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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
La
tercera dorada
POR
ENRIQUE MARTIN
La
famosa Tercera de 1965, aquella a la que quienes vivían
cerca de la cancha iban a ver, luego se marchaban a sus
casas para almorzar mientras jugaba la Reserva, para después
volver al estadio a ver la Primera. Parados, de izq. a
der.: Abel Pérez, Miguel Bertani, Héctor Galíndez, ?,
Juan Manuel Vizoso, Santos Escobar, Carlos de la Iglesia,
? Agachados: ?, Cittadino, Norberto Madurga (capitán),
Carlos Pazos, Eduardo Lendoiro (subcapitán) y Ricardo
Lima. (Gentileza Edgardo Imas.)
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Los
pibes del barrio se acostaban tarde los sábados. Digamos entre
cinco y seis de la mañana, después de fatigar los bailes de
la zona, esencialmente el del Villa Crespo, donde hoy reina
un insípido Megatlon para pelear con el estrés y los rollos
que antes no le interesaban a nadie. Los pibes del barrio, igual,
se levantaban antes de las once los domingos, a la hora en que
hoy sus primos posmodernos arriban de sus excesos iniciados
después de las tres, o quizás más tarde.
Y
saltaban de la cama para cumplir con un ritual que duró un turno
bastante largo, allá por los finales de la década del sesenta.
Es que Atlanta había conformado una vez más un equipito de tercera
división que era el orgullo bohemio y la envidia futbolera general.
Jugaban de memoria para los madrugadores de la popular de Muñecas
y para los exigentes ajenos que miraban canal 7 en blanco y
negro mientras le daban al Cinzano, al Fernet, a las papitas
fritas y a la longaniza, en la mística infaltable del vermouth
dominguero bien porteño.
Más
allá de la suerte de la primera división por aquel tiempo, o
de la Reserva plagada de veteranos, la tercera de lujo te llenaba
los ojos y le llenaba la canasta al que cuadrase, después de
pegarle un baile mucho más interesante, a veces, que las noches
danzantes sabatinas. Si planchabas en la baldosa o el parquet,
Atlanta de devolvía la postura unas horas después, con coreografías
de todos los ritmos sobre una pista verdolaga de 105 x 70.
A
la hora del recuerdo, aquí van los habituales titulares de la
tercera de oro, alineados y recitados como se hacía en aquellos
tiempos: BERTANI, ABEL PÉREZ y GALÍNDEZ; ESCOBAR, DE LA IGLESIA
y VIZOSO; CITTADINO, MADURGA, PAZOS, LENDOIRO y LIMA.
De
los once mencionados, sólo el Chiche De la Iglesia, un formidable
centromedio proveniente de Deportivo Riestra, jugó luego varios
años como titular en primera. Los otros pasaron y siguieron,
en especial los dos más exitosos, Abel Pérez y Norberto Madurga,
quienes aterrizaron en Boca en una operación múltiple de las
que Atlanta solía concretar habitualmente. Pérez fue luego campeón
de primera con Chacarita (1969) y del Muñeco, qué podríamos
agregar, si fue un tremendo ídolo boquense, al punto de opacar
al mismísimo Rattín, con su calidad y su talento incomparables,
y con una fama que hasta le organizó el casamiento en la vieja
Confitería del Molino, desde donde el centromedio goleador y
su joven esposa Lela saludaron al cholulismo sesentista, en
medio de serpentinas y cohetes.
Nos
enteramos de la muerte de Bertani y recordamos a un Vizoso que
no cuajó en el fútbol grande. Evocamos también la habilidad
corredora de Cittadino, y por supuesto la magia de la dupla
Pazos-Lendoiro, en especial el exquisito pie del segundo, a
quien hemos escuchado citar en inverosímiles charlas de café
de cualquier barrio, a cualquier hora, donde y cuando los fantasmas
de la memoria no tienen camiseta ni color, pero responden mansitos
a la sensibilidad y al placer por lo bueno. Lo mismo ocurrió
con Rojitas en Boca o con las Carasucias Cuervos. Pero estos
atorrantes eran nuestros. Y entonces obligaban al extraño recorrido
dominguero, a fuerza de tacos, caños y rabonas. De casa a la
cancha, de la cancha a los ravioles, y de vuelta a la cancha
para alentar a la primera. Y si perdíamos, ya teníamos la panza
llena. De la buena pasta y del fútbol tempranero tercerista
¡Salute!
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