AÑO X - NÚMERO 319 / Lunes 30 de noviembre de 2009

JORGE KOLBOWSKI Y LOS RECUERDOS DE SU PADRE
Todo sobre mi padre
Jorge Kolbowski, hijo del Gran León, está escribiendo un libro sobre la vida y obra de su padre y comparte esta semana con los lectores de Sentimiento Bohemio otro de los capítulos de esperada obra: "Aquellos años felices".
ESCRIBE JORGE KOLBOWSKY

Pista de baile del club, año 1936. Foto archivo SB, de Mateo Giordano

Ya Villa Crespo había salido del arroyo Maldonado en los albores de la década del treinta y las palabras del tango de Pedro Mafia: "Quien dijo que en Villa Crespo no nació el tango" se cernían con un fuerte resplandor sobre el bajío barrial lleno de charcos de agua y matorrales. Años antes, iluminado, el bar de Venturita (1) se atiborraba de milongueros al son de la música que emanaba del palco alto donde el quinteto de la primera mujer bandoneonista Paquita Bernardo de tan solo quince años ejecutaba el dos por cuatro marcado por los hermanos Servidio, Mafia y Osvaldo Pugliese, un niño de pantalón corto. Canaro hacía sonar su violín agachándose para que el arco no golpeara el techo. No tantos años antes, a mitades del siglo diez y nueve la caballada de Urquiza venía avanzando rauda por "El Camino de Moreno " (2), levantando una polvareda que no dejaba ver nada cuando doblaba por "Del Ministro Inglés " (3) dirigiéndose a Palermo para tomar posesión de las propiedades del Restaurador .

El Lacroze llevaba su carga de muerte al cementerio de la Chacarita (la Chacrita de los Colegiales según Miguel Cané) hoy plaza de Los Andes, haciendo sonar el tan tan de su campanilla; y por ahí el negro Celedonio Flores se encaminaba raudo al bar " La Pura " (4) para ocupar su sitial en una mesa oscura y escribir los versos tangueros que lo hicieran inmortal.
Todo se mezcla en mi memoria. Por Pringles y Corrientes pasaba la columna en manifestación por la matanza de los talleres Vasena y se tiroteaba con los ocupantes de la casa de Jesús. La librería de Gleizer en Triunvirato al trescientos, César Tiempo, Leopoldo Marechal y Alberto Vacarezza, el loco Fijman recién salido del Borda. Por Triunvirato,de doble mano, los tranvías iban y venían. En la barrera del paradero Chacarita un tipo hacía funcionar un dispositivo que corría unas pesadas puertas las cuales se cerraban herméticamente impidiendo el cruce hasta que el tren pasara, y cuando estaban abiertas de todos los vehículos de transporte que trasponían la barrera se bajaba el guarda, se adelantaba, miraba para ambos lados y si el tren no venía le hacía señas al que manejaba el vehículo para que avanzara. Siempre había un cana en la barrera, siempre.

