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JORGE
KOLBOWSKI REMEMORANDO
La
carta que nunca llegó
Jorge
Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito
de la publicación del libro sobre la vida y obra de su
padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio.
Imperdible.
Mi
eterno homenaje al libro que me emocionò casi hasta las lágrimas
De Muricio Rosencoff "Las cartas que nunca llegaron"
Estuve
en Montevideo, pocas veces lo hice. Porquè no lo habré hecho,
era sòlo tomarme el ferry y listo. Es una ciudad que me gusta,
todavía hoy mantiene el sabor de una urbe, sencilla y humilde,
tal vez me recuerde a La Plata a la que nunca volvì después
de haber estado allì hace muchos años. Alguien me condujo en
un extraño tour, impregnada de incógnitas, con el vehemente
deseo de hurgar en un pasado reciente. Esta fue un presidio
militar durante la última dictadura de la cual nuestra vecina
del Plata no quedarìa afuera. El motor del coche de nuestro
amigo comenzò a echar humo por lo que debimos detenernos para
tratar de tomar un taxi que nos llevase a destino. La noche
no acompañaba, pesados nubarrones oscurecían el cielo y los
relámpagos que se veían esporádicamente fulguraban en el horizonte.
Un sobrecogimiento invadiò mi cuerpo. Era invierno y yo tiritaba.
Por fín logramos que alguien nos llevara. Despuès de un intrincado
itinerario llegamos a destino. Mi improvisado quía me dijo después
de entrar al predio con alguna dificultad:- aquì dejaron su
vida muchos que se opusieron a los milicos-. Y entramos, estaba
oscuro, pero mi acompañante conocìa el lugar. Caminamos con
cierta dificultad por la construcciòn, luego una puerta chirriante,
una escalera difícil hacia un sótano que olía a pudriciòn por
el abandono. Con una linterna que largaba una tenue luz empezamos,
tropezando, a caminar. Ante nuestros ojos angostas puertas derruídas,
semiabiertas pude atisbar unos nichos. Mi acompañante me dijo:-Acà
estuvieron presos muchos tupamaros-. Entrè al primero que se
me ocurrió. Era un agujero de 2x150 mts.. Luego otro, luego
otro. Entré en otro, de repente encontré tirado un sobre mugriento,
descolorido. Se me ocurrió levantarlo. Lo abrì. Nada sin importancia.
Papelitos que parecían envoltorios de cigarillos. Recortes viejos
del diario "El País" salpicados con olor a excremento. Recortes
donde se titulaban "niños". Todos elementos que seguramente
era lo único que unía a su habitante con el mundo exterior al
que no se le permitía acceder, y finalmente una carta. La abrì.
Palabras en fonética idish muy caras a mis recuerdos comunes:
guefilte fish, ibebet, Eili Eili, Hatickva, pepinos en sal,
Jebl Katz, lactelej, cuentenik, plancha de bronce. Esa carta
llegaría a su destinatario ¿No pudo? Algo hablaba de tres pasos
cortos, media vuelta, otros tres pasos cortos. Leibu, Moishe,
Itzjuk, mamà, viejo. Esa carta nunca llegò. De pronto me dí
cuenta. Allí habìa estado el "tupa". Trece años
bajo tierra, el agujero sin luz, sin sol, sin cama, sin lectura,
sin música. Los judìos siempre fuimos considerados por muchos
una etnia de cobardes. La historia. La historia del eterno preso
es la más fuerte. Las vivencias, los recuerdos, el olor a cocina
judía igual permanecería flotando en ese sótano sombrío. Su
tenue visión borrosa aún permanece en ese lugar estrecho sin
poder salir para diluirse de una vez por todas en la eternidad.
No puede escapar, quedará allí como testigo intangible de años
de ignominia.
"La
carta que nunca llegó"
Del
refranero idish: Asoi bi filtsaj, asoi daf sain"
Vos sabés Mauricio, después de leer tu libro y emocionarme casi
hasta las lágrimas he notado que hay mucho de común entre ambos.
