarios abarrotados y con éxodo masivo de varones para ver
en el estadio los últimos partidos de diciembre en malla (se
decía así) y ojotas. La minas de la bikini debían vestirse algo
más, no mucho.
En
esa pileta se tejieron miles de romances, acaso uno emblemático
entre el Chino Jorge Vallejos e Irene, que derivó luego en una
pasión interoceánica, cuando el centrodelantero de Atlanta (pocos
partidos en primera, pero positivos) se lanzó a buscar a su
amada por Europa.
Y
ya nombramos al chapero Cayetano, a don Julio y a Caruso, vestuaristas,
También evocamos ahora al árbitro de fútbol Héctor Gelay (que
llegó a primera división), quien fue bañero de Atlanta, como
Duhalde en alguna piletita de Banfield.
En
algún tiempo estaba prohibido el bronceador, en otro tiempo
los arrumacos y las dos piezas femeninas. Bueno, eran tiempos
de prohibiciones más graves, fuera del agua. Así que el club,
y la pileta, terminaban siendo un refugio. Meterse debajo, bucear
en las profundidades del barrio e investigar a las chicas de
la zona cuando lucían paños menores no estaba tan mal. Por eso
todos los 15 de diciembre, y hasta los 15 de marzo, aproximadamente,
Villa Crespo ofrecía su tiempo compartido, su country cerca
del arroyo entubado, su Caribe sin palmeras, su aporte social
a una vida mejor distribuída, más equitativa.
Dicen
que volverá. Y creemos. La pileta era una institución dentro
de otra. Con ella regresarán los recuerdos. Y el futuro.
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