AÑO X - NÚMERO 334 / Lunes 29 de marzo de 2010

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
Complicidades bohemias
POR ENRIQUE MARTIN


Tapa de la revista oficial del club "Entre Nosotros" número 7, dedicada a la visita que realizó en 1981 el entonces intendente de la ciudad de Buenos Aires, brigadier Osvaldo Cacciatore, a las instalaciones de Atlanta.

Con buena onda, SB me pidió que escribiera algo sobre el Día de la Memoria. Enseguida coincidí con alguien de la redacción que sugirió que el sitio había informado y comentado largamente el caso de Jorge Daniel Toscano, un socio y basquetbolista del club, que conocí de cerca, y que es uno de los tantos desaparecidos. Me pareció que su figura ha sido recordada con precisión. Se me ocurrió entonces volver sobre la contracara, esto es, los colaboracionistas y cómplices de la dictadura que hubo en Atlanta. Y resulta que SB también había desarrollado profundamente el tema en su edición 187 del 10 de abril de 2007 (y que invito a leer clickeando en ediciones anteriores). Allí se evocan hechos irrebatibles ocurridos en nuestro club durante el período 76-83, con lujo de detalles y con material gráfico imposible de cuestionar. Los nombres de los ex dirigentes Hugo Masci y Antonio Carbone aparecen en esa nota. Y también el de aquel brillante marcador lateral tucumano, Juan de la Cruz Kairuz (66-67 en Atlanta), devenido luego en represor. Pero todo eso ya fue publicado por SB. Mi opinión sobre el tema, entonces, es general, y no hace base en Atlanta, sino en la Argentina como escenario donde los hechos transcurrieron y la memoria, lamentablemente, no es todo lo amplia que merece el asunto. Pero aquí va mi parecer, si es que a alguien le interesa.

Los medios y los fines

Cuando ya han transcurrido 34 años del Golpe de Estado que desembocó en la más cruenta dictadura padecida por la República Argentina, es mucho lo que conocemos acerca de la feroz maquinaria represiva utilizada como medio para secuestrar, torturar y asesinar a millares de militantes populares armados y desarmados.

La infatigable tarea de las organizaciones defensoras de los derechos humanos por preservar la memoria en pos de la verdad y de la justicia, así como los juicios a las Juntas impulsados en los albores de la vuelta a la democracia, obraron como reaseguro, más allá de las denominadas leyes de impunidad, que postergaron luego por más de veinte años, y hasta su anulación legal, la posibilidad hoy cierta de condenar a muchos de los responsables de aquel incalificable atropello perpetrado contra la Nación toda.

Es mucho lo que sabemos entonces sobre las herramientas de terror usadas para acallar cualquier tipo de resistencia, especialmente entre miembros de la clase obrera, pero también contra estudiantes, políticos, religiosos y representantes de minorías, en casi todos los casos mayoritariamente jóvenes menores de 30 años, sus familias y hasta sus pequeños hijos, apropiados ilegalmente para redondear de ese modo lo que se da en llamar crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles en el mundo libre.

Nuestra memoria, lamentablemente, no alcanza a cubrir el espectro del colaboracionismo cómplice y civil con que contó aquel Golpe y aquella dictadura, desde la órbita empresarial; de integrantes de la cùpula eclesiástica y de los principales medios de prensa de alcance nacional.

Se nos ha ocultado de alguna manera esa información. Y no es casual. Porque allí radica el verdadero objetivo de aquella interrupción del orden constitucional, que de ningún modo ejerció la violencia indiscriminada como un fin en sí mismo, sino para modificar drásticamente la estructura económica y social de la Argentina.

Si bien en ese momento el gobierno legítimo elegido por el pueblo mostraba gruesas falencias, no es menos auténtico que quienes lo comandaban ya habían anunciado un adelantamiento de los comicios para reemplazarlo, al tiempo que las Fuerzas Armadas revelaban en Estados Unidos que consideraban extinguidos los focos guerrilleros que, montados en una soberbia inexplicable, contribuyeron también a aquella tragedia que todavía hoy nos duele y nos separa.

Nadie detuvo el Golpe, que ya había sido decidido lejos de los cuarteles, donde moraba el brazo ejecutor, pero no los mentores intelectuales, dispuestos a derribar, igual que en todas las dictaduras anteriores, los logros de un pueblo laborioso.

El 24 de marzo de 1976, la Argentina tenía una deuda externa de 6.000 millones de dólares, la mayor parte contraída por empresas privadas y no por el Estado. Cinco años después, esa deuda trepaba a 56.000 millones, y en el año 2001 alcanzaba a 200.000 millones, lo que prueba que la democracia luchó contra los medios utilizados por la dictadura, pero no contra sus objetivos prácticos. También en cinco años, la participación de los trabajadores en el Producto Bruto Nacional había descendido de un 50 por ciento (inédito en el mundo occidental de posguerra, salvo en nuestro propio país un cuarto de siglo antes) hasta un 29 por ciento. Todo mientras el salario real caía un 40 por ciento en el primer año de gobierno de facto, se cerraban miles de fábricas, se abrían irresponsablemente las puertas a los mercados foráneos en detrimento de la producción nacional, en tanto esa transferencia brutal de ingresos iba a engrosar las arcas de la que se llamó patria especulativa y a las de las clases acomodadas, deseosas de regresar el país al modelo agroexportador de 1862, despojado de impulso industrial, desarrollo moderno e independencia económica de los centros financieros internacionales. Si bien un sector de la clase media pudo acceder a una euforia consumista descontrolada, resultó sólo un espejismo, que luego se volvió violentamente contra sus propios beneficiarios, atrapados también en el despojo generalizado de un modelo de exclusión y miseria.

La búsqueda de la verdad y de la justicia que invoca la fecha del 24 de marzo nos pone nuevamente en manos de la memoria, imprescindible para una sociedad que no quiere ni debe cometer nuevos errores. Para ese fin es necesario volver sobre los métodos utilizados, que conocemos y repudiamos, pero también sobre el plan económico que existía detrás de ellos, tan condenable como poco difundido, tanto que, sus cerebros casi no han pasado por los estrados de una Justicia que -en algún momento- también fue soporte de un período que no debe volver.

 

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 54 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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