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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Un
perfumado recuerdo
La
plateíta de damas.
POR
ENRIQUE MARTIN

Emma Giachetti, en el salón del primer piso de la sede
. Foto archivo de Sentimiento Bohemio.
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Nuestra
actual cancha, la que hoy luce sus dos cabeceras de cemento,
fue inaugurada originalmente el 5 de junio de 1960, con tres
altas tribunas de tablones y sus correspondientes codos uniendo
las populares con la larga lateral opuesta a la platea baja,
esa sí, la única de hormigón. Años después, ya cerca de los
70, se construiría la platea alta oficial y las cabinas de prensa,
y finalmente las laterales del segundo piso.
Pero
había otros refugios en el estadio, dos pequeños rectángulos
a ras del césped, a los lados de la platea, con espalda en la
pared de los vestuarios y un bajo alambrado al frente. Allí
se ubicaban las damas (en ese tiempo se decía damas), los jubilados
y algunos discapacitados. Era la platea femenina, bah, una ubicación
sectaria que hoy haría gracia a cualquiera, cuando las chicas
de toda edad van a la popular con la casaca del club, se suben
al paraavalanchas y gritan todas las puteadas del mundo. Es
otro tiempo. Ni mejor ni peor, seguramente.
En
aquella época, recién los hombres habían dejado de concurrir
al fútbol con traje, corbata y sombrero. Pero todas las mujeres
usaban pollera por debajo de la rodilla, tacos altos o bajos,
y bien tapaditas. Las puteadas, de todos modos, surgían de aquella
pequeña tribunita, una imitación de los mismos sectores (más
amplios) que no mucho tiempo antes se habían habilitado en el
Monumental, en la Bombonera, en la Doble Visera y esencialmente
en el Viejo Gasómetro, donde las féminas despotricaban contra
el referí desde su sitial contra el alambre, como avanzada de
la hinchada que se recostaba sobre la Avenida La Plata.
Dora,
la esposa del legendario masajista Elías Yagodnik (50 años de
servicio en el club, record total) era infaltable con sus hijos,
igual que Emma de Toscano, la madre del malogrado Bolita; las
hermanas Giachetti (dueñas del patín bohemio); Ethel Faiferman
(que después fue eficaz dirigente, acaso la primera mujer con
cargo importante en Atlanta); Raquel de Cohen y su hija Emilia,
Coca Iacopetti; Betty, la esposa de Don León (que hacía su pasada
previa al partido de primera) y las esposas y novias de los
jugadores, empezando siempre por la señora de Pocho Bettinotti.
El
equipo de los claveles, el del cuarto puesto en el 61, dirigido
por Osvaldo Zubeldía, con Luis Artime y Timoteo Griguol, fue
el que más homenajeó a aquellas vociferantes perfumadas, las
primeras barrabravas modernas, tan fanáticas como inocentes.
Y entonces el Pocho, Gonzalito, Julio Nuin, el Flaco Errea,
el Negro Clariá, Mario Griguol, el Beto Conde, Miguel Vignale
y el uruguayo Walter Roque cumplían cada quince días con su
promesa y su ofrenda, acercándose hasta las damas y depositando
en sus manos los claveles rojos y/o blancos que distinguieron
a aquel equipo inolvidable.
Desde
ese pequeño atalaya, obviamente colados y sentados sin hacer
ruido sobre aquellos largos e incómodos banquitos de madera,
los chicos más chicos vimos en el 60 los tres goles de Luisito
a Racing (4-3) y una temporada después, la de las flores, como
Atlanta derrotaba a Boca 3-2, un día de semana que se empeña
en regresar desde el pasado, como aquellos atardeceres grises
de Villa Crespo, que siempre nos parecieron soleados. Y fragantes.
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