| 20/3/02 - EDITORIAL SENTIMIENTO BOHEMIO |
| Nunca un sábado en Villa Crespo |
| Un tercio de partidos jugados en días de semana o bien fuera de Villa Crespo, inversiones en el orden del fixture original. Atlanta no sólo debe batallar contra el promedio y el pobre nivel futbolístico, sino también contra dichas circunstancias adversas. La responsabilidad de la Asociación del Fútbol Argentino como entidad rectora de ese deporte y organizadora de los torneos. |
| POR
EDGARDO IMAS
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Tarde de sábado en Villa Crespo. Hombres y mujeres, niños y ancianos, se dirigen hacia el León Kolbowsky, renovando, una vez más, sus esperanzas de volver a los planos superiores del fútbol nacional y su fidelidad por esos colores que aprendieron a querer de sus padres, sus abuelos o algún otro familiar, amigo o vecino. Tarde de sábado en Villa Crespo, y una postal tan característica en los últimas dos décadas, pero que últimamente parece estar desapareciendo. A fuerza de inhabilitaciones municipales fundadas en exigencias cuasi surrealistas, arbitrarias decisiones policiales respecto de la seguridad y del costo de los operativos, condiciones meteorológicas adversas y el caótico desarrollo de los torneos de Ascenso que organiza la AFA, un pesado silencio se abate sobre el cemento de la platea y los lignarios tablones del estadio, y se desparrama por el barrio, apenas quebrado últimamente por las pacíficas protestas de enojados vecinos e hinchas. En efecto, disputadas 30 fechas del presente Campeonato de Primera B, Atlanta jugó en 10 ocasiones en días distintos del sábado, la jornada por excelencia en que se llevan a cabo los certámenes de las diversas categorías de Ascenso del fútbol nacional desde hace varias décadas. Fueron exactamente 5 martes, 4 miércoles y 1 domingo, con el consiguiente perjuicio económico, ya que, obviamente, las recaudaciones son menores cuando se juega en jornadas y horarios laborables, sumándose a la merma de espectadores que ya de por sí originan la cada vez más crítica situación socioeconómica y, directamente relacionada con ésta, la violencia que rodea el fútbol. Por su parte, de 15 partidos jugados en condición de local, 6 los tuvo que disputar fuera de Villa Crespo, lo cual no sólo incide negativamente en las alicaídas arcas de nuestra institución por la disminución del público que concurre, sino también por lo que se debe abonar en concepto de alquiler por el escenario sustituto. Además se otorga en este caso una ventaja deportiva pues se termina jugando en una cancha neutral, si no directamente de visitante, como ocurrió hace pocos días con Deportivo Español. Asimismo, tenemos otro factor que influye en el aspecto deportivo: las variaciones del programa original de partidos; por ejemplo, inversiones en el orden de disputa de las fechas (en el presente certamen ya llevamos cuatro), partidos suspendidos que se llevan a cabo semanas más tarde, encuentros que se reprograman con menos de 48 horas de antelación -Atlanta frente a Deportivo Merlo y Deportivo Español-. De este modo, el fixture primigenio sufre alteraciones que pueden obligar a un club a jugar cuatro partidos seguidos de visitante o esa cantidad de encuentros en nueve días o bien a estar sin actividad durante tres semanas, todo lo cual conspira contra cualquier planificación y trabajo técnicos y físicos en un plantel. La lista de causas de las recurrentes postergaciones en los últimos torneos es tan larga como variada: a las ya citadas se agregan los paros de Futbolistas Argentinos Agremiados; magistrados mediáticos que pretenden frenar la violencia en las canchas suspendiendo los torneos; la caída y precipitada huida de un gobierno nacional (fecha del 22-12-2001). Sin embargo, esta situación anormal no es nueva sino que viene agudizándose desde hace tres temporadas aproximadamente, es decir, desde que Atlanta descendió de la Primera B Nacional a la B Metropolitana en 1998/1999. Fue en ese certamen que Atlanta jugó dos partidos como local en Deportivo Español (2-0 vs. Quilmes y 0-1 vs. Banfield). No obstante, las irregularidades pasaron a ser más frecuentes en los dos torneos siguientes. Así, en la primera temporada de regreso en la Primera B -1999/2000-, de un total de 35 partidos, 9 se jugaron en jornadas no sabatinas (4 domingos -2 de ellos matutinos-, 4 martes y 1 viernes), y en una ocasión se invirtió el orden previsto por el fixture; a su vez, de 18 partidos como local, 2 se llevaron a cabo en otra cancha, la de Español.. En el Campeonato siguiente, 2000/20001, se mantuvo la tendencia, con 8 fechas, sobre 38, disputadas en días distintos del sábado (4 martes, 3 miércoles y 1 domingo), y con dos con el orden alterado respecto del inicialmente programado, además de 3 partidos jugados en