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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Los
periodistas de Atlanta
POR
ENRIQUE MARTIN

Fotomontaje Sentimiento Bohemio.
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La
repercusión del Oscar a la película 'El secreto de sus ojos'
no se detiene. Pero nosotros podemos hacerlo en ese fragmento
verbalizado por Francella, cuando dice que el Hombre puede cambiarlo
todo en su vida, menos la pasión. Se puede mudar de ciudad,
de nacionalidad, de religión, de esposa/o, de ideología política
y hasta de sexo. Pero no toquen a la pasión. Estamos de acuerdo.
¿Y
qué hacen los periodistas -especialmente los deportivos- con
su pasión futbolística, concretamente en países donde la redonda
es más importante que nada y que todo, aquí, como en Uruguay,
en Brasil, en Italia o en Inglaterra? Esencialmente aquí. Pues
siguen con su pasión a cuestas. A veces a viva voz, a veces
sotto voce, a veces disimulando, a veces escondiendo la partida.
Todo depende de la personalidad del susodicho, que en el periodismo
obviamente hay de todo, y por eso somos los periodistas que
somos (o fuimos) y tenemos los que tenemos. Pero la pasión por
los colores es otra cosa. Unifica en la diversidad, tira un
cable a tierra en el disenso. Hermana a los polos contrariados.
En una palabra, perdona cualquier cosa. Toquen todo, menos la
camiseta. Y entonces nos vemos en alguna cabina de prensa poniendo
cara de otarios y neutrales, cuando Atlanta anotaba algún gol
inesperado para la bancada. O soñamos que nos vemos gastando
pesadamente a un compañero de redacción, antes de escribir (nosotros)
que su equipo nos había ganado en buena ley.
Siempre
fue así, tanto que la evocación (absolutamente incompleta) nos
trae a la memoria la figura de muchos colegas, escribas y audiovisuales,
del deporte o de lo que raye, que fueron y son aceite y agua
para la historia -sobre todo política- de todos y cada uno de
los días. Venerables y repudiados, según la óptica del que mire.
Pero jamás ignorados por el colectivo bohemio, al punto que
nadie podrá dejar de reconocerlos como pares, aunque la manga
le tire de algún costado lejano a la pelota.
Revoleando
nombres con salero, y saltando la cerca de los sitios web de
la actualidad, nos caen de la croqueta Horacio Carballal, Juan
Carlos Tissoni, Bruno Iezzi, Osvaldo Pepe, Néstor Straimel,
Alejandro Caravario, Edgardo Rachmil, Luciana Rubinska, Sebastián
Wainraich, Marcelo Schinca, Edgardo Imas, Eduardo Castiglione…
Con
este último, hermano de generación y de viajes laborales por
el mundo, despotricamos una noche de sábado boxístico en el
Luna Park porque la maldita profesión (y mi querido pugilato)
nos habían impedido presenciar una ansiada vuelta olímpica.
Justo a nosotros, que habíamos cruzado la vida de norte a sur
y del oeste hasta el este, siguiendo la historia bohemia plagada
de tropezones.
Mientras
el jolgorio auriazul regresaba atronando desde Rosario, Eduardo
y yo brindamos en un boliche de Rivadavia y Salguero ante la
indiferencia que gobernaba la madrugada. Fue en noviembre de
1983. Unas pocas horas antes, los once del Toto Lorenzo, comandados
por el talento del Narigón Alfredo Torres, nos habían devuelto
a primera división.
Nadie
me mandó a ser periodista. Si naciera de vuelta, elegiría otro
rumbo, sin duda. Y nadie me obligó a ser de Atlanta. Ni el barrio,
ni la familia. Pero si naciera de vuelta, sería de Atlanta.
Como diría Francella. Por pura pasión.
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