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JORGE
KOLBOWSKI REMEMORANDO
Recuerdos
de un milonguero
Jorge
Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito
de la publicación del libro sobre la vida y obra de su
padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio.
Imperdible.
Yo
no sé si fue Ninón o Mimí o alguna otra papusa la que me quedó
indeleblemente grabada en mi mente de soñador empedernido cuando
en los albores del novecientos acompañé al tango que se trasladó
desde los suburbios al Paseo de Julio, esa recova de Leandro
Alem que aún subsiste con sus arcadas, refugio de marineros
y trasnochadores ansiosos de comprar por unas latas (1) unas
horas de disipación efímera que se habría de diluir luego, con
la llegada de las primeras luces del alba Allí las conocí. Todas
se llamaban así las francesas, menos las polacas que les disputaban
los lugares en los piringundines. Había uno que tenía un palco
alto con orquesta de señoritas, las minas simulaban tocar los
instrumentos pero, la música salía de un gramófono. Refugio
también de cafishios sandungueros y madamas coberteras que constituyeron
un mundo de jolgorio y luces falsas de neón que fulguraban en
el frente de esos tugurios envueltos en alguna noche brumosa
con olor a barro mezclado con saltre que venía de la orilla
del río cercano permaneciendo aprisionado dentro de las arcadas
sucias, tristes, opacadas con olor a sexo, cocó y el apetito
sexual que emanaban los boliches, comprados por unas migajas
de amor falso a cambio de unas horas de efímera felicidad. Cuando
la noche terminaba las risas de las prostitutas se escuchaban
como perlas desbordadas en torrente que cae salir de los locales
acompañadas por hombres de diferentes nacionalidades y extracción
mezclados en la madrugada fría, lluviosa, cruzándose a veces
con gente que se dirigían a sus ocupaciones, inclinados, tiritando,
encogidos como formando figuras salidas de algún cuadro. En
realidad la música ciudadana nació allí . Aunque ya venía surgiendo
una evolución en las pistas con piso de tierra de las orillas
tomando parte de pentagramas originados en danzas venidas desde
Andalucía con el nombre de "tango andaluz", también bajando
desde Haití a Cuba, luego Venezuela y Brasil con el son de habaneras
y milongas que sonaban con el tambor de los negros esclavos
traídos de Äfrica que recalaron en el Río de La Plata, también
con la contradanza Europea originada en Francia y el Reino Unido.
Aunque algunos investigadores insisten el padrinazgo de esas
músicas foráneas, no hay duda que los graandes maestros de la
Guardia Vieja le fueron dando forma en el último cuarto de siglo
del XlX realizando grandes creaciones, evolucionando al ritmo
del crecimiento de la danza prostibularia y orillera, bailada
en principio entre hombres en los rancheríos de los suburbios,
luego en las orillas del Riachuelo para pasar a los prostíbulos
ciudadanos y los conventillos de la urbe. La danza fue la gran
indroductora de su penetración en esos lugares con venta de
sexo. Luego se practicaba en lugares recordados hoy con nostalgia,
todos desaparecidos por esa razón que siempre nos acompaña desde
el pasado reciente, no saber conservar los sitios que fueron
hitos en la grandeza de la música ciudadana.
Andares
Años
después de la instalación de la música ciudadana en algunos
lugares tradicionales en la década del ochenta, como música
menospreciada por la población como algo vergonzoso por el significado
que trasuntaba el abrazo erótico en las parejas donde intervenía
la mujer considerada un objeto símbolo de una sociedad machista
que se resistía, los primeros que intentaron abordar el género
que después sufriría varias transformaciones merced al aporte
de geniales creadores ávidos de aportar el material que iba
desarrollando el suburbio en sus milongas con olor y sabor a
rancio de ropa desteñida de tanto uso en viviendas pobres de
los arrabales. Sin embargo, aquellos que no lo conocieron imaginan
patios de conventillos alumbrados con faroles a kerosene y el
gusto fuerte de una bebida para humildes: la grapa. Circulando
entre los comensales. De cualquier manera los investigadores
a ultranza deben de saber que fue en esos lugares donde se insertaron
los primeros compases del dos por cuatro, no imbuidas por un
aire foráneo sino por la imaginación musical acriollada con
sabor a ciudadana. Los sabihondos no deben dudar cuando hablan
de los negros que bajaron de los barcos o los inmigrantes que
traían una melodía rara como remedo de tonadas en boga que circulaban
a la sazón por el oeste de Europa. El tango no tomó nada de
ellos, esbozados muy raramente en sainetes de nítida influencia
en la segunda mitad del XlX con un contenido muy dispar a lo
que después sería. El tango les mostró su valía y algunos que
presentaron obras livianas en algún teatro de la urbe con raro
olor a gallegada sobresalieron con su agregado y se jerarquizaron
con ello. Los negros que se establecieron en el barrio del "Mondongo"
en Monserrat en la década del ochenta, sus tamboriles cuyo sonido
con sabor africano se dejaban oír en las noches y la aparición
de "Los iniciadores", como Arolas, Villoldo, Mendizábal
y otros de la Guardia Vieja habrían de darle los primeros compases
por siempre a esa música celestial para que lo adoptaran la
gente adinerada del Barrio Alto de San Telmo, la baja del Retiro
y la de algunos pocos barrios que comenzaban a desperezarse
y estirarse sobre los baldíos elevando sus casitas dispuestas
en forma despareja hasta que fueran ordenadas. Los lugares de
baile comenzaron a hacerse conocer; primero en Barracas al Sur,
luego en el centro y en Palermo, en las Academias, en los quilombos
y en los conventillos desperdigados por las polvorientas calles
del Buenos Aires de aquella época, el Riachuelo, Valentín Alsina
eran lugares que reunían a obreros de los frigoríficos, al principio
bailando entre hombres, vedado el acceso a la mujer, solamente
considerada como objeto sexual y servil. Sin embargo muchas
bailarinas de prosapia quedaron como recuerdo de acompañantes
a varones de su estirpe, muy mentados por sus figuras descollantes
y en las cuales hasta llegaron a arriesgar su vida en defensa
de sus compañeros, entreverados en enfrentamientos a cuchillo
en las milongas lumpen.
En fin, todo fue muy efimero, los albores darìan a nuestra ciudadanía
los primero adelantos de composiciones procaces con tìtulos
muy audaces de algo que intentaba; pero los estribillos no eran
saludables desde la aparición de Pérez en el teatro de La Victoria,
allí en la vieja Avenida de Mayo todas las composiciones llevaban
en su seno palabras de bajo nivel cultural hasta la aparición
en la década del ochenta de los primeros compositores que dieran
origen a la Guardia Vieja, también lo eran los lugares donde
se comenzaba a bailar con cortes, quebradas y sentadas, lugares
pesados donde abundaban guapos y compadritos, en general gente
de baja calaña, muchos fugitivos de la ley, prostitutas de todos
los niveles, mi búsqueda se orientó a descubrir cuanta vida
podría significar caer todas las noches, entrar en los salones
iluminados, con un sonido apagado, dos o tres instrumentos ejecutando
los compases consabidos del dos por cuatro y el humo y el olor
a cocó flotando en el ambiente cerrado donde se tomaba, se charlaba
y se escuchaban por doquier las risas a veces casi infantiles
de las minas habitué. interrumpidas esporádicamente por el chocar
de hojas de cuchillos en un enfrentamiento por la posesiòn del
dominio de alguna percanta.
En fin, todo fue muy efimero, los albores darìan a nuestra ciudadanía
los primero adelantos de composiciones procaces con tìtulos
muy audaces de algo que intentaba; pero los estribillos no eran
saludables desde la aparición de Pérez en el teatro de La Victoria,
allí en la vieja Avenida de Mayo todas las composiciones llevaban
en su seno palabras de bajo nivel cultural hasta la aparición
en la década del ochenta de los primeros compositores que dieran
origen a la Guardia Vieja, también lo eran los lugares donde
se comenzaba a bailar con cortes, quebradas y sentadas, lugares
pesados donde abundaban guapos y compadritos, en general gente
de baja calaña, muchos fugitivos de la ley, prostitutas de todos
los niveles, mi búsqueda se orientó a descubrir cuanta vida
podría significar caer todas las noches, entrar en los salones
iluminados, con un sonido apagado, dos o tres instrumentos ejecutando
los compases consabidos del dos por cuatro y el humo y el olor
a cocó flotando en el ambiente cerrado donde se tomaba, se charlaba
y se escuchaban por doquier las risas a veces casi infantiles
de las minas habitué. interrumpidas esporádicamente por el chocar
de hojas de cuchillos en un enfrentamiento por la posesiòn del
dominio de alguna percanta. Fueron años de mucho jolgorio, siendo
yo un itinerante jubiloso habiendo incursionado en los salones
de Barracas al Sur donde resplandecían los bailarines que habrían
de trascender; desde allí me fui tras de una mina a "El Farol
Colorado" en la Isla Maciel.- Desde allí detrás de ella pasé
por la academia de los Tancredi en la Boca para recalar en el
"Tambito" en Palermo y asentarme definitivamente en el primer
"Armenonville" en Tagle y Alcorta, sin haber dejado de conocer
"Hansen" y otras pistas de tierra que habrían de parir muchos
músicos, compositores y ejecutores, como el "pibe" Ernesto,
Ponzio y otros. No podríamos dejar de olvidar la herencia que
nos legó Angel Villoldo. Con Campoamor y Saborido las composiciones
tangueras cruzaban el charco, pudiendo observar en mi largo
peregrinar las señales espúreas el sonido apagado que salía
de los piringundines. Anduve por los de la Boca y del centro;
recalé en el barrio del "Mondongo" amenizado con sus comparsas
de negros, sobre todo en las noches de estío donde corría una
brisa cálida sin rehusar las invitaciones de los habitantes
negros en esa pequeña franja de Monserrat. Una invitación imposible
de negar para contornearme con los danzarines que me invitaban
a moverme cadenciosamente en sus danzas febriles, alegres y
evocativas de su lugar de partida: la lejana Äfrica. Anduve
por los quilombos de las franchutas en las casonas de pleno
sentido arquitectónico europeo con sus cortinados que las identificaban,
un aspecto visual e inequívoco de la actividad que se ejercía
en su interior, donde se lucía el armiño y el lamé y paré mucho
tiempo en los del Once donde siempre estaban listas con su servicio
las polacas. Todos esos lugares habrían de extenderse hacia
los cuatro puntos cardinales. Al decir de uno de los fundadores:
satisfarían y cumplirían con una premisa social. La salud sexual.