Voy a entrar a ver si me veo tres películas de cow-boys en " La Chinche Celeste "(5) yo se que al negro Flores no le gusta venir a este cine, más vale me voy hasta La Pura y lo encuentro a mi viejo sentado como siempre en la ventana y le mangueo veinte guitas, son diez para la entrada al cine Villa Crespo,(pegado al mismo un griego atendía un quiosco en el cual solo entraba él, maníes pelados, semillitas de girasol y de zapallo fritos con sal envasados en cucuruchos de papel de diario que eran nuestra delicia; comentaban las malas lenguas que el susodicho poseía un serie de propiedades como resultado de la venta de estos productos) cinco de propina para el acomodador, importante porque si no los tengo por ahí me zarandea como la última vez, y cinco para un cacho de pizza en el "Tuñín de la Boca " (6), como es continuado me quedo y veo seis de Tom Mix en una tarde. A la vuelta por Gurruchaga las turcas sentadas en el suelo con la canasta sobre sus faldas ofrecían avellanas calientes y turrones. A la noche las odaliscas se contorneaban en el Izmir (7) del turco Alboher. En la esquina de Julián Alvarez y Warnes observo el ir y venir afectado de los fantasmas de Cicalessi, Pierina Dalessi y Tomás Simari entrando y saliendo de la casona de estilo que, todavía hoy conserva su fachada, a metros apenas un poco después concurrían a sus habituales reuniones Luis Sandrini, Tita Merello y la Malvina Pastorino; el troesma iniciaba su feroz lucha por la reivindicación del Sindicato de Músicos (8)mientras la dictadura de Uriburu borraba de un plumazo la canchita de fútbol de Liberal Argentino que ocupaba la manzana delimitada por Camargo, Padilla, Julián Álvarez y Aráoz, sólo por tener ese nombre ¡Que ironía!. Pocos años más tarde mi familia vivió en la calle Canning al cuatrocientos y nunca se fue del barrio, yo era un niño en la década del treinta y mi padre ejercía el oficio de retocador de retratos,(el mismo de Mao Tse Tung durante su exilio en París ), al llegar las últimas horas de la tarde me agarraba de la mano y salíamos a realizar nuestra rutina diaria: el diario Crítica en el quiosco del loco "bocina" (8 ),"boxeador semiamateur" al cual todos los jueves le daban la biaba en las semifondo del Luna Park y aparecía atendiendo el boliche de diarios llena la cara de parches , luego la caminata por Corrientes y la inefable parada en el bar automático de Gurruchaga y Corrientes; típicos de la época con columnas de vidrio angostas y pisos que alojaban suculentos emparedados de diversos gustos los cuales se movían hacia abajo al mágico influjo de una moneda de cinco guitas, no sé por que el tipo que estaba del otro lado me bajaba doble porción.

Ya la década infame culminaba su trayecto con gobiernos dictatoriales y antisemitas y la producción tanguera se diluía al son de las orquestas clásicas de tango. El aviador Fresedo, Canaro que todavía perduraría, los hermanos De Caro, el nombrado Mafia, Vardaro, los cantantes de gran fuste como Corsini, Gardel el supremo, Magaldi, Alberto Vila ,Alonso , Charlo y muchos otros. Pero una cantidad de mujeres cantantes del dos por cuatro en gran profusión habría de ser un signo indicativo de una época significativa en ese medio: Tania, Libertad Lamarque, Azucena Maizani la "Ñata Gaucha", Tita Merello, Sabina Olmos, Aída Luz, Mercedes Simone, Nelly Omar, Rosita Montemar (9), tal vez nunca superada. La década del cuarenta nos trae el recuerdo de carnavales fastuosos sobre la avenida Corrientes. Palcos, el desfile de carrozas engalanadas, los hermosos disfraces, el piso tapizado de serpentina y papel picado se prolongaba hasta altas horas de la madrugada en constante jolgorio hasta que el sonido de los últimos pitos y cornetas indicaban la muerte de una noche inolvidable, pero no por siempre, sino para imponer una pausa perentoria y continuar al día siguiente. La aparición de grandes orquestas de diversos tipos, en la década del cuarenta, bien llamada la década de oro del tango, marca un hito importante en la vida de nuestro pueblo, en todo sentido. La clase obrera había elevado su nivel económico y la gente iba a bailar

Gente goza Juventud baila
Pueblo feliz Todos trabajan
Gobernantes cambian Situación mejora
Leyes mejores Madres paren
Lucha sindical Víctimas cobradas
Mejoras sociales Obrero veranea
Viviendas mejores País construye

Cantantes de voz maravillosa le daban una connotación destacada a las orquestas típicas surgidas durante esos años de bienestar. Aníbal Troilo con Florentino, el tano Marino y Rivero, luego el polaco Goyeneche, Carlos Di Sarli con Jorge Durán y Roberto Rufino, también con Alberto Podestá, Juan D'Arienzo con Echagüe, Mario Bustos y otros, Ángel D'Agostino con Ángel Vargas, Enrique Tanturi con Alberto Castillo y Enrique Campos, y tantos otros, y otros, y otros bajo el mágico influjo de una pléyade de poetas tangueros que engalanaron nuestros oídos y nuestros corazones, Homero Manzi, Cátulo Castillo, Discepolín, el negro Cele (10), en fin, todavía hoy perduran.

