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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
Complicidades
bohemias
POR
ENRIQUE MARTIN

Tapa de la revista oficial del club "Entre Nosotros" número
7, dedicada a la visita que realizó en 1981 el entonces
intendente de la ciudad de Buenos Aires, brigadier Osvaldo
Cacciatore, a las instalaciones de Atlanta.
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Con
buena onda, SB me pidió que escribiera algo sobre el Día de
la Memoria. Enseguida coincidí con alguien de la redacción que
sugirió que el sitio había informado y comentado largamente
el caso de Jorge Daniel Toscano, un socio y basquetbolista del
club, que conocí de cerca, y que es uno de los tantos desaparecidos.
Me pareció que su figura ha sido recordada con precisión. Se
me ocurrió entonces volver sobre la contracara, esto es, los
colaboracionistas y cómplices de la dictadura que hubo en Atlanta.
Y resulta que SB también había desarrollado profundamente el
tema en su edición
187 del 10 de abril de 2007 (y que invito a leer clickeando
en ediciones anteriores). Allí se evocan hechos irrebatibles
ocurridos en nuestro club durante el período 76-83, con lujo
de detalles y con material gráfico imposible de cuestionar.
Los nombres de los ex dirigentes Hugo Masci y Antonio Carbone
aparecen en esa nota. Y también el de aquel brillante marcador
lateral tucumano, Juan de la Cruz Kairuz (66-67 en Atlanta),
devenido luego en represor. Pero todo eso ya fue publicado por
SB. Mi opinión sobre el tema, entonces, es general, y no hace
base en Atlanta, sino en la Argentina como escenario donde los
hechos transcurrieron y la memoria, lamentablemente, no es todo
lo amplia que merece el asunto. Pero aquí va mi parecer, si
es que a alguien le interesa.
Los
medios y los fines
Cuando
ya han transcurrido 34 años del Golpe de Estado que desembocó
en la más cruenta dictadura padecida por la República Argentina,
es mucho lo que conocemos acerca de la feroz maquinaria represiva
utilizada como medio para secuestrar, torturar y asesinar a
millares de militantes populares armados y desarmados.
La
infatigable tarea de las organizaciones defensoras de los derechos
humanos por preservar la memoria en pos de la verdad y de la
justicia, así como los juicios a las Juntas impulsados en los
albores de la vuelta a la democracia, obraron como reaseguro,
más allá de las denominadas leyes de impunidad, que postergaron
luego por más de veinte años, y hasta su anulación legal, la
posibilidad hoy cierta de condenar a muchos de los responsables
de aquel incalificable atropello perpetrado contra la Nación
toda.
Es
mucho lo que sabemos entonces sobre las herramientas de terror
usadas para acallar cualquier tipo de resistencia, especialmente
entre miembros de la clase obrera, pero también contra estudiantes,
políticos, religiosos y representantes de minorías, en casi
todos los casos mayoritariamente jóvenes menores de 30 años,
sus familias y hasta sus pequeños hijos, apropiados ilegalmente
para redondear de ese modo lo que se da en llamar crímenes de
lesa humanidad, imprescriptibles en el mundo libre.
Nuestra
memoria, lamentablemente, no alcanza a cubrir el espectro del
colaboracionismo cómplice y civil con que contó aquel Golpe
y aquella dictadura, desde la órbita empresarial; de integrantes
de la cùpula eclesiástica y de los principales medios de prensa
de alcance nacional.
Se
nos ha ocultado de alguna manera esa información. Y no es casual.
Porque allí radica el verdadero objetivo de aquella interrupción
del orden constitucional, que de ningún modo ejerció la violencia
indiscriminada como un fin en sí mismo, sino para modificar
drásticamente la estructura económica y social de la Argentina.
Si
bien en ese momento el gobierno legítimo elegido por el pueblo
mostraba gruesas falencias, no es menos auténtico que quienes
lo comandaban ya habían anunciado un adelantamiento de los comicios
para reemplazarlo, al tiempo que las Fuerzas Armadas revelaban
en Estados Unidos que consideraban extinguidos los focos guerrilleros
que, montados en una soberbia inexplicable, contribuyeron también
a aquella tragedia que todavía hoy nos duele y nos separa.
Nadie
detuvo el Golpe, que ya había sido decidido lejos de los cuarteles,
donde moraba el brazo ejecutor, pero no los mentores intelectuales,
dispuestos a derribar, igual que en todas las dictaduras anteriores,
los logros de un pueblo laborioso.
El
24 de marzo de 1976, la Argentina tenía una deuda externa de
6.000 millones de dólares, la mayor parte contraída por empresas
privadas y no por el Estado. Cinco años después, esa deuda trepaba
a 56.000 millones, y en el año 2001 alcanzaba a 200.000 millones,
lo que prueba que la democracia luchó contra los medios utilizados
por la dictadura, pero no contra sus objetivos prácticos. También
en cinco años, la participación de los trabajadores en el Producto
Bruto Nacional había descendido de un 50 por ciento (inédito
en el mundo occidental de posguerra, salvo en nuestro propio
país un cuarto de siglo antes) hasta un 29 por ciento. Todo
mientras el salario real caía un 40 por ciento en el primer
año de gobierno de facto, se cerraban miles de fábricas, se
abrían irresponsablemente las puertas a los mercados foráneos
en detrimento de la producción nacional, en tanto esa transferencia
brutal de ingresos iba a engrosar las arcas de la que se llamó
patria especulativa y a las de las clases acomodadas, deseosas
de regresar el país al modelo agroexportador de 1862, despojado
de impulso industrial, desarrollo moderno e independencia económica
de los centros financieros internacionales. Si bien un sector
de la clase media pudo acceder a una euforia consumista descontrolada,
resultó sólo un espejismo, que luego se volvió violentamente
contra sus propios beneficiarios, atrapados también en el despojo
generalizado de un modelo de exclusión y miseria.
La
búsqueda de la verdad y de la justicia que invoca la fecha del
24 de marzo nos pone nuevamente en manos de la memoria, imprescindible
para una sociedad que no quiere ni debe cometer nuevos errores.
Para ese fin es necesario volver sobre los métodos utilizados,
que conocemos y repudiamos, pero también sobre el plan económico
que existía detrás de ellos, tan condenable como poco difundido,
tanto que, sus cerebros casi no han pasado por los estrados
de una Justicia que -en algún momento- también fue soporte de
un período que no debe volver.
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