Nuestras raíces judías nos acercan a través de la ancha banda
del río marrón plateado. Mis padres. Mis padres como los tuyos
vinieron huyendo de los progroms. También nuestros abuelos.
Traían un bagaje de recuerdos aromatizados con un saturado y
penetrante olor a cocina judía en los días que raramente había
variedad. Era esa sopa humeante hecha con algo de verduras y
un pedazo de carne grasosa. Lo que abundaba eso sí, era el emparedado
de fiambre, lo más barato, con manteca o margarina. Nada más.
Ëramos seis y habitábamos una pieza, compartido el baño y la
cocina en un departamento antiguo en el cual había otras piezas
ocupadas por otros inquilinos. En ella también trabajaba mi
padre con sus únicas herramientas: un caballete y una mesita
podrida en el buen sentido de la palabra para su oficio de retocador
de retratos, análogo al de Mao Tsé Tung durante su exilio en
París. En casa también se hablaba de los fraints quedados en
Europa. Nunca recibimos una carta. El maldito nazi fascismo
se los habrìa de tragar. El vínculo cortado. No se hablaría
más.
Sabés Mauricio, nosotros arrastrábamos el sentimiento popular
traído con los bártulos en la tercera clase del vapor Alcántara
embarcados en Hamburgo . Ëramos como vos:"chichilistas". La
filosofía marxista anidaba en nuestros vivires diarios. Se hablaba
mucho, se activaba. Se luchaba. Se arriesgaba la vida. Pero
se respetaba la tradición, mi padre leía los salmos en los libros
en Pesaj y Rosh Hashaná. Como vos luchábamos desde el partido
comunista por ideales, sustentados en necesidades postergadas
de las clases necesitadas, alguno de nosotros padeció la cárcel,
lejos de lo cruel que fue la tuya, padecimos torturas, pero
sin olvidar el olor característico de los olores que se esparcían
sobre los aires de de nuestro barrio de Villa Crespo, el de
los progroms, el de los turcos y armenios.
Tanguero por excelencia. Sabés Mauricio, en ese mi barrio surgieron
músicos y compositores de primera como Pugliese, Maffia, los
hermanos Servidio, Berto, Paquita, la primera mujer bandoneonista,
Vardaro, Laurenz y otros. Intelectuales populares injustamente
olvidados que habrían de salir de aquella librería de Gleizer
en Triunvirato al trescientos: Marechal, César Tiempo, el loco
Fijman, Nicolás Olivari, los hnos Tuñón, el mismo Vacarezza
el negro Cele pintores de fuste como Soldi, Alice, creaban en
sus bohardillas obras imperecederas, mientras campeaba por las
plazas del guetto las imágenes del gran dirigente anarquista
Severino Di Giovanni y mi padre, el gran popular creaba cooperativas
(perdoname el alarde compadrón) formando un movimiento mutualista
con el fin de ayudar nada más y leìa los salmos en los libros
de oración en la nuestras festividades judías para luego dejar
una huella imborrable en el más popular de los deportes haciendo
grande al club Atlanta, reivindicando en la década del sesenta
la lucha de los clubes chicos contra los grandes, forjada en
las noches de estío tomando y chamuyando con todos los vagos
que se le acercaban hasta altas horas de la madrugada en la
barriada que olía impulsada por la brisa como debería ser ahora
en estos días, a guefilte fish y a lactalejs. Yo te digo Moishe,
todo lo que recordás en tu libro que me emociona me vienen a
la memoria los recuerdos de barrio, con sabor a conventillo.
La ideas sociabilizantes hoy han quedado en el pasado brumoso
y permanecerán in eternum en nuestros corazones. Si seguís creyendo
todavía hazmelo saber y entre el humo de algún cortado desearía
fervorosamente que nos juntemos en una de las mesas de algunos
de los fecas del rioba o en la modesta Montevideo, donde sea,
para que rememoremos asì frente a frente vos y yo imágenes tan
caras a nuestros corazones de aquellos que ya no están pero
que han llegado a nuestras orillas impulsados por un pensamiento
lírico en el cual hemos creído. Nos vemos.
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