AÑO X - NÚMERO 336 / Lunes 12 de abril de 2010

JORGE KOLBOWSKI REMEMORANDO
La carta que nunca llegó
Jorge Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito de la publicación del libro sobre la vida y obra de su padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio. Imperdible.

Mi eterno homenaje al libro que me emocionò casi hasta las lágrimas De Muricio Rosencoff "Las cartas que nunca llegaron"

Estuve en Montevideo, pocas veces lo hice. Porquè no lo habré hecho, era sòlo tomarme el ferry y listo. Es una ciudad que me gusta, todavía hoy mantiene el sabor de una urbe, sencilla y humilde, tal vez me recuerde a La Plata a la que nunca volvì después de haber estado allì hace muchos años. Alguien me condujo en un extraño tour, impregnada de incógnitas, con el vehemente deseo de hurgar en un pasado reciente. Esta fue un presidio militar durante la última dictadura de la cual nuestra vecina del Plata no quedarìa afuera. El motor del coche de nuestro amigo comenzò a echar humo por lo que debimos detenernos para tratar de tomar un taxi que nos llevase a destino. La noche no acompañaba, pesados nubarrones oscurecían el cielo y los relámpagos que se veían esporádicamente fulguraban en el horizonte. Un sobrecogimiento invadiò mi cuerpo. Era invierno y yo tiritaba. Por fín logramos que alguien nos llevara. Despuès de un intrincado itinerario llegamos a destino. Mi improvisado quía me dijo después de entrar al predio con alguna dificultad:- aquì dejaron su vida muchos que se opusieron a los milicos-. Y entramos, estaba oscuro, pero mi acompañante conocìa el lugar. Caminamos con cierta dificultad por la construcciòn, luego una puerta chirriante, una escalera difícil hacia un sótano que olía a pudriciòn por el abandono. Con una linterna que largaba una tenue luz empezamos, tropezando, a caminar. Ante nuestros ojos angostas puertas derruídas, semiabiertas pude atisbar unos nichos. Mi acompañante me dijo:-Acà estuvieron presos muchos tupamaros-. Entrè al primero que se me ocurrió. Era un agujero de 2x150 mts.. Luego otro, luego otro. Entré en otro, de repente encontré tirado un sobre mugriento, descolorido. Se me ocurrió levantarlo. Lo abrì. Nada sin importancia. Papelitos que parecían envoltorios de cigarillos. Recortes viejos del diario "El País" salpicados con olor a excremento. Recortes donde se titulaban "niños". Todos elementos que seguramente era lo único que unía a su habitante con el mundo exterior al que no se le permitía acceder, y finalmente una carta. La abrì. Palabras en fonética idish muy caras a mis recuerdos comunes: guefilte fish, ibebet, Eili Eili, Hatickva, pepinos en sal, Jebl Katz, lactelej, cuentenik, plancha de bronce. Esa carta llegaría a su destinatario ¿No pudo? Algo hablaba de tres pasos cortos, media vuelta, otros tres pasos cortos. Leibu, Moishe, Itzjuk, mamà, viejo. Esa carta nunca llegò. De pronto me dí cuenta. Allí habìa estado el "tupa". Trece años bajo tierra, el agujero sin luz, sin sol, sin cama, sin lectura, sin música. Los judìos siempre fuimos considerados por muchos una etnia de cobardes. La historia. La historia del eterno preso es la más fuerte. Las vivencias, los recuerdos, el olor a cocina judía igual permanecería flotando en ese sótano sombrío. Su tenue visión borrosa aún permanece en ese lugar estrecho sin poder salir para diluirse de una vez por todas en la eternidad. No puede escapar, quedará allí como testigo intangible de años de ignominia.

