AÑO X - NÚMERO 338 / Lunes 26 de abril de 2010

JORGE KOLBOWSKI REMEMORANDO
Perfumes de ayer
Jorge Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito de la publicación del libro sobre la vida y obra de su padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio. Imperdible.

"Deja ya de engañarte. Eres la causa de ti mismo,de tu tristeza, de tu necesidad, de tu dolor, de tu fracaso o de tus éxitos, alegría y paz."
Jorge Santamaría

En lo de María la Basca, sobre Carlos Calvo, no me hubiera conmovido si todo entonces fuese como ahora. Detrás de ese frente remozado de casa antigua bien cuidada con el monograma en bajorrelieve sobre el dintel de la puerta que ostenta las iniciales: LB pasearon su fina estampa dos afamados bailarines: María Roncallo y su compañero Carlos Kern el inglés. Un ruido ensordecedor de jolgorio y luces encandilantes me traen las imágenes bulliciosas de bailongo y puterío. Ahí nomás el sucucho o fondín de Carlitos también sobre Carlos Calvo sobrecoge, todo está como era entonces. El estaño, los estantes que se vienen abajo llenos de botellas de marcas desaparecidas. La fonola de chapa que aún suena al posar la púa de acero sobre el disco de vinilo. No hay que olvidarse de darle cuerda primero. Algunas cajas registradoras, de madera. Una escupidera engrampada en un clavo cualquiera y un cartel que dice": Prohibido entrar con chambergo y con revólver".
El local tendrá 3,50x2,20mts. Me cuesta creer que en ese espacio tan reducido ocupado parcialmente de muebles viejos hayan dejado su marca indeleble los pasos quebrados del Cívico y La Moreira. En la tenue penumbra del local pésimamente iluminado permanece flotando la imagen de la bailarina que supo vengar la muerte de su compañero asesinado. El piso seguramente sería de tierra. Dónde se habrán iniciado los primeros bailarines de tango. En Barracas al Sur. Pero hubo otro sitio, muy familiar para mí en el cual transcurrieron vivencias intensas de mi pasar juvenil y romántico, colmado de pasiones de todo tipo que habrían de dejar un sabor dulce en mi paladar.
Toda mi vida viví en Villa Crespo, en su momento barriada de suburbio, de taitas y entreveros, de lumpens y compadritos, de reos y de rusos como decía el otro "Tano Genaro" desde el tablado del Victoria del tano Rossini, escupiendo por los espacios vacíos de los dientes que le faltaban.
Nunca me pude encontrar con mi tocayo Jorge Luis (Borges) cuando iba a pescar al Maldonado.
Solía ir a observar el entrenamiento de los púgiles en el ring que había instalado el negro Cele (Celedonio Flores) ahí, cerquita de casa por Camargo y Lavalleja, porque el boxeador trocó su destino pugilístico por el de poeta escribidor de los sonetos tangueros más bellos en una oscura mesa del bar "La Pura" en Corrientes y Serrano.
Con el "varón del tango" ("Julio Sosa") tuve un encuentro causal en el subte llegando a Dorrego y pudimos entablar algunas palabras que estableció entre nosotros una corriente de simpatía luego de lo cual me animó a ser asiduo concurrente de sus incursiones nocturnas al copetín "El Atlántico" en Corrientes casi paradero Chacarita, siempre con su infaltable guitarra en la mano y una copa de vino en la otra para regalarnos el disfrute de los tangos clásicos de todas las épocas, siempre después de las 0hs.
Con el "troesma"(Osvaldo Pugliese) nos unía la proximidad barrial y la afinidad política amén de las noches interminables de milonga en las cuales nos deleitaba con su eterno batallón de maestros y cantantes de fuste afilados al mango.
Ëramos habitantes eternos del barrio que nunca abandonaríamos.
Con el gran Augusto Pedro Berto de la Guardia Vieja y autor de "La Oración" y "La Payanca" no nos pudimos cruzar nunca a pesar de que jugué durante años en la vereda de su casa de la calle Darwin, a pasitos de Corrientes.
A La Paloma de Vacarezza, la del "Conventillo" tampoco la pude conocer aunque supongo que su espíritu vaga de noche en el apretado pasillo de Serrano 156, habitado por duendes y gente de carne y hueso en las abigarradas habitaciones que aún lucha por sobrevivir a la piqueta, estima de nuestra época globalizada. Lo hubiera tratado de conocer a Marechal si me habrían informado de su existencia en Villa Crespo. Todos los sitios del "Megafón y la guerra" en nuestro barrio me son completamente familiares ya que he jugado de niño frente a ellos, el Boxing Club de Villa Crespo en especial. Era una pequeña y mal entrazada casa sobre Padilla a pocos mts. del pasaje Cañuelas. Nunca quise entrar pués, no lo niego, me producía cierto escozor ver su aspecto de construcción envejecida totalmente por el pasar del tiempo inexorable.. Pensar que en otros momentos estalló allí el griterío de la multitud abigarrada frente al ring colocado en el patio trasero donde los pupilos de muchos preparadores habrían de encender las pasiones fervorosas de los amantes del boxeo y del cual, Marechal, era un ferviente admirador. La zona tenía una cualidad: cuando llovía había que rajar presurosamente pues se inundaba 1,80mts. Gracias al aporte del desborde del arroyo entubado en la década del treinta. Si te descuidabas te tenían que sacar en bote arrastrado noblemente por la gentileza del cuartel de bomberos de la 27ª. Nuestro enfrentamiento cotidiano con los esbirros era epopéyico.
Siempre jugábamos a la pelota en la calle, esto es en Thames y Camargo. El adminículo de turno podía ser de trapo, de papel o simplemente una goma pinchada y a veces rajada debido a la asiduidad con que habían pasado por encima cualquier tipo de vehículos.
El espectáculo propiamente dicho comenzaba cuando a la vuelta de la esquina aparecía el gusano elétrico con aspecto de vehículo policial. Un Packard 34, o un Ford, descapotables.
El grito de guerra era:"¡La cana!". Y comenzaba el desbande general. De los coches salían unos seres increíbles: polainas de cuero duro, saco beige deslucido con cinturón y gorra de conductor de tranvía. Todos con sus mostachos horrorosos y el palo o macana en la mano. Era difícil zafar. Los tipos te lo tiraban entre las piernas con una precisión digna de los mejores arqueros de la edad media y tu alma iba a dar estrepitosamente sobre el empedrado. Nosotros tratábamos de hacer fracasar la acometida y al grito estentóreo de:¡Muchachos, la talope!", alguien se encargaba de desaparecerla. Chuecos y barrigones . El lope bien largo que salía enroscado como una banana debajo de la gorra y la barba crecidita. Eran los guardianes del orden.
La cita con los yiros en el departamento del gordo Ovadía era fija e imperdible, y la cola interminable. La mina totalmente desnuda en la cama donde dormía el gordo era plena imagen goyesca. Esperaba y nuestro paso por la habitación era muy escueto. Entrábamos y salíamos como tiro. Terminaba con nosotros enseguida. El personaje del sargento Rodríguez de la comisaría XXVll , citado en el libro me trae malos recuerdos, la misma se hallaba en el mismo lugar que hoy, en la calle Corrientes y Malabia, pero era un chalet de estilo.
Yo ya había abandonado la actividad partidaria y renegado de la idea socializante pero quiso la mala fortuna que un tira nos sorprendiera frente al café San Bernardo con un par de bonos de la campaña financiera del partido.. Era el año del Libertador General San Martín,1950, durante la primera presidencia de Perón. Yo contaba a la sazón 17 años. La cuestión es que el mencionado paquidermo nos llevó a la comisaría y ahí, entre todos los canas me dieron una paliza de órdago, amén de chuparme 30 días en Devoto(que tuve que cumplir) por "mendicidad y vagancia", constando en nuestros anales que un menor de 18 años no podía ir preso a Devoto. De cualquier manera previo paso por la ESPE(sección especial de la policía) en los altos de la Vlll , allí en Urquiza al 300,donde me volvieron a dar la biaba fui a parar al cuadro V, todo para presos políticos y plagado de personajes.
Lindos tiempos de mi juventud, salpicados de pasiones políticas, amores juveniles y reuniones vespertinas infaltables en la esquina de Camargo y Serrano, mal alumbrados por la luz mortecina del farol que pendía en la intersección de las calles el cual se mecía con todas las brisas arrojando sombras cambiantes sobre la ochava, pero con un deseo de permanencia constante que nos impelía a concurrir todas las tardes al mismo lugar.
¿Hablar de qué? Debíamos estar. Esa era la premisa que nos ataba. Un lazo invisible nos unía. Era la religión "de la esquina", ese monumento al barrio que ha luchado eternamente por no desaparecer. Presente por los siglos de los siglos.

Nunca olvidaré la silueta del poeta sentado en una mesa frente a la ventana del bar Franco en Gurruchaga entre Corrientes y Camargo tomando su eterno cafecito. Apenas a dos cuadras la manzana inmunda de "La Federal", una curtiembre resabio del siglo XlX, nido de ratas monstruosas que se metían en nuestras casas durante sus correrías nocturnas y agujero emanador de los olores más pestilente inimaginables. Hubiera deseado conocer su actividad como bibliotecario en la biblioteca Juan Bautista Alberdi de la calle Camargo donde no puedo imaginarme su ubicación. También sería un gozo eterno haber estado presente en las tertulias diarias en la librería de Gleizer, en Corrientes entre Cánning y Malabia y escuchar las conversaciones entre esos grandes de la literatura popular: César Tiempo, Ilya Krupkin con su eterna taza de chocolate en la mano, el poeta loco Bernardo Fijman , residente temporario del Borda, los Gonzalez Tuñón, Vacarezza, Nicolás Olivari y otros.
Era sabor y olor a barrio.
Inolvidable permanece indeleble en nuestros pensamientos y en nuestros corazones.

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Algunos capítulos del libro de Jorge "La vida de mi padre"
De jugadores
La etapa del cooperativsmo
De periodistas y técnicos, vivos y muertos

Introducción
Era futbolistica, primera parte
Era futbolistica, segunda parte
Era futbolistica, tercera parte
Era futbolista, cuarta parte
Era futbolistica, quinta parte
Aquellos años felices
Donna Illeana
Recuerdos de un milonguero
La carta que nunca llegó
La llamaban Ninón

 

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