AÑO X - NÚMERO 350 / Lunes 19 de julio de 2010

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
¡Se va la primera!
POR ENRIQUE MARTIN

Todos los inicios de campeonato son una nueva aventura, un sueño por cumplir, un regalo envuelto que no sabemos qué contiene; qué sorpresas deparará. Y alguna vez, sin duda, vendrá un premio mayor, que ahora sería un ascenso, y que alguna vez quiso ser y no fue un título de primera división. Como en todas las cosas, en esto también la memoria es esquiva y caprichosa. Recordamos un poco de todo, retazos, saldos y hasta residuos del pasado lejano y del pasado reciente. Puestos a evocar, con la clave apuntado al ícono "primera fecha", el tropel de sensaciones trae una ensalada de alegrías y de puteadas largas. Hay de todos los colores, sin orden, como siempre nos corresponde, y con la disculpa apresurada por los errores que pudieran colarse en el recuento.

El tremendo sacudón de aquellos veintemil penales en la final del 82 con Temperley, que lamentablemente vuelve y revuelve, nos depositó sin embargo en la fe de un pronto desquite. Y aquella jornada inicial de la B en 1983, queremos creer, fue un emocionante triunfo sobre Deportivo Italiano (o Sportivo, bah) tal vez 3-2 en la canchita de Argentinos, cuando era canchita de tablones. Ahí arrancamos, y no paramos hasta el ascenso con Lorenzo. Esa tarde, curiosamente, había mucha gente esperanzada, pese a la aún tibia chambonada de Hrabina.

Como corresponde a tipos que suman unos cuantos pirulines, nos acordamos mejor de una primera fecha más lejana, en la A, y en 1970. Y nos vemos sobre otros tablones, los de la desaparecida cancha de Quilmes, la tarde del inolvidable 5-3 con los tres goles del debut de Rubén Cano (y el de Gómez Voglino) en el sufrido arco de un jovencito Pato Fillol.

Una estación más cerca en el tiempo, y ahí estamos en la cima de la vieja tribuna visitante de Independiente, un raro viernes vespertino, orejeando que ese año Atlanta haría la mejor campaña de su historia. Bueno, eso era lo que pensábamos en todos los arranques. Pero esa vez acertamos y casi cobramos el bingo completo. Fue en el Nacional de 1973, y fue un resonante triunfo 3-1 contra los Rojos. Éramos pocos, un puñado, pero a la semana siguiente nos multiplicamos en la fe.

Otra nublada tarde anterior, en el 68, y siempre en primera, llegamos a la cabecera local de Muñecas (que nunca debió dejar de serlo) con las ilusiones del puntapié inicial. Y lo recibimos en el que tejedi. Fue el espantoso estreno del morocho centrodelantero uruguayo Alves de Souza, goleador de la B en Excursionistas, y nos comimos un memorable baile 1-5 contra los Matadores de San Lorenzo, que en ese torneo se convertirían en el primer campeón invicto del fútbol argentino.

Si la cabeza contribuye (vaya a saber a esta altura del escrito cuántos furcios nos comimos…) un año después -69- debutamos en la Bombonera, con los tres obsequios que Rosario Central nos envió como parte de pago de Biasutto. Dos horribles defensores como Rogelio Poncini (luego inevitable ayudante de Menotti) y un tal Ainza, pero también el gordo de Navidad impensado de un arquero que casi no tuvo parangón. Ese día perdimos con los Bosteros, pero Daniel Carnevali (que de él se trata) atajó viento, marea y terremoto. Un monumento al guardapalos. Festejamos cómo un triunfo aquella espectacular actuación de un tipo que había juntado orín cinco años como suplente del Gato Andrada. Y fue nuestro sólo un año. Hasta su regreso en la veteranía del 84.

Para el postre, la primera fecha más vieja que recordamos con la garganta infantil partida en mil pedazos. Teníamos diez años de edad, y otra vez en la Bombonera. A los diez minutos el brasileño Valentim y su troupe nos tenía 0-2 contra las cuerdas. Pero ocurrió uno de los tantos milagros que nos hicieron de Atlanta para toda la vida (hubo algunos antes de ese 1964). El partido terminó 4-2 para los bohemios, por Timoteo Griguol, Puchero Domínguez y la mar en coche. Cuando salimos de la cancha comimos lupines y un cacho de aquella impagable pizza fría que se fue a dormir con los recuerdos.

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Enrique Martín

El autor
Enrique Martín tiene 57 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

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