condición de local en el estadio España. Por otro lado, la presente temporada tiene el dudoso privilegio de ser la que en más veces Atlanta se vio impedido de hacer de local en su estadio, desde que éste fue inaugurado el 5 de junio de 1960. Durante todos estos años muy ocasionalmente ocurrieron tales circunstancias; así sucedió en oportunidad del fugaz paso de los espectáculos de midget por el club y de la suspensión de la cancha en los últimos cuatro encuentros como locales en el Metropolitano 1984 tras aquel partido frente a Rosario Central que no concluyó por incidentes. Además, hay que resaltar que a partir de la existencia del actual estadio sólo una vez Atlanta perdió la condición de local por cuestiones de capacidad. Fue el 6-4-1975, cuando cayó 3 a 2 en cancha de Vélez frente a River, que finalmente se consagraría campeón del Metropolitano tras 18 años sin títulos. Aquella tarde en Liniers se expendieron 37.134 entradas generales y el árbitro Luis Pestarino le sacó dos tarjetas amarillas a nuestro zaguero central Hugo Salomón Abdala. Si nos remontamos más atrás en la historia, durante el período de construcción del actual estadio, Atlanta debió jugar durante un año trece partidos como local fuera de Villa Crespo: 10 correspondientes al Campeonato de 1959 y 3 al del año siguiente. Ya en el torneo de Primera B de 1955 la vieja cancha había estado cerrada durante siete partidos por otra inhabilitación. No obstante, el verdadero récord lo ostentan las dos primeras participaciones de Atlanta desde que se instauró en 1931 el profesionalismo en el fútbol argentino: la combinación de una inhabilitación municipal con las posteriores obras de renovación de graderías e instalaciones del viejo estadio inaugurado en julio de 1922 -estrenadas diez años más tarde con un catastrófico 6 a 1 en contra frente a Gimnasia y Esgrima La Plata- arrojaron las siguientes cifras: en 1931 y 1932, de 17 partidos jugados en cada torneo como locales, en 11 y 15 oportunidades, respectivamente, Atlanta no pudo disputarlos en su campo de juego.
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| El papel del omnipotente mandamás del fútbol |
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Esta nota quedaría como un simple recordatorio o racconto estadístico, si no se hiciera mención al marco más general en que se desenvuelve el presente de nuestra institución, sin olvidar la responsabilidad que les cupo a las últimas comisiones directivas que pasaron por la institución y el nivel cada vez más bajo de los futbolistas que año a año vienen vistiendo la camiseta bohemia. Dejando además a un lado las veces en que el propio club decidió abandonar Villa Crespo, con objeto de alquilar el estadio para que se desarrollaran recitales (Serrat, en noviembre de 2000, y La Renga), o la suspensión de una jornada futbolística por lluvia, el resto de los hechos que motivan el desolador panorama antes descrito tiene que ver con la desorganización y el absurdo sistema de los torneos de Ascenso y la ineptitud y la desidia de los estamentos directivos del fútbol, que han sumergido en la bancarrota a la gran mayoría de los clubes. La responsabilidad de don Julio y su séquito de genuflexos y obsecuentes es evidente. Abroquelado desde hace casi un cuarto de siglo en las cómodas oficinas de la calle Viamonte al 1300 y reelegido por apenas un puñado de dirigentes, hace y deshace a voluntad, según lo que la defensa de sus intereses aconseja, menospreciando el fútbol de los sábados. A lo largo de los últimos lustros hemos visto cuánto le importó el devenir de los torneos de Ascenso y la misma existencia de las instituciones afiliadas a la entidad que él conduce, al parecer, a perpetuidad. Estas pasaron a ser simples peones en un tablero signado por canonjías y prebendas; jugosos contratos exclusivos por derechos de televisión a un monopolio amigo a larguísimos plazos e injusta distribución de los ingresos que generan esos derechos cedidos; clubes "grandes" quebrados que han gozado de un trato preferencial, y por ende anticonstitucional, frente a la ley, y hasta denuncias ante la Justicia por administración fraudulenta. Sin embargo, lo paradójico no es sólo que el mismo don Julio se haya iniciado como dirigente de un modesto club sino que su política de una minoría rica y mayoría de clubes fundidos haya sido convalidada y defendida aun entre algunos dirigentes del Ascenso, que permitieron la vigencia del insólito calendario de agosto a junio; la organización de torneos en los que el primero no asciende y sí lo puede hacer el duodécimo, o bien sube de categoría y es "premiado" con ocho meses sin jugar; la amplitud de criterios del Tribunal de Disciplina afista para juzgar y castigar desmanes y hechos de violencia en las canchas; el hecho de que clubes