AÑO X - NÚMERO 335 / Lunes 5 de abril de 2010

JORGE KOLBOWSKI REMEMORANDO
Recuerdos de un milonguero
Jorge Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito de la publicación del libro sobre la vida y obra de su padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio. Imperdible.

Yo no sé si fue Ninón o Mimí o alguna otra papusa la que me quedó indeleblemente grabada en mi mente de soñador empedernido cuando en los albores del novecientos acompañé al tango que se trasladó desde los suburbios al Paseo de Julio, esa recova de Leandro Alem que aún subsiste con sus arcadas, refugio de marineros y trasnochadores ansiosos de comprar por unas latas (1) unas horas de disipación efímera que se habría de diluir luego, con la llegada de las primeras luces del alba Allí las conocí. Todas se llamaban así las francesas, menos las polacas que les disputaban los lugares en los piringundines. Había uno que tenía un palco alto con orquesta de señoritas, las minas simulaban tocar los instrumentos pero, la música salía de un gramófono. Refugio también de cafishios sandungueros y madamas coberteras que constituyeron un mundo de jolgorio y luces falsas de neón que fulguraban en el frente de esos tugurios envueltos en alguna noche brumosa con olor a barro mezclado con saltre que venía de la orilla del río cercano permaneciendo aprisionado dentro de las arcadas sucias, tristes, opacadas con olor a sexo, cocó y el apetito sexual que emanaban los boliches, comprados por unas migajas de amor falso a cambio de unas horas de efímera felicidad. Cuando la noche terminaba las risas de las prostitutas se escuchaban como perlas desbordadas en torrente que cae salir de los locales acompañadas por hombres de diferentes nacionalidades y extracción mezclados en la madrugada fría, lluviosa, cruzándose a veces con gente que se dirigían a sus ocupaciones, inclinados, tiritando, encogidos como formando figuras salidas de algún cuadro. En realidad la música ciudadana nació allí . Aunque ya venía surgiendo una evolución en las pistas con piso de tierra de las orillas tomando parte de pentagramas originados en danzas venidas desde Andalucía con el nombre de "tango andaluz", también bajando desde Haití a Cuba, luego Venezuela y Brasil con el son de habaneras y milongas que sonaban con el tambor de los negros esclavos traídos de Äfrica que recalaron en el Río de La Plata, también con la contradanza Europea originada en Francia y el Reino Unido. Aunque algunos investigadores insisten el padrinazgo de esas músicas foráneas, no hay duda que los graandes maestros de la Guardia Vieja le fueron dando forma en el último cuarto de siglo del XlX realizando grandes creaciones, evolucionando al ritmo del crecimiento de la danza prostibularia y orillera, bailada en principio entre hombres en los rancheríos de los suburbios, luego en las orillas del Riachuelo para pasar a los prostíbulos ciudadanos y los conventillos de la urbe. La danza fue la gran indroductora de su penetración en esos lugares con venta de sexo. Luego se practicaba en lugares recordados hoy con nostalgia, todos desaparecidos por esa razón que siempre nos acompaña desde el pasado reciente, no saber conservar los sitios que fueron hitos en la grandeza de la música ciudadana.

