|
JORGE
KOLBOWSKI REMEMORANDO
Perfumes
de ayer
Jorge
Kolbowski, hijo del Gran León, luego del éxito
de la publicación del libro sobre la vida y obra de su
padre, sigue creando y rememorando sobre el club y el barrio.
Imperdible.
"Deja
ya de engañarte. Eres la causa de ti mismo,de tu tristeza, de
tu necesidad, de tu dolor, de tu fracaso o de tus éxitos, alegría
y paz."
Jorge Santamaría
En
lo de María la Basca, sobre Carlos Calvo, no me hubiera conmovido
si todo entonces fuese como ahora. Detrás de ese frente remozado
de casa antigua bien cuidada con el monograma en bajorrelieve
sobre el dintel de la puerta que ostenta las iniciales: LB pasearon
su fina estampa dos afamados bailarines: María Roncallo y su
compañero Carlos Kern el inglés. Un ruido ensordecedor de jolgorio
y luces encandilantes me traen las imágenes bulliciosas de bailongo
y puterío. Ahí nomás el sucucho o fondín de Carlitos también
sobre Carlos Calvo sobrecoge, todo está como era entonces. El
estaño, los estantes que se vienen abajo llenos de botellas
de marcas desaparecidas. La fonola de chapa que aún suena al
posar la púa de acero sobre el disco de vinilo. No hay que olvidarse
de darle cuerda primero. Algunas cajas registradoras, de madera.
Una escupidera engrampada en un clavo cualquiera y un cartel
que dice": Prohibido entrar con chambergo y con revólver".
El local tendrá 3,50x2,20mts. Me cuesta creer que en ese espacio
tan reducido ocupado parcialmente de muebles viejos hayan dejado
su marca indeleble los pasos quebrados del Cívico y La Moreira.
En la tenue penumbra del local pésimamente iluminado permanece
flotando la imagen de la bailarina que supo vengar la muerte
de su compañero asesinado. El piso seguramente sería de tierra.
Dónde se habrán iniciado los primeros bailarines de tango. En
Barracas al Sur. Pero hubo otro sitio, muy familiar para mí
en el cual transcurrieron vivencias intensas de mi pasar juvenil
y romántico, colmado de pasiones de todo tipo que habrían de
dejar un sabor dulce en mi paladar.
Toda mi vida viví en Villa Crespo, en su momento barriada de
suburbio, de taitas y entreveros, de lumpens y compadritos,
de reos y de rusos como decía el otro "Tano Genaro" desde el
tablado del Victoria del tano Rossini, escupiendo por los espacios
vacíos de los dientes que le faltaban.
Nunca me pude encontrar con mi tocayo Jorge Luis (Borges) cuando
iba a pescar al Maldonado.
Solía ir a observar el entrenamiento de los púgiles en el ring
que había instalado el negro Cele (Celedonio Flores) ahí, cerquita
de casa por Camargo y Lavalleja, porque el boxeador trocó su
destino pugilístico por el de poeta escribidor de los sonetos
tangueros más bellos en una oscura mesa del bar "La Pura" en
Corrientes y Serrano.
Con el "varón del tango" ("Julio Sosa") tuve un encuentro causal
en el subte llegando a Dorrego y pudimos entablar algunas palabras
que estableció entre nosotros una corriente de simpatía luego
de lo cual me animó a ser asiduo concurrente de sus incursiones
nocturnas al copetín "El Atlántico" en Corrientes casi paradero
Chacarita, siempre con su infaltable guitarra en la mano y una
copa de vino en la otra para regalarnos el disfrute de los tangos
clásicos de todas las épocas, siempre después de las 0hs.
Con el "troesma"(Osvaldo Pugliese) nos unía la proximidad barrial
y la afinidad política amén de las noches interminables de milonga
en las cuales nos deleitaba con su eterno batallón de maestros
y cantantes de fuste afilados al mango.
Ëramos habitantes eternos del barrio que nunca abandonaríamos.
Con el gran Augusto Pedro Berto de la Guardia Vieja y autor
de "La Oración" y "La Payanca" no nos pudimos cruzar nunca a
pesar de que jugué durante años en la vereda de su casa de la
calle Darwin, a pasitos de Corrientes.
A La Paloma de Vacarezza, la del "Conventillo" tampoco la pude
conocer aunque supongo que su espíritu vaga de noche en el apretado
pasillo de Serrano 156, habitado por duendes y gente de carne
y hueso en las abigarradas habitaciones que aún lucha por sobrevivir
a la piqueta, estima de nuestra época globalizada. Lo hubiera
tratado de conocer a Marechal si me habrían informado de su
existencia en Villa Crespo. Todos los sitios del "Megafón y
la guerra" en nuestro barrio me son completamente familiares
ya que he jugado de niño frente a ellos, el Boxing Club de Villa
Crespo en especial. Era una pequeña y mal entrazada casa sobre
Padilla a pocos mts. del pasaje Cañuelas. Nunca quise entrar
pués, no lo niego, me producía cierto escozor ver su aspecto
de construcción envejecida totalmente por el pasar del tiempo
inexorable.. Pensar que en otros momentos estalló allí el griterío
de la multitud abigarrada frente al ring colocado en el patio
trasero donde los pupilos de muchos preparadores habrían de
encender las pasiones fervorosas de los amantes del boxeo y
del cual, Marechal, era un ferviente admirador. La zona tenía
una cualidad: cuando llovía había que rajar presurosamente pues
se inundaba 1,80mts. Gracias al aporte del desborde del arroyo
entubado en la década del treinta. Si te descuidabas te tenían
que sacar en bote arrastrado noblemente por la gentileza del
cuartel de bomberos de la 27ª. Nuestro enfrentamiento cotidiano
con los esbirros era epopéyico.