¡¡¡ Que nadie se mueva!!! Hoy hay milonga en Atlanta y toca el maestro, canta el flaco Morán, sobre el tablado de la orquesta que llega hasta la altura de sus mentones, hombres y mujeres de toda edad con los codos apoyados sosteniendo su intelecto se aprestan a escuchar, arrobados, embelesados, pasmados, encandilados:" Pasional " por enésima vez, pero: ¿Qué pasa ¿ El piano está vacío, y sobre él un clavel rojo, a Pugliese los hijos de mil puta de la " ESPE" (11) se lo llevaron en cana por su actividad comunista, como tantas otras veces, pero el baile debe continuar y el público guarda homenaje a su recuerdo, las parejas se animan, abrazadas bien fuertes circulando alrededor de la pista como en una cajita de música .

Esos años me tocó hacer el secundario en el Mariano Moreno de la calle Bartolomé Mitre; todas las mañanas cagado de frío con mi eterno saco Stalin, tomaba el tranvía hasta el colegio y viajaba indefectiblemente, al lado del guarda, el motorman (ambos con su uniforme de paño negro arratonado lucían sendas gorras con el nombre específico de la función que los caracterizaba ) pisaba el botón en el piso cuyo tan tan anunciaba el paso del gigante de hierro eléctrico y el guarda tiraba la soga colgada del techo para sonar la campanilla que permitiría la subida o bajada en la próxima esquina. Los domingos había baile en el Villa Crespo(12), y yo, agarrado al alambrado que daba a la calle veía desfilar las parejas de bailarines que se deslizaban bien apretados sobre el piso de baldosas del patio que también oficiaba de pista de patinaje y cancha de básquetbol. La noche terminaba invariablemente a la una de la madrugada al son del disco de pasta ejecutando La Cumparsita por Juan D'Arienzo.

El lugar más conspicuo del barrio era el café San Bernardo (13), en cuya tarima superior las vitroleras cruzadas de gambas y "muy observadas" esperaban la esquela con el nombre de la pieza que deseabas escuchar, acompañada de una monedita de propina; en esa tarima había debutado Marrone con " la gorda ", su primera mujer legal, sus sesenta metros de salón albergaban numerosas mesas de billar y otras de dominó y cartas. Escolazo puro. Para entrar al café había que hacer un esfuerzo pues una densa humareda fruto de los fasos de los parroquianos impedían la visión a veinte… cm. Las estrellas regulares eran Ianquele y Valussi. Ianquele perseguía a todo el mundo con su eterna pregunta: mil cuarenta más mil cuarenta cuanto es, más veinte: tres mil. No. Dos mil cien. Y Valussi: La estrella rutilante, vendía billetes de lotería. En pleno verano, cuando el calor apretaba iba vestido con un traje de casimir grueso. Era rubio, igualito al fullback de Boca, de allí su apodo. Chueco, con un sombrero panamá, siempre estaba dando vueltas, tenía dos notables virtudes, si lo chistabas de atrás (chist Valussi ) no se daba vuelta aunque repitieras mil veces el acto. Después de intentarlo vanamente sacaba un espejito del bolsillo superior de su saco, y te miraba. Y la otra era que si le querías comprar un billete de lotería nunca te lo iba a entregar con la mano izquierda, ni por cien pesos Ese bar todavía hoy subsiste.