entreguen los puntos a cambio de no abonar el operativo policial, etcétera. Lo cierto es que la actualidad de Atlanta debe ser analizada a la luz de este cóctel explosivo y destructivo cuyos ingredientes son las absurdas y sospechosas decisiones municipales, las no menos sospechosas actitudes de algunos funcionarios policiales y el contexto general de nuestro fútbol derivado de las políticas rectoras de la AFA y de los ucases de su titular. La salida parece estar cada vez más lejana, pero al mismo tiempo puede hallarse ahí nomás, a la vuelta de la esquina, en la medida en que una verdadera democratización llegue al edificio de la calle Viamonte y a la sociedad en general -en definitiva, el fútbol no es más que un espejo de la sociedad-. Sólo así estarán garantizadas la igualdad ante la ley y la defensa de los intereses de todos los clubes, desde el poderoso hasta la más modesta institución de alguna liga patagónica afiliada a la AFA. Mientras tanto, los socios e hinchas de todos los clubes deberán ayudar con su participación y control para el saneamiento -económico y moral- y ordenamiento de las instituciones y, en el caso de Atlanta, para que de este modo el barrio vuelva a estar vivo los sábados por la tarde ahora y los domingos en un futuro. |
| Carta al Sr. Schmukler, Interventor de la Municipalidad |
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A propósito del acta de 21 puntos labrada oportunamente por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para inhabilitar el estadio del Club Atlético Atlanta, quiero felicitar a los responsables del Ejecutivo municipal, especialmente al responsable del área de Verificaciones y Habilitaciones, don Martín Schmukler, por su preocupación por los ciudadanos porteños aficionados al fútbol, en general, y por los discapacitados, en particular. En efecto, acompañado por un conocido mío -discapacitado y que se moviliza en silla de ruedas-, el día miércoles 13 de marzo concurrí al estadio España para presenciar el encuentro Atlanta-Deportivo Español, por el torneo de Primera B. Allí nos fue posible comprobar cómo se cumplían las condiciones de seguridad y confort al igual que en otros estadios de clubes del Ascenso habilitados situados en la jurisdicción capitalina. Apenas arribados comenzaron las sorpresas: instalaciones de ingreso al estadio totalmente en orden (un coqueto bulevar con su acera central totalmente desmalezada, por la cual se transita cómodamente). Luego pudimos apreciar, absortos, la ausencia de leyendas y graffiti fuera del estadio. Habían sido blanqueados y, por sobre ellos, colocadas lujosas reproducciones de pintores posimpresionistas. Tras ser claramente orientados por la parafernalia señalizadora -carteles, flechas y demás íconos-, en un santiamén nos hallamos en la base de la tribuna popular. Allí quisimos abordar con mi acompañante y su silla de ruedas el ascensor para llegar al escalón superior de la tribuna. Un técnico alemán estaba realizando la rutinaria inspección mensual del elevador, por lo cual optamos por utilizar la rampa para discapacitados. Ya durante el partido, cada yerro de los jugadores bohemios motivaba nuestro enojo y que la silla de ruedas se fuera hacia delante contra el paraavalanchas. Cada vez que ello ocurría, ipso facto un airbag con la adecuada densidad en decímetros cúbicos se abría protegiéndonos a ambos de las durezas del contenedor de aludes humanos. Llegado el intervalo, pudimos desplazarnos por la rampa para discapacitados hasta el puesto gastronómico que, obviamente, no era de chapa sino de mazapán, para delicia de todos los golosos presentes en el estadio. Mientras saboreábamos un frugal tentempié, aprovechamos para tomar conocimiento en la cartelera del estadio de las pruebas de resistencia que la NASA les había realizado a las graderías desde las cuales presenciábamos el partido. No tuvimos tiempo de leer e interpretar los planos de la cancha, pues nos dirigimos luego de comer, como toda persona educada, al toilette para lavarnos las manos con agua caliente. Diez puntos para el responsable del sector que tenía el termotanque regulado a la temperatura ideal. Terminado el encuentro, de no haber sido por los carteles que en todos los idiomas reconocidos por la ONU indicaban cuál era la salida, todavía nos encontraríamos perdidos en la tribuna. Así, pudimos ganar fácilmente la calle, desplazándonos por los pasillos interiores acondicionados y siempre bien señalizados, donde se hallaba estacionada la autobomba de los bomberos, prestos a actuar ante cualquier voraz incendio que estallare debido a algún cortocircuito en las instalaciones eléctricas del estadio. En síntesis, ¡éstos son los estadios que queremos, señores Ibarra, Schmuckler y compañía! |
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