AÑO X - NÚMERO 320 / Lunes 7 de diciembre de 2009

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Los técnicos mas queridos
Un merecido recuerdo.
POR ENRIQUE MARTIN


Pipo Rossi dirigiendo a Atanta. Foto archivo de Sentimiento Bohemio.

Los entrenadores no ganan partidos ni campeonatos. Pero dejan huella. Se los recuerda por una racha, una seguidilla a favor o en contra; por su carisma con la hinchada, por el descubrimiento de algún tapado en las Inferiores, por su paternidad sobre el rival clásico, por los aciertos a la hora de los cambios, por los desaciertos a la misma hora. En fin, por infinidad de cosas que definitivamente no deciden nada, pero a veces contribuyen. Y son los primeros en pagar los platos destrozados de una mala campaña. Los fusibles, les dicen. Los giles que abonan con su desempleo las carencias técnicas de planteles ineficientes, que a veces ellos mismos armaron y otras no. Cobran hasta el último día trabajado, casi siempre, o acaso le hacen juicio al club para conseguir una indemnización tan legítima gremialmente como mal vista en el mundo loco del fútbol, donde nada es lo que parece.

¿Y cuáles son los técnicos que Atlanta más recuerda? No es cuestión de que el sitio organice una encuesta. Esas encuestas no sirven porque sólo votan los que usan Internet, esto es, los más jóvenes. Y entonces, los veteranos que vieron en acción o inacción a cientos de DT'S, se quedan afuera de las compulsas que parecen siempre hechas a partir de 1990, con suerte, como si la vida antes de ese año no hubiera tenido razón, ni lugar ni explicación. Como si Atlanta hubiese sido fundado en 1904 por una docena de marcianos que intuímos un invento del calendario, o de otros tres viejos locos. O sea, a la mierda con la encuesta.

La vida futbolística profesional de Atlanta arrojó pocos resultados positivos hasta la década del 50, es la verdad. Pero ahí aparecen los entrenadores de la evocación. Empezando con Don (siempre será Don) Victorio Spinetto, que si bien siempre fue un crédito de Vélez, dejó en Villa Crespo su corazón en varios ciclos y en aquel recontrafestejado título de primera B y ascenso a Primera en 1956. El mismo Don Victorio que puso luego el pecho cada vez que se lo llamó, inclusive cuando ya estaba demasiado baqueteado en el 79, año fatal en la vida del club. Él, obviamente, no tuvo la culpa.

Todos los entrenadores que ganaron títulos deberán tener su lugar, sin duda. Como Juan Carlos Lorenzo, con quien volvimos a Primera con otro primer puesto en 1983, antes de desbancar a la insípida dupla compuesta por López-Cavallero, más nombre para una inmobiliaria que entendidos en fútbol de los sábados. Y también, por supuesto, Jorge Castelli, que nos llevó de la nada al Nacional B en 1990, de la mano de su doble función de DT-preparador físico. Y ni que hablar de Jorge Ghiso, el último abanderado del Atlanta escalando de categoría en 1995, con la ayuda del Pepe Castro, Cristian Castillo y compañía.

Pero hay otros. El Colorado Manuel Giúdice, estratega en la Copa Suecia (recomendado por Spinetto), el primer Osvaldo Zubeldía con buzo tras la línea de cal, que nos regaló el hermoso cuarto puesto en el 61 con el plantel de los claveles, punto de partida para una carrera (la suya) que demolería todos los records a su paso, lástima que bajo la conducción de Estudiantes de la Plata. Pero fue Atlanta -donde terminó su campaña como jugador- el club que le dio el espaldarazo y la oportunidad, cerca del legendario Adolfo Moguilevsky y de sus ayudantes de lujo: Pablo Amándola y Argentino Geronazzo, dos que luego sumaron éxitos por cuenta propia.

La memoria dice que trae al presente los nombres de Néstor Rossi, el inolvidable Pipo de la Máquina que condujo a Atlanta en su mejor campaña en primera división: el Nacional de 1973, ese palo en la rueda que una y otra vez nos recuerda lo cerca que estuvimos de la corona que debimos calzar en esa temporada, ni antes ni después. Ese era el año, como el de Chacarita fue el 69, o los de Ferro en el 82-84, Argentinos 84-85, Quilmes 78 o Lanús 2007. No importa. Habrá otra chance. Esperamos verla. Pero rescatamos a Pipo por la cercanía de la gloria.

Y también a otros que en poco o mucho tiempo se hicieron querer. Luis Ferreira; José María Silvero; el Pocho Bettinotti que remó contra la corriente en todos los ríos del desencuentro, sólo con las rayas auriazules pintadas en la piel; Federico Pizarro, que dictaba cátedra los sábados por la mañana en la cantina de Zorzoli y nos hizo olvidar de su pasado funebrero a fuerza de buena leche; y la lista debería cerrarla (al margen de la amnesia) el Tano Salvador Pasini, el romperecords de la Primera B. El dueño del milagro que nos salvó de la desconocida Primera C y nos llevó hasta un título de campeón que mereció el ascenso en el 2003, pero murió en la idiotez de un maderazo. Así es la historia, que lógicamente tiene más nombres. E invitamos a los amigos de SB a tirar los suyos.

Ahora es la hora de Javier Alonso. Nadie lo tenía. Y quizás se suba al carro triunfal que tanto necesitamos para continuar el largo camino.

Volver a inicio>>>


Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

Deja tu mensaje:


:
Nombre:

E-Mail:

Mensaje:

 

Está terminatemente prohibido usar material de esta página sin permiso previo. Ante la duda consulte por mail. Todos los derechos reservados 99/00©. Fecha de inicio: 1/6/1999 sentimientobohemio.com.ar® (usuarios.arnet.com.ar/gasgel) es una página registrada en propiedad intelectual. Buenos Aires, República Argentina . Resolución mínima recomendada: 800 x 600. INTENTARON IMITARNOS, JAMAS NOS IGUALARON...