Andares

Años después de la instalación de la música ciudadana en algunos lugares tradicionales en la década del ochenta, como música menospreciada por la población como algo vergonzoso por el significado que trasuntaba el abrazo erótico en las parejas donde intervenía la mujer considerada un objeto símbolo de una sociedad machista que se resistía, los primeros que intentaron abordar el género que después sufriría varias transformaciones merced al aporte de geniales creadores ávidos de aportar el material que iba desarrollando el suburbio en sus milongas con olor y sabor a rancio de ropa desteñida de tanto uso en viviendas pobres de los arrabales. Sin embargo, aquellos que no lo conocieron imaginan patios de conventillos alumbrados con faroles a kerosene y el gusto fuerte de una bebida para humildes: la grapa. Circulando entre los comensales. De cualquier manera los investigadores a ultranza deben de saber que fue en esos lugares donde se insertaron los primeros compases del dos por cuatro, no imbuidas por un aire foráneo sino por la imaginación musical acriollada con sabor a ciudadana. Los sabihondos no deben dudar cuando hablan de los negros que bajaron de los barcos o los inmigrantes que traían una melodía rara como remedo de tonadas en boga que circulaban a la sazón por el oeste de Europa. El tango no tomó nada de ellos, esbozados muy raramente en sainetes de nítida influencia en la segunda mitad del XlX con un contenido muy dispar a lo que después sería. El tango les mostró su valía y algunos que presentaron obras livianas en algún teatro de la urbe con raro olor a gallegada sobresalieron con su agregado y se jerarquizaron con ello. Los negros que se establecieron en el barrio del "Mondongo" en Monserrat en la década del ochenta, sus tamboriles cuyo sonido con sabor africano se dejaban oír en las noches y la aparición de "Los iniciadores", como Arolas, Villoldo, Mendizábal y otros de la Guardia Vieja habrían de darle los primeros compases por siempre a esa música celestial para que lo adoptaran la gente adinerada del Barrio Alto de San Telmo, la baja del Retiro y la de algunos pocos barrios que comenzaban a desperezarse y estirarse sobre los baldíos elevando sus casitas dispuestas en forma despareja hasta que fueran ordenadas. Los lugares de baile comenzaron a hacerse conocer; primero en Barracas al Sur, luego en el centro y en Palermo, en las Academias, en los quilombos y en los conventillos desperdigados por las polvorientas calles del Buenos Aires de aquella época, el Riachuelo, Valentín Alsina eran lugares que reunían a obreros de los frigoríficos, al principio bailando entre hombres, vedado el acceso a la mujer, solamente considerada como objeto sexual y servil. Sin embargo muchas bailarinas de prosapia quedaron como recuerdo de acompañantes a varones de su estirpe, muy mentados por sus figuras descollantes y en las cuales hasta llegaron a arriesgar su vida en defensa de sus compañeros, entreverados en enfrentamientos a cuchillo en las milongas lumpen.
En fin, todo fue muy efimero, los albores darìan a nuestra ciudadanía los primero adelantos de composiciones procaces con tìtulos muy audaces de algo que intentaba; pero los estribillos no eran saludables desde la aparición de Pérez en el teatro de La Victoria, allí en la vieja Avenida de Mayo todas las composiciones llevaban en su seno palabras de bajo nivel cultural hasta la aparición en la década del ochenta de los primeros compositores que dieran origen a la Guardia Vieja, también lo eran los lugares donde se comenzaba a bailar con cortes, quebradas y sentadas, lugares pesados donde abundaban guapos y compadritos, en general gente de baja calaña, muchos fugitivos de la ley, prostitutas de todos los niveles, mi búsqueda se orientó a descubrir cuanta vida podría significar caer todas las noches, entrar en los salones iluminados, con un sonido apagado, dos o tres instrumentos ejecutando los compases consabidos del dos por cuatro y el humo y el olor a cocó flotando en el ambiente cerrado donde se tomaba, se charlaba y se escuchaban por doquier las risas a veces casi infantiles de las minas habitué. interrumpidas esporádicamente por el chocar de hojas de cuchillos en un enfrentamiento por la posesiòn del dominio de alguna percanta.
En fin, todo fue muy efimero, los albores darìan a nuestra ciudadanía los primero adelantos de composiciones procaces con tìtulos muy audaces de algo que intentaba; pero los estribillos no eran saludables desde la aparición de Pérez en el teatro de La Victoria, allí en la vieja Avenida de Mayo todas las composiciones llevaban en su seno palabras de bajo nivel cultural hasta la aparición en la década del ochenta de los primeros compositores que dieran origen a la Guardia Vieja, también lo eran los lugares donde se comenzaba a bailar con cortes, quebradas y sentadas, lugares pesados donde abundaban guapos y compadritos, en general gente de baja calaña, muchos fugitivos de la ley, prostitutas de todos los niveles, mi búsqueda se orientó a descubrir cuanta vida podría significar caer todas las noches, entrar en los salones iluminados, con un sonido apagado, dos o tres instrumentos ejecutando los compases consabidos del dos por cuatro y el humo y el olor a cocó flotando en el ambiente cerrado donde se tomaba, se charlaba y se escuchaban por doquier las risas a veces casi infantiles de las minas habitué. interrumpidas esporádicamente por el chocar de hojas de cuchillos en un enfrentamiento por la posesiòn del dominio de alguna percanta. Fueron años de mucho jolgorio, siendo yo un itinerante jubiloso habiendo incursionado en los salones de Barracas al Sur donde resplandecían los bailarines que habrían de trascender; desde allí me fui tras de una mina a "El Farol Colorado" en la Isla Maciel.