AÑO X - NÚMERO 321 / Lunes 14 de diciembre de 2009

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Un perfumado recuerdo
La plateíta de damas.
POR ENRIQUE MARTIN


Emma Giachetti, en el salón del primer piso de la sede . Foto archivo de Sentimiento Bohemio.

Nuestra actual cancha, la que hoy luce sus dos cabeceras de cemento, fue inaugurada originalmente el 5 de junio de 1960, con tres altas tribunas de tablones y sus correspondientes codos uniendo las populares con la larga lateral opuesta a la platea baja, esa sí, la única de hormigón. Años después, ya cerca de los 70, se construiría la platea alta oficial y las cabinas de prensa, y finalmente las laterales del segundo piso.

Pero había otros refugios en el estadio, dos pequeños rectángulos a ras del césped, a los lados de la platea, con espalda en la pared de los vestuarios y un bajo alambrado al frente. Allí se ubicaban las damas (en ese tiempo se decía damas), los jubilados y algunos discapacitados. Era la platea femenina, bah, una ubicación sectaria que hoy haría gracia a cualquiera, cuando las chicas de toda edad van a la popular con la casaca del club, se suben al paraavalanchas y gritan todas las puteadas del mundo. Es otro tiempo. Ni mejor ni peor, seguramente.

En aquella época, recién los hombres habían dejado de concurrir al fútbol con traje, corbata y sombrero. Pero todas las mujeres usaban pollera por debajo de la rodilla, tacos altos o bajos, y bien tapaditas. Las puteadas, de todos modos, surgían de aquella pequeña tribunita, una imitación de los mismos sectores (más amplios) que no mucho tiempo antes se habían habilitado en el Monumental, en la Bombonera, en la Doble Visera y esencialmente en el Viejo Gasómetro, donde las féminas despotricaban contra el referí desde su sitial contra el alambre, como avanzada de la hinchada que se recostaba sobre la Avenida La Plata.

Dora, la esposa del legendario masajista Elías Yagodnik (50 años de servicio en el club, record total) era infaltable con sus hijos, igual que Emma de Toscano, la madre del malogrado Bolita; las hermanas Giachetti (dueñas del patín bohemio); Ethel Faiferman (que después fue eficaz dirigente, acaso la primera mujer con cargo importante en Atlanta); Raquel de Cohen y su hija Emilia, Coca Iacopetti; Betty, la esposa de Don León (que hacía su pasada previa al partido de primera) y las esposas y novias de los jugadores, empezando siempre por la señora de Pocho Bettinotti.

El equipo de los claveles, el del cuarto puesto en el 61, dirigido por Osvaldo Zubeldía, con Luis Artime y Timoteo Griguol, fue el que más homenajeó a aquellas vociferantes perfumadas, las primeras barrabravas modernas, tan fanáticas como inocentes. Y entonces el Pocho, Gonzalito, Julio Nuin, el Flaco Errea, el Negro Clariá, Mario Griguol, el Beto Conde, Miguel Vignale y el uruguayo Walter Roque cumplían cada quince días con su promesa y su ofrenda, acercándose hasta las damas y depositando en sus manos los claveles rojos y/o blancos que distinguieron a aquel equipo inolvidable.

Desde ese pequeño atalaya, obviamente colados y sentados sin hacer ruido sobre aquellos largos e incómodos banquitos de madera, los chicos más chicos vimos en el 60 los tres goles de Luisito a Racing (4-3) y una temporada después, la de las flores, como Atlanta derrotaba a Boca 3-2, un día de semana que se empeña en regresar desde el pasado, como aquellos atardeceres grises de Villa Crespo, que siempre nos parecieron soleados. Y fragantes.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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