"La carta que nunca llegó"

Del refranero idish: Asoi bi filtsaj, asoi daf sain"
Vos sabés Mauricio, después de leer tu libro y emocionarme casi hasta las lágrimas he notado que hay mucho de común entre ambos. Nuestras raíces judías nos acercan a través de la ancha banda del río marrón plateado. Mis padres. Mis padres como los tuyos vinieron huyendo de los progroms. También nuestros abuelos. Traían un bagaje de recuerdos aromatizados con un saturado y penetrante olor a cocina judía en los días que raramente había variedad. Era esa sopa humeante hecha con algo de verduras y un pedazo de carne grasosa. Lo que abundaba eso sí, era el emparedado de fiambre, lo más barato, con manteca o margarina. Nada más. Ëramos seis y habitábamos una pieza, compartido el baño y la cocina en un departamento antiguo en el cual había otras piezas ocupadas por otros inquilinos. En ella también trabajaba mi padre con sus únicas herramientas: un caballete y una mesita podrida en el buen sentido de la palabra para su oficio de retocador de retratos, análogo al de Mao Tsé Tung durante su exilio en París. En casa también se hablaba de los fraints quedados en Europa. Nunca recibimos una carta. El maldito nazi fascismo se los habrìa de tragar. El vínculo cortado. No se hablaría más.
Sabés Mauricio, nosotros arrastrábamos el sentimiento popular traído con los bártulos en la tercera clase del vapor Alcántara embarcados en Hamburgo . Ëramos como vos:"chichilistas". La filosofía marxista anidaba en nuestros vivires diarios. Se hablaba mucho, se activaba. Se luchaba. Se arriesgaba la vida. Pero se respetaba la tradición, mi padre leía los salmos en los libros en Pesaj y Rosh Hashaná. Como vos luchábamos desde el partido comunista por ideales, sustentados en necesidades postergadas de las clases necesitadas, alguno de nosotros padeció la cárcel, lejos de lo cruel que fue la tuya, padecimos torturas, pero sin olvidar el olor característico de los olores que se esparcían sobre los aires de de nuestro barrio de Villa Crespo, el de los progroms, el de los turcos y armenios.
Tanguero por excelencia. Sabés Mauricio, en ese mi barrio surgieron músicos y compositores de primera como Pugliese, Maffia, los hermanos Servidio, Berto, Paquita, la primera mujer bandoneonista, Vardaro, Laurenz y otros. Intelectuales populares injustamente olvidados que habrían de salir de aquella librería de Gleizer en Triunvirato al trescientos: Marechal, César Tiempo, el loco Fijman, Nicolás Olivari, los hnos Tuñón, el mismo Vacarezza el negro Cele pintores de fuste como Soldi, Alice, creaban en sus bohardillas obras imperecederas, mientras campeaba por las plazas del guetto las imágenes del gran dirigente anarquista Severino Di Giovanni y mi padre, el gran popular creaba cooperativas (perdoname el alarde compadrón) formando un movimiento mutualista con el fin de ayudar nada más y leìa los salmos en los libros de oración en la nuestras festividades judías para luego dejar una huella imborrable en el más popular de los deportes haciendo grande al club Atlanta, reivindicando en la década del sesenta la lucha de los clubes chicos contra los grandes, forjada en las noches de estío tomando y chamuyando con todos los vagos que se le acercaban hasta altas horas de la madrugada en la barriada que olía impulsada por la brisa como debería ser ahora en estos días, a guefilte fish y a lactalejs. Yo te digo Moishe, todo lo que recordás en tu libro que me emociona me vienen a la memoria los recuerdos de barrio, con sabor a conventillo.
La ideas sociabilizantes hoy han quedado en el pasado brumoso y permanecerán in eternum en nuestros corazones. Si seguís creyendo todavía hazmelo saber y entre el humo de algún cortado desearía fervorosamente que nos juntemos en una de las mesas de algunos de los fecas del rioba o en la modesta Montevideo, donde sea, para que rememoremos asì frente a frente vos y yo imágenes tan caras a nuestros corazones de aquellos que ya no están pero que han llegado a nuestras orillas impulsados por un pensamiento lírico en el cual hemos creído. Nos vemos.

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Algunos capítulos del libro de Jorge "La vida de mi padre"
De jugadores
La etapa del cooperativsmo
De periodistas y técnicos, vivos y muertos

Introducción
Era futbolistica, primera parte
Era futbolistica, segunda parte
Era futbolistica, tercera parte
Era futbolista, cuarta parte
Era futbolistica, quinta parte
Aquellos años felices
Donna Illeana
Recuerdos de un milonguero

 

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