- Desde allí detrás de ella pasé por la academia de los Tancredi en la Boca para recalar en el "Tambito" en Palermo y asentarme definitivamente en el primer "Armenonville" en Tagle y Alcorta, sin haber dejado de conocer "Hansen" y otras pistas de tierra que habrían de parir muchos músicos, compositores y ejecutores, como el "pibe" Ernesto, Ponzio y otros. No podríamos dejar de olvidar la herencia que nos legó Angel Villoldo. Con Campoamor y Saborido las composiciones tangueras cruzaban el charco, pudiendo observar en mi largo peregrinar las señales espúreas el sonido apagado que salía de los piringundines. Anduve por los de la Boca y del centro; recalé en el barrio del "Mondongo" amenizado con sus comparsas de negros, sobre todo en las noches de estío donde corría una brisa cálida sin rehusar las invitaciones de los habitantes negros en esa pequeña franja de Monserrat. Una invitación imposible de negar para contornearme con los danzarines que me invitaban a moverme cadenciosamente en sus danzas febriles, alegres y evocativas de su lugar de partida: la lejana Äfrica. Anduve por los quilombos de las franchutas en las casonas de pleno sentido arquitectónico europeo con sus cortinados que las identificaban, un aspecto visual e inequívoco de la actividad que se ejercía en su interior, donde se lucía el armiño y el lamé y paré mucho tiempo en los del Once donde siempre estaban listas con su servicio las polacas. Todos esos lugares habrían de extenderse hacia los cuatro puntos cardinales. Al decir de uno de los fundadores: satisfarían y cumplirían con una premisa social. La salud sexual. Una excusa para ejercer y regentear el negocio, falto de todo sentido de moral y ética, crudo y descarnado, rayano en la esclavitud por la forma de organización y sobre todo por el trato inhumano dado a las pupilas, atadas a un destino negro, sin horizonte feliz para ellas y un futuro sumergido en la neblina de la vida, oscuro como una cueva sin fin.
En los albores del XX y después de haber recorrido muchos salones de "música prostibularia", el tango se comenzó a adecentar con la intervención de las clases altas. Algunos se animaron como veteranos bailarines formando una comitiva de gente conocida; Villoldo, Ducase, López Buchardo, los Gobbi, el vasco Aín, bailarín de monta y otros se animaron a llevar la danza y la música a Francia. Detrás de ellos fui yo. No podía faltar. Imaginate que la Mistinguette lo llevó al escenario, y lo bailó. Volvimos para que la clase media lo aceptara allá por el trece e imponerlo definitivamente. Las composiciones que surgieron quedaron indeleblemente grabadas en mí como un signo intangible de esa época bella Campagne Tangó, El Marne, Germaine, Comme il Faut, Place Pigalle entre tantas. Allí conocí a Ninón, una francesita que ejercía la prostitución en un un Boliche de Montaparnasse, y me la traje para la Argentina. La hice laburar en un quilombo de La Recoleta y la alojé en un conventillo de Serrano 156, en Villa Crespo, que luego sería la capital del tango. Allí muy prontc quedó en el recuerdo de la barriada orillera conocida como "La Paloma", y Vacarezza , uno de los más grandes escritores de sainetes le daría forma y color. De allí mis pasos se dirigieron a una milonga pesada: el bailongo "Venturita" en la esquina de de Serrano y Triunvirato donde me topé con toda clase de personajes; guapos del arroyo, prostitutas venidas de todos lados, e proseguí mi camino de bailarín empedernido concurriendo asiduamente para marcar los compases cadenciosos del dos por cuatro abrazado eróticamente como lo marca la naturaleza del baile nacido en el suburbio, a la mina de turno al son del conjunto de Paquita Bernardo, la primera mujer bandoneonista con sus grandes maestros Pugliese, Maffia Servidio Vardaro y otros que lucían en el palco alto del lugar como Canaro, que hiciera sus primeras armas y que debía agacharse por el techo bajo para ejecutar con su violín, ya que el arco golpeaba contra el techo. Lo demás es conocido, mi deambular por las milongas del trocén me llevarían por cabarets de la época como el Chantecler, el Marabú el Empire, el Avión y a conocer las confiterías bailables que atraían a una muchachada ávida de gozar de esa época tanguera. Bailé en el Sans Soucí, en el Picadilly, en la Nobel, la Montecarlo; fui figura entre las minas laburantes que se acercaban a buscar un rato de esparcimiento y de allí pasé por los clubes para seguir bailando al son de las orquestas que le dieron un sello ilustre a esas horas tangueras que gozó nuestra ciudadnía hasta que el bugi el rock y otras danzas foráneas invadieran nuestro país para inundar de discos de pasta y programas radiales nuestros vivires de carne metidos hasta los huesos el son del ocho la quebrada y la sentada que aún persisten y no habrán de morir. Soy testigo.

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Algunos capítulos del libro de Jorge "La vida de mi padre"
De jugadores
La etapa del cooperativsmo
De periodistas y técnicos, vivos y muertos

Introducción
Era futbolistica, primera parte
Era futbolistica, segunda parte
Era futbolistica, tercera parte
Era futbolista, cuarta parte
Era futbolistica, quinta parte
Aquellos años felices
Donna Illeana

 

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