El trocen me conoció de milonguero empedernido en las confiterías de moda: el Sans Souci ( 14 ), La Nobel ( 15 ), Picadilly (16 ), Montecarlo ( 17 ), de lunes a lunes. Los clubes sociales de barrio donde las madres y las abuelas llevaban a bailar a sus descendientes femeninas todavía con su clásico vestido de percal, aunque algunas se quedaban dormidas en su silla de vigilancia. Pero invariablemente mis pasos se encaminaban hacia la calle Humboldt donde se hallaba el club Atlanta (13). Pero la relación siempre fue distinta. La pasión por el fútbol en esos años de gloria, el ardor, el entusiasmo, la efusión y el calor, agregados a ellos el ímpetu, la exaltación y la fogosidad eran los sinónimos de una época inolvidable, y la figura de León Kolbowski, de activista de mutuales de residentes a conformador de un movimiento monstruoso de cooperativas de crédito, enderezó sus pasos a ese club de rayas verticales amarillas y azules. Bohemios y muertos de hambre allá por mitades de siglo supimos recibir el impulso avasallador de un dirigente popular nacido de las entrañas del pueblo, y para colmo: comunista. Las tribunas endebles de maderita se movían en la vieja y gloriosa canchita de fútbol de la calle Humboldt como viajando en un gomón cuando había apenas un poco de gente. Y el negro invariablemente en pedo todos los domingos en los que hacíamos las veces de local subía por los precarios hierros en " U " de la chimenea de ladrillo de setenta metros de alto que aún hoy subsiste, terca y erguida, como un testigo mudo y obstinado del devenir de las épocas, para colocar la bandera bohemia. Luego bajaba, pero al terminar el encuentro, vuelta a subir, desatarla y vuelta a bajar. Era un espectáculo aparte y todos permanecíamos absortos, preocupados y embelesados observando la maniobra. Éramos herederos de dirigentes de fuste que a principio de siglo fundaron la divisa, Los Sanz, los Ciancio, los Corbellini y los Chisotti junto a los que los acompañaron, fueron más valientes y capaces que nosotros, porque supieron crear de la nada una ilusión, una quimera, una utopía, le pusieron colores y un nombre y lograron que todas las generaciones posteriores pudieran llegar a soñar y, algunas veces ser felices. León Kolbowski fue el único heredero legal, fundamental y único que junto al pueblo tuvieran la grandeza de sentirse señalados para una tarea grandiosa, plasmar los sueños de aquellos y vindicar las esperanzas del pueblo construyendo una serie de obras, algunas desaparecidas, como una actividad social plena y popular, con jardín de infantes ejemplar, vestuarios, quinchos para las familias, dos piletas de natación, parrillas, cancha de bochas, consultorio médico, una multitud de diez y ocho mil socios atronando con su vocerío las instalaciones, hasta mencionar la construcción de la cancha, suprema y sagrada obra, que al decir de mi amigo Néstor Straimel, redactor de deportes de Clarín, todavía hoy se ve hermosa. La cancha es un estadio de fútbol construido en la década del cincuenta sin un peso en el bolsillo, sólo a base de donaciones, bonos de cal y de cemento y una promesa formal a las empresas contratadas de un pago diferido, cumplido armoniosamente, hasta el final. Las campañas futboleras en aquellos años fueron arrolladoras, Atlanta había formado muy buenos planteles y era temible para los equipos grandes o chicos que ocasionalmente enfrentaba, sus jugadores eran diestros y frontales, tal vez un poco vehementes, (como diría el loco Corbata: Jugábamos bien pero nos cagaban a patadas) pero todo se arreglaba cuando al entrar al campo de juego una profusión de claveles de diversos colores era arrojado por éstos a las tribunas. En fin, al estadio le pusieron el nombre de León Kolbowski, y los que recibimos esa herencia nos acostamos todas las noches con una sonrisa en los labios y el pensamiento y los fantasmas aun deambulan por la habitación. ¡Que época grandiosa!

En el próximo número un manual con veinte puntos para construir un estadio sin un mango.

Referencias:
(1) Serrano y Triunvirato, hoy Corrientes.
(2) Hoy Warnes.
(3) Luego Canning, hoy Scalabrini Ortiz.
(4) Triunvirato, hoy Corrientes, entre Serrano y Gurruchaga.
(5) Estaba en los fondos de la librería de Gleizer.
(6) Pegado al cine Villa Crespo.
(7) Gurruchaga entre Corrientes y Camargo.
(8) Camargo y Julián Álvarez, en lo de Potenza.
(9) Rosita Sprutz fue una cantante sin trayectoria de abultada envergadura teutónica y a la cual los muchachos de la cuadra se esforzaban por espiarla a través de su ventana de Camargo y Julián Álvarez, sin embargo fue la primera en grabarle el tango cantado "Recuerdo " en el año 1928 que Pugliese había compuesto con Moreno.
(10) Esteban Celedonio Flores de Villa Crespo.
(11) Sección Especial de la Policía ubicada en los altos de la octava.
(12) Juan B. Justo y Corrientes.
(13) Corrientes y Acevedo.
(14) Corrientes y Suipacha.
(15) Lavalle y Suipacha.
(16) Corrientes y Paraná.
(1 7) Corrientes y Talcahuano.

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Era futbolista, cuarta parte
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