Una excusa para ejercer y regentear el negocio, falto de todo
sentido de moral y ética, crudo y descarnado, rayano en la esclavitud
por la forma de organización y sobre todo por el trato inhumano
dado a las pupilas, atadas a un destino negro, sin horizonte
feliz para ellas y un futuro sumergido en la neblina de la vida,
oscuro como una cueva sin fin.
En los albores del XX y después de haber recorrido muchos salones
de "música prostibularia", el tango se comenzó a adecentar con
la intervención de las clases altas. Algunos se animaron como
veteranos bailarines formando una comitiva de gente conocida;
Villoldo, Ducase, López Buchardo, los Gobbi, el vasco Aín, bailarín
de monta y otros se animaron a llevar la danza y la música a
Francia. Detrás de ellos fui yo. No podía faltar. Imaginate
que la Mistinguette lo llevó al escenario, y lo bailó. Volvimos
para que la clase media lo aceptara allá por el trece e imponerlo
definitivamente. Las composiciones que surgieron quedaron indeleblemente
grabadas en mí como un signo intangible de esa época bella Campagne
Tangó, El Marne, Germaine, Comme il Faut, Place Pigalle entre
tantas. Allí conocí a Ninón, una francesita que ejercía la prostitución
en un un Boliche de Montaparnasse, y me la traje para la Argentina.
La hice laburar en un quilombo de La Recoleta y la alojé en
un conventillo de Serrano 156, en Villa Crespo, que luego sería
la capital del tango. Allí muy prontc quedó en el recuerdo de
la barriada orillera conocida como "La Paloma", y Vacarezza
, uno de los más grandes escritores de sainetes le daría forma
y color. De allí mis pasos se dirigieron a una milonga pesada:
el bailongo "Venturita" en la esquina de de Serrano y Triunvirato
donde me topé con toda clase de personajes; guapos del arroyo,
prostitutas venidas de todos lados, e proseguí mi camino de
bailarín empedernido concurriendo asiduamente para marcar los
compases cadenciosos del dos por cuatro abrazado eróticamente
como lo marca la naturaleza del baile nacido en el suburbio,
a la mina de turno al son del conjunto de Paquita Bernardo,
la primera mujer bandoneonista con sus grandes maestros Pugliese,
Maffia Servidio Vardaro y otros que lucían en el palco alto
del lugar como Canaro, que hiciera sus primeras armas y que
debía agacharse por el techo bajo para ejecutar con su violín,
ya que el arco golpeaba contra el techo. Lo demás es conocido,
mi deambular por las milongas del trocén me llevarían por cabarets
de la época como el Chantecler, el Marabú el Empire, el Avión
y a conocer las confiterías bailables que atraían a una muchachada
ávida de gozar de esa época tanguera. Bailé en el Sans Soucí,
en el Picadilly, en la Nobel, la Montecarlo; fui figura entre
las minas laburantes que se acercaban a buscar un rato de esparcimiento
y de allí pasé por los clubes para seguir bailando al son de
las orquestas que le dieron un sello ilustre a esas horas tangueras
que gozó nuestra ciudadnía hasta que el bugi el rock y otras
danzas foráneas invadieran nuestro país para inundar de discos
de pasta y programas radiales nuestros vivires de carne metidos
hasta los huesos el son del ocho la quebrada y la sentada que
aún persisten y no habrán de morir. Soy testigo.
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