Siempre jugábamos a la pelota en la calle, esto es en Thames
y Camargo. El adminículo de turno podía ser de trapo, de papel
o simplemente una goma pinchada y a veces rajada debido a la
asiduidad con que habían pasado por encima cualquier tipo de
vehículos.
El espectáculo propiamente dicho comenzaba cuando a la vuelta
de la esquina aparecía el gusano elétrico con aspecto de vehículo
policial. Un Packard 34, o un Ford, descapotables.
El grito de guerra era:"¡La cana!". Y comenzaba el desbande
general. De los coches salían unos seres increíbles: polainas
de cuero duro, saco beige deslucido con cinturón y gorra de
conductor de tranvía. Todos con sus mostachos horrorosos y el
palo o macana en la mano. Era difícil zafar. Los tipos te lo
tiraban entre las piernas con una precisión digna de los mejores
arqueros de la edad media y tu alma iba a dar estrepitosamente
sobre el empedrado. Nosotros tratábamos de hacer fracasar la
acometida y al grito estentóreo de:¡Muchachos, la talope!",
alguien se encargaba de desaparecerla. Chuecos y barrigones
. El lope bien largo que salía enroscado como una banana debajo
de la gorra y la barba crecidita. Eran los guardianes del orden.
La cita con los yiros en el departamento del gordo Ovadía era
fija e imperdible, y la cola interminable. La mina totalmente
desnuda en la cama donde dormía el gordo era plena imagen goyesca.
Esperaba y nuestro paso por la habitación era muy escueto. Entrábamos
y salíamos como tiro. Terminaba con nosotros enseguida. El personaje
del sargento Rodríguez de la comisaría XXVll , citado en el
libro me trae malos recuerdos, la misma se hallaba en el mismo
lugar que hoy, en la calle Corrientes y Malabia, pero era un
chalet de estilo.
Yo ya había abandonado la actividad partidaria y renegado de
la idea socializante pero quiso la mala fortuna que un tira
nos sorprendiera frente al café San Bernardo con un par de bonos
de la campaña financiera del partido.. Era el año del Libertador
General San Martín,1950, durante la primera presidencia de Perón.
Yo contaba a la sazón 17 años. La cuestión es que el mencionado
paquidermo nos llevó a la comisaría y ahí, entre todos los canas
me dieron una paliza de órdago, amén de chuparme 30 días en
Devoto(que tuve que cumplir) por "mendicidad y vagancia", constando
en nuestros anales que un menor de 18 años no podía ir preso
a Devoto. De cualquier manera previo paso por la ESPE(sección
especial de la policía) en los altos de la Vlll , allí en Urquiza
al 300,donde me volvieron a dar la biaba fui a parar al cuadro
V, todo para presos políticos y plagado de personajes.
Lindos tiempos de mi juventud, salpicados de pasiones políticas,
amores juveniles y reuniones vespertinas infaltables en la esquina
de Camargo y Serrano, mal alumbrados por la luz mortecina del
farol que pendía en la intersección de las calles el cual se
mecía con todas las brisas arrojando sombras cambiantes sobre
la ochava, pero con un deseo de permanencia constante que nos
impelía a concurrir todas las tardes al mismo lugar.
¿Hablar de qué? Debíamos estar. Esa era la premisa que nos ataba.
Un lazo invisible nos unía. Era la religión "de la esquina",
ese monumento al barrio que ha luchado eternamente por no desaparecer.
Presente por los siglos de los siglos.
Nunca
olvidaré la silueta del poeta sentado en una mesa frente a la
ventana del bar Franco en Gurruchaga entre Corrientes y Camargo
tomando su eterno cafecito. Apenas a dos cuadras la manzana
inmunda de "La Federal", una curtiembre resabio del siglo XlX,
nido de ratas monstruosas que se metían en nuestras casas durante
sus correrías nocturnas y agujero emanador de los olores más
pestilente inimaginables. Hubiera deseado conocer su actividad
como bibliotecario en la biblioteca Juan Bautista Alberdi de
la calle Camargo donde no puedo imaginarme su ubicación. También
sería un gozo eterno haber estado presente en las tertulias
diarias en la librería de Gleizer, en Corrientes entre Cánning
y Malabia y escuchar las conversaciones entre esos grandes de
la literatura popular: César Tiempo, Ilya Krupkin con su eterna
taza de chocolate en la mano, el poeta loco Bernardo Fijman
, residente temporario del Borda, los Gonzalez Tuñón, Vacarezza,
Nicolás Olivari y otros.
Era sabor y olor a barrio.
Inolvidable permanece indeleble en nuestros pensamientos y en
nuestros corazones.
Volver
a inicio>>>
|
|