|
ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Los
técnicos mas queridos
Un
merecido recuerdo.
POR
ENRIQUE MARTIN

Pipo Rossi dirigiendo a Atanta. Foto archivo de Sentimiento
Bohemio.
|
Los
entrenadores no ganan partidos ni campeonatos. Pero dejan huella.
Se los recuerda por una racha, una seguidilla a favor o en contra;
por su carisma con la hinchada, por el descubrimiento de algún
tapado en las Inferiores, por su paternidad sobre el rival clásico,
por los aciertos a la hora de los cambios, por los desaciertos
a la misma hora. En fin, por infinidad de cosas que definitivamente
no deciden nada, pero a veces contribuyen. Y son los primeros
en pagar los platos destrozados de una mala campaña. Los fusibles,
les dicen. Los giles que abonan con su desempleo las carencias
técnicas de planteles ineficientes, que a veces ellos mismos
armaron y otras no. Cobran hasta el último día trabajado, casi
siempre, o acaso le hacen juicio al club para conseguir una
indemnización tan legítima gremialmente como mal vista en el
mundo loco del fútbol, donde nada es lo que parece.
¿Y
cuáles son los técnicos que Atlanta más recuerda? No es cuestión
de que el sitio organice una encuesta. Esas encuestas no sirven
porque sólo votan los que usan Internet, esto es, los más jóvenes.
Y entonces, los veteranos que vieron en acción o inacción a
cientos de DT'S, se quedan afuera de las compulsas que parecen
siempre hechas a partir de 1990, con suerte, como si la vida
antes de ese año no hubiera tenido razón, ni lugar ni explicación.
Como si Atlanta hubiese sido fundado en 1904 por una docena
de marcianos que intuímos un invento del calendario, o de otros
tres viejos locos. O sea, a la mierda con la encuesta.
La
vida futbolística profesional de Atlanta arrojó pocos resultados
positivos hasta la década del 50, es la verdad. Pero ahí aparecen
los entrenadores de la evocación. Empezando con Don (siempre
será Don) Victorio Spinetto, que si bien siempre fue
un crédito de Vélez, dejó en Villa Crespo su corazón en varios
ciclos y en aquel recontrafestejado título de primera B y ascenso
a Primera en 1956. El mismo Don Victorio que puso luego el pecho
cada vez que se lo llamó, inclusive cuando ya estaba demasiado
baqueteado en el 79, año fatal en la vida del club. Él, obviamente,
no tuvo la culpa.
Todos
los entrenadores que ganaron títulos deberán tener su lugar,
sin duda. Como Juan Carlos Lorenzo, con quien volvimos
a Primera con otro primer puesto en 1983, antes de desbancar
a la insípida dupla compuesta por López-Cavallero, más
nombre para una inmobiliaria que entendidos en fútbol de los
sábados. Y también, por supuesto, Jorge Castelli, que
nos llevó de la nada al Nacional B en 1990, de la mano de su
doble función de DT-preparador físico. Y ni que hablar de Jorge
Ghiso, el último abanderado del Atlanta escalando de categoría
en 1995, con la ayuda del Pepe Castro, Cristian Castillo y compañía.
Pero
hay otros. El Colorado Manuel Giúdice, estratega en la
Copa Suecia (recomendado por Spinetto), el primer Osvaldo
Zubeldía con buzo tras la línea de cal, que nos regaló el
hermoso cuarto puesto en el 61 con el plantel de los claveles,
punto de partida para una carrera (la suya) que demolería todos
los records a su paso, lástima que bajo la conducción de Estudiantes
de la Plata. Pero fue Atlanta -donde terminó su campaña como
jugador- el club que le dio el espaldarazo y la oportunidad,
cerca del legendario Adolfo Moguilevsky y de sus ayudantes de
lujo: Pablo Amándola y Argentino Geronazzo, dos que luego sumaron
éxitos por cuenta propia.
La
memoria dice que trae al presente los nombres de Néstor Rossi,
el inolvidable Pipo de la Máquina que condujo a Atlanta en su
mejor campaña en primera división: el Nacional de 1973, ese
palo en la rueda que una y otra vez nos recuerda lo cerca que
estuvimos de la corona que debimos calzar en esa temporada,
ni antes ni después. Ese era el año, como el de Chacarita fue
el 69, o los de Ferro en el 82-84, Argentinos 84-85, Quilmes
78 o Lanús 2007. No importa. Habrá otra chance. Esperamos verla.
Pero rescatamos a Pipo por la cercanía de la gloria.
Y
también a otros que en poco o mucho tiempo se hicieron querer.
Luis Ferreira; José María Silvero; el Pocho
Bettinotti que remó contra la corriente en todos los ríos
del desencuentro, sólo con las rayas auriazules pintadas en
la piel; Federico Pizarro, que dictaba cátedra los sábados
por la mañana en la cantina de Zorzoli y nos hizo olvidar de
su pasado funebrero a fuerza de buena leche; y la lista debería
cerrarla (al margen de la amnesia) el Tano Salvador Pasini,
el romperecords de la Primera B. El dueño del milagro que nos
salvó de la desconocida Primera C y nos llevó hasta un título
de campeón que mereció el ascenso en el 2003, pero murió en
la idiotez de un maderazo. Así es la historia, que lógicamente
tiene más nombres. E invitamos a los amigos de SB a tirar los
suyos.
Ahora
es la hora de Javier Alonso. Nadie lo tenía. Y quizás
se suba al carro triunfal que tanto necesitamos para continuar
el largo camino.
Volver
a inicio>>>
|
|