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ENRIQUE
MARTIN, DE MEMORIA
¡Se
va la primera!
POR
ENRIQUE MARTIN
Todos
los inicios de campeonato son una nueva aventura, un sueño por
cumplir, un regalo envuelto que no sabemos qué contiene; qué
sorpresas deparará. Y alguna vez, sin duda, vendrá un premio
mayor, que ahora sería un ascenso, y que alguna vez quiso ser
y no fue un título de primera división. Como en todas las cosas,
en esto también la memoria es esquiva y caprichosa. Recordamos
un poco de todo, retazos, saldos y hasta residuos del pasado
lejano y del pasado reciente. Puestos a evocar, con la clave
apuntado al ícono "primera fecha", el tropel de sensaciones
trae una ensalada de alegrías y de puteadas largas. Hay de todos
los colores, sin orden, como siempre nos corresponde, y con
la disculpa apresurada por los errores que pudieran colarse
en el recuento.
El
tremendo sacudón de aquellos veintemil penales en la final del
82 con Temperley, que lamentablemente vuelve y revuelve, nos
depositó sin embargo en la fe de un pronto desquite. Y aquella
jornada inicial de la B en 1983, queremos creer, fue un emocionante
triunfo sobre Deportivo Italiano (o Sportivo, bah) tal vez 3-2
en la canchita de Argentinos, cuando era canchita de tablones.
Ahí arrancamos, y no paramos hasta el ascenso con Lorenzo. Esa
tarde, curiosamente, había mucha gente esperanzada, pese a la
aún tibia chambonada de Hrabina.
Como
corresponde a tipos que suman unos cuantos pirulines, nos acordamos
mejor de una primera fecha más lejana, en la A, y en 1970. Y
nos vemos sobre otros tablones, los de la desaparecida cancha
de Quilmes, la tarde del inolvidable 5-3 con los tres goles
del debut de Rubén Cano (y el de Gómez Voglino) en el sufrido
arco de un jovencito Pato Fillol.
Una
estación más cerca en el tiempo, y ahí estamos en la cima de
la vieja tribuna visitante de Independiente, un raro viernes
vespertino, orejeando que ese año Atlanta haría la mejor campaña
de su historia. Bueno, eso era lo que pensábamos en todos los
arranques. Pero esa vez acertamos y casi cobramos el bingo completo.
Fue en el Nacional de 1973, y fue un resonante triunfo 3-1 contra
los Rojos. Éramos pocos, un puñado, pero a la semana siguiente
nos multiplicamos en la fe.
Otra
nublada tarde anterior, en el 68, y siempre en primera, llegamos
a la cabecera local de Muñecas (que nunca debió dejar de serlo)
con las ilusiones del puntapié inicial. Y lo recibimos en el
que tejedi. Fue el espantoso estreno del morocho centrodelantero
uruguayo Alves de Souza, goleador de la B en Excursionistas,
y nos comimos un memorable baile 1-5 contra los Matadores de
San Lorenzo, que en ese torneo se convertirían en el primer
campeón invicto del fútbol argentino.
Si
la cabeza contribuye (vaya a saber a esta altura del escrito
cuántos furcios nos comimos…) un año después -69- debutamos
en la Bombonera, con los tres obsequios que Rosario Central
nos envió como parte de pago de Biasutto. Dos horribles defensores
como Rogelio Poncini (luego inevitable ayudante de Menotti)
y un tal Ainza, pero también el gordo de Navidad impensado de
un arquero que casi no tuvo parangón. Ese día perdimos con los
Bosteros, pero Daniel Carnevali (que de él se trata) atajó viento,
marea y terremoto. Un monumento al guardapalos. Festejamos cómo
un triunfo aquella espectacular actuación de un tipo que había
juntado orín cinco años como suplente del Gato Andrada. Y fue
nuestro sólo un año. Hasta su regreso en la veteranía del 84.
Para
el postre, la primera fecha más vieja que recordamos con la
garganta infantil partida en mil pedazos. Teníamos diez años
de edad, y otra vez en la Bombonera. A los diez minutos el brasileño
Valentim y su troupe nos tenía 0-2 contra las cuerdas. Pero
ocurrió uno de los tantos milagros que nos hicieron de Atlanta
para toda la vida (hubo algunos antes de ese 1964). El partido
terminó 4-2 para los bohemios, por Timoteo Griguol, Puchero
Domínguez y la mar en coche. Cuando salimos de la cancha comimos
lupines y un cacho de aquella impagable pizza fría que se fue
a dormir con los